
“Nuestra Historia nos enseña la trágica lección de la ineficacia de unas Constituciones que han sido expresión solamente de una parte de las fuerzas políticas. (…) Esa lección la hemos aprendido y por ello nos sentimos comprometidos en una Constitución que valga para todos, que sea aprobada por el voto casi unánime de las Cortes y por el referéndum casi unánime del pueblo español. Urge terminar el proceso constituyente y sustituir en lo demás el consenso por la moderación en la defensa de las respectivas posiciones opuestas o divergentes”. Discurso de Adolfo Suárez en el Congreso de los Diputados el 5 de abril de 1978, en el proceso que culminaría con la aprobación de la Constitución antes de que concluyera ese año.
De toda la Historia de España no estoy tan orgulloso de un episodio concreto como el que culminó con la implantación de la actual democracia en España. Ni la Reconquista, ni el Descubrimiento de América, ni el 2 de mayo 1808 que inició la Guerra de Independencia contra Francia. No, para mí, la Transición desde el franquismo (y la cruenta Guerra Civil que lo precedió) hasta la democracia parlamentaria ha sido el gran proyecto nacional de nuestra Historia.

Un proceso que contó con el consenso de la mayoría de la sociedad y de las principales fuerzas políticas de la época, pero que fue encabezado, y así es justo destacarlo, por tres personajes principales. Por este orden: el presidente Adolfo Suárez, el Rey Juan Carlos I y el secretario general del Partido Comunista, Santiago Carrillo. Los tres viven, pero hoy quiero acordarme muy especialmente de quien lideró todo y al que hoy llamo San Adolfo Suárez.
Normalmente, mis “canonizaciones laicas” han ido dirigidas a personas que ya han abandonado el ámbito de los mortales, como San Unamuno o San Voltaire. No hago santo a nadie, evidentemente. Pero, con todo el cariño que me es posible, reconozco así a quien admiro de un modo especial. Y hoy, en esta tarde que ya es oscura, rindo homenaje a alguien que sigue aquí, aunque no lo sepa. Esté donde esté la mente lúcida, generosa e impetuosa del primer presidente de la democracia, doy las gracias a San Adolfo Suárez.
Gracias por la dignidad, por la tolerancia, por la justicia, por la libertad, por la paz, por la soberanía, por la ciudadanía, por la democracia.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
