
Algunos parece que no se dan cuenta, pero nos jugamos mucho ante un contexto actual marcado por una gravísima crisis del sistema, en España y en todo el mundo occidental: los derechos laborales retroceden hasta el punto de parecer que nos encontramos en los inicios del siglo XIX, en Italia y Grecia se han conformado dos Gobiernos a los que ningún ciudadano respaldó en las urnas (y a nadie parece importarle), la clase política es vista como uno de los grandes problemas en cada vez más países… Es evidente que, tras la caída del comunismo, el otro gran sistema que articuló el siglo XX, se está tambaleando. El capitalismo, pese a que Francis Fukuyama viera en él la culminación de la historia, se encuentra gravemente herido.
Y es que no es sostenible un modelo sustentado sobre el oprobio de que millones de personas en todo el mundo tengan que agonizar de hambre para que muchos menos, los que conformamos el llamado Primer Mundo, vivamos bien. Keynes tenía razón, como se ha demostrado en las entrañas de ese supuesto mundo desarrollado, donde la desigualdad fue creciendo (mucho antes de las crisis) entre sus propios ciudadanos. La avaricia tensó demasiado la cuerda. ¿Y ahora qué?
Creo que algo debe cambiar. Y lo está haciendo a velocidad de vértigo. Pero eso, en nuestro país, no debe pasar por una revolución que eche abajo nuestra democracia. No defiendo la pervivencia del modelo liberal capitalista tal y como ahora está desarrollado, pero sí advierto contra el peligro de que la fiebre revolucionaria del desencanto (la más devoradora de todas) acabe por despreciar la idoneidad de nuestra democracia parlamentaria, basada en elecciones libres bajo sufragio universal. Alguno puede pensar que estoy exagerando, pero me ocasionan pavor las voces que, en el rechazo a nuestros políticos, niegan la legitimidad del sistema.
En España nos ha costado toda una Historia (con mayúsculas, porque es toda nuestra historia colectiva como país desde que somos España) tener una verdadera democracia. Con sus imperfecciones, pero es democracia. A unas horas de que se cierre la campaña electoral, se hacen oír las voces que piden “abajo el régimen”. Abajo el capitalismo salvaje, sí. Pero arriba la democracia parlamentaria que no pone trabas a la libertad de expresión de nadie. Volver al cainismo sería, una vez más, un error tan grave…
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
