La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

Ante el fin de ETA, la hora de los pragmáticos

La política, muchas veces, es contradicción. En la cuestión de la lucha contra ETA, siempre he admirado la posición clara de Mayor Oreja, María San Gil, Redondo Terreros y Rosa Díez. Por el mismo motivo, por lo que representan, he participado en todas las marchas convocadas por las víctimas del terrorismo etarra. Sin importarme si eran “instrumentalizadas”, como se decía, por la derecha o, en el caso concreto de la manifestación contra el atentado de la T-4, que mató a dos personas y rompió la última tregua, por la izquierda. Tenía claro que era una cuestión de valores y eso era lo único que me importaba.

Sin embargo, hoy, ante lo que creo un cambio histórico por el anuncio de los terroristas de abandonar definitivamente la violencia, por primera vez (nunca confié en las treguas), creo que de verdad merece la pena que encabecen el proceso que se avecina políticos pragmáticos como, por lo que han demostrado estos días, Rubalcaba, Patxi López, Rajoy o Basagoiti. ¿Eso significa traicionar a los valores? Rotundamente no.

Analizando lo que supuso la Transición, ¿alguien duda de que el Rey Juan Carlos, Adolfo Suárez, Santiago Carrillo, Gutiérrez Mellado o el cardenal Tarancón fueron pragmáticos? Todos ellos partían de una base ideológica muy firme. Recapitulemos: el Rey, sucesor designado por Franco como Jefe de Estado con todos los poderes de un aparato de gobierno autoritario; Adolfo Suárez, ex ministro del Movimiento; Santiago Carrillo, durante décadas líder en el exilio del Partido Comunista; Gutiérrez Mellado, militar triunfador en la Guerra Civil y al frente de la representación de los ejércitos capitaneados por sus propios compañeros de quinta; el cardenal Tarancón, representante de una institución que durante décadas fue parte esencial del franquismo… ¿Lo tenían fácil? ¿Carecían de principios o ideología? No, pero sacrificaron mucha de su credibilidad (todos recibieron ataques despiadados por los sectores más aferrados a los “valores”) para facilitar un bien común necesario: la convivencia entre todos los españoles.

Nos jugamos muchísimo ante el proceso que puede llevar, después de cinco décadas, al final de una banda de asesinos que ha supuesto la página negra de nuestra actual democracia. Sinceramente, y aunque me duela afirmarlo, no podremos concluirlo con éxito si seguimos lo que proponen los líderes políticos con valores que citaba al principio del artículo. Ni tampoco lo que plantean muchas de las víctimas (no todas). Si exigimos para hoy, para ya mismo, la disolución de ETA, la entrega de sus armas, la petición de perdón a todas las víctimas y que acepten su derrota final, no conseguiremos acabar con un cáncer que amarga las vidas cotidianas de tantas y tantas personas que tienen que mirar bajo su coche antes de subirse al mismo.

Es imposible conseguir inmediatamente todo. Observando la Historia, vemos cómo se necesitan etapas. Primero, la que se ha dado al fin: el fin de la violencia. Luego, con mucho cuidado de no romper la delgada línea, las siguientes. Y a lo mejor no todas se producen. Es muy factible que los etarras jamás pidan perdón o acepten su derrota. ¿Habría de ser ésta una condición indispensable? Dolerá, pero creo que no. Como dolerá acercar presos terroristas al País Vasco. Como dolerá verles sentados en los parlamentos. Pero éstos dos habrán de ser los pasos dados por los demócratas. En mi opinión, ninguno más: ni excarcelaciones, ni amnistías, ni referéndum de ningún tipo, pues eso significaría concesiones de contenido y no sólo de medios. Aceptémoslo así o resignémonos a que jamás acabará un conflicto sangriento.

No es un mal punto de llegada: que el mundo sociológico el que se mueve ETA sea un partido democrático y busque sus fines entre las urnas y los escaños, y no entre las bombas y los tiros en la nuca. Ahí, en el Parlamento, como uno más de los distintos partidos independentistas, es donde habrá de librarse la batalla ideológica. ¿Es eso un peaje político? Absolutamente no. Eso es la política. La política que, muchas veces, es contradicción y complejidad. Porque todo debate tiene matices y éstos los canalizan mejor quienes, en los temas realmente esenciales, anteponen el necesario pragmatismo.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

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Autor

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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