La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

Los hilos de los indignados los movieron desde IU

Aunque tenía una idea bastante clara de lo que está suponiendo el Movimiento 15-M en la Puerta del Sol de Madrid (ojo, hablo de Madrid y no de las otras decenas de ciudades españolas en que esto se está dando), ahora tengo certezas. Subjetivas certezas, claro. Ayer, de las cuatro a las siete de la tarde, fui una antena andante en Sol, tratando de moverme por todos los lados y quedándome con la copla de cuanto veía y escuchaba. Hubo muchas cosas que no me gustaron y otras que sí. Para hacer un relato fiel y coherente, las enumero en plan batiburrillo, según lo que me encontré en cada momento. Eso sí, mantengo una conclusión clara: una gran parte de los organizadores son de Izquierda Unida y sus variantes. Me explico: militantes del partido, seguidores de otros partidos comunistas (que los hay y son legión), antisistema, anarcas y socialistas utópicos que van más allá del PSOE. En definitiva, una izquierda muy ortodoxa, que no vota, que vota al PSOE como “mal menor” o que, en su mayoría, vota a IU.

Lo mejor era el ambiente: mucho color, mucho buenrrolismo y mucho lema ingenioso (“somos los ni-ni. ¡Ni PP ni PSOE!”). Hasta había una guardería (“porque la revolución es de toda generación”), bailando los chiquitines al son de los bombos. Eso sí, pese a la insistencia de la organización de que eso no era un botellón ni un festival (lo repetían constantemente por megafonía y en numerosas pancartas), lo cierto es que salí de allí atufando a porro, a cerveza y a calimocho. Gran parte del ‘sector duro’, los dueños de las tiendas, acampaban tirados en sofás, dándole al fumeque y al mini. Lo siento, pero esa es la realidad. Pese a los esfuerzos de muchos otros organizadores…

Un momento curioso se produjo cuando uno de los cabecillas (los que no se separaban de los pequeños megáfonos), anunció a la masa que, “gracias al Movimiento”, le habían llamado para un trabajo. Empezaba el lunes. El aplauso de los que le rodeaban fue entusiasta. El chaval, un clon de Iniesta, aunque tatuado, con pendientes y casi en porretas, sólo se enfadó cuando un hombre, de repente, pegó un grito y dijo que era del PP y que el domingo votará al PP. Ahí llegó la indignación generalizada, encabezada por dos mujeres que, con sangre en los ojos, acallaron su voz al democrático grito de “el pueblo, unido, jamás será vencido”. Unas 80 personas, los que se arremolinaron ante la bronca, lo secundaron. Y fue allí como surgió una “asamblea de debate”, liderado por Iniesta II, que, entre intervención e intervención de los espontáneos, soltaba un pequeño mitin, insistiendo en que allí no había siglas políticas. El del PP (ataviado de chándal, despeinado y sin afeitar; para que nadie le ponga otra imagen), aunque al final resultó ser un provocador que no paraba de meterse con todo el mundo de muy malas formas, ya antes de que hablara (por el hecho de significarse), aguantó su buen chaparrón. El más ecuánime fue un hombre de una asociación dedicada a donar sonrisas y que acabó leyendo un texto de María Zambrano.

El mismo funcionamiento de esta asamblea espontánea, zanjada por la organización, se seguía en las comisiones. Estuve en varias de ellas. En la de Educación, distintas asociaciones planteaban sus medidas. Las propuestas más aplaudidas (de un modo simbólico, en silencio y moviendo las manos alzadas, “para no interrumpir la palabra”) fueron las que defendían eliminar los conciertos y acabar con la enseñanza religiosa. En ese momento, varios aplausos, movidos por el entusiasmo, ya fueron a palmetazo limpio. En la de Sanidad, las críticas se las ganó Esperanza Aguirre (no escuché ni una sola vez nombrar a Zapatero; sí, el presidente del Gobierno, el mismo que dijo que, de tener 25 años, vendría a Sol), proliferando el lema de “yo soy público”.

No sé si era o no una Comisión de Economía. Lo cierto es que unas 200 personas se arremolinaban en torno a Antonio, un anciano cuya bicicleta era culminada por una inmensa pancarta contra los políticos. El hombre soltaba su perorata, que iba desde la creación de “una escuela para políticos” al maltrato a los animales, “picado” por el del PP, que ahora estaba allí con el único fin de demostrar sus “incoherencias”. Por momentos, la tensión era alta. Entre las medidas económicas que los que saltaban al ruedo planteaban (en medio de un círculo, por turnos, quien quería tomaba la palabra megáfono en mano), hubo quien pidió “cerrar los bancos” y “repartir el dinero”. En otro momento, un poeta venido desde Getafe leyó sus versos, iniciados así: “La economía ha nacido para mutilar al hombre”. Curiosamente, algunos de los que con más beligerancia pedían un “trabajo digno”, eran personas que (perdón por lo políticamente incorrecto) jamás querrían trabajar, cuyo único afán es quejarse constantemente, definiéndose como defensores del pueblo, pero sin ninguna ambición de ser obreros del pueblo.

Tras abandonar esa asamblea (en la que Antonio fue jaleado por algunos al grito de “presidente, presidente”), y después de una visita a la Comisión de Inmigración (en la que alguien defendió que había que proponer el “papeles para todos o papeles para nadie”), me di un tranquilo paseo, leyendo las numerosísimas pancartas, muchas de las cuales eran adornadas con banderas gais (como la que le colocaron al oso de la estatua del oso y el madroño), propalestinas y feministas. Y, de verdad, no digo esto con desprecio o a modo de crítica. Me gustaron el colorido, la alegría y el ingenio de muchos de los lemas. Salvo los que denunciaban el llamado Nuevo Orden Mundial. Tengo amigos, cultos y muy inteligentes, que creen que hay un grupo de poder que gobierna el mundo en la sombra. No digo que no exista, pero de ahí a afirmar que “el 11-M y el 11-S no fueron obra de ETA o al-Qaeda”, sino de la OTAN, la CIA o el Mossad, va un trecho. Siempre pensé que a la izquierda le producía sorna la imagen de Franco, en la terraza del Palacio de Oriente, denunciando la “conspiración judeo-masónica”. Ahora descubro a esa izquierda ortodoxa culpabilizando “al sionismo y la masonería”.


En definitiva, tres horas en Sol me bastaron para comprobar que, en la masa, el que más grita y extremo se muestra, es el que concentra los aplausos. En muchos discursos sobraba bastante de demagogia, hipocresía y populismo. Empalagó tanto manoseo usurpador de la palabra “pueblo”. Y eché de menos un empleo auténtico de la palabra «libertad». Me quedo con la sensatez de la mayoría de la gente de buena fe que se sumó por la noche a la concentración masiva en Madrid (cuando yo fui, a plena tarde, estaba el ‘grupo duro’) y en decenas de ciudades de toda España. Repito, con total sinceridad, que apruebo la propuesta. La esencia de las reivindicaciones son justas y razonables. Y a la clase política le viene muy bien este toque de atención. Me da igual que todo esto lo promueva IU, como así lo creo. Lo que quiero es que se diga la verdad; y, escuchando a ciertos medios, se desnaturaliza a quienes lo conforman, en uno y otro extremo.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

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Autor

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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