
Ha muerto un torero. En este caso, un torero para la Historia. Porque Antoñete, a sus 79 años, fue torero hasta el final. De hecho, no hace tanto que dejó colgado sobre la percha el traje de luces. Mañana, en Las Ventas, su plaza, dejará sus últimas gotas de esencia torera. Como en las buenas tardes de San Isidro, la afición irá a ver al maestro.
No existe mejor capilla ardiente para un torero. Como pocas veces, Las Ventas del Espíritu Santo estarán impregnadas de un espíritu terrenal, pero muy fuerte. Su voz ronca, su mechón blanco y su torería natural quedarán sobre el coso. Incluso después de que se cierre el ataúd.
Antoñete, in memoriam.
