
Tras el hundimiento emocional causado por la derrota del Real Madrid en la Copa de Europa de Baloncesto (solo me sale una palabra para un equipo de leyenda: gracias), acudía hoy a Las Ventas en busca de sosiego al cobijo de un arte consistente en latidos apasionados, pero acompasados. Tras la agitación y el disgustazo, necesitaba tauromaquia en vena, y mucho más antes de la batalla futbolera del sábado ante los colchoneros, donde también buscamos con ahínco el asalto a la Copa de Europa. Pero tenía que ser que no. Tenía que helárseme la sangre también hoy.
Concurrían los trencillas David Mora, Antonio Nazaré y Jiménez Fortes ante astados de Ventorrillo. La tarde era desapacible, con un frío peleón en este 20 de mayo tramposo. Entonces, el principal enemigo parecía ser el viento, que asomaba amenazante. Pero no, fue otro aún peor el hachazo por llegar. Se inicia el festejo y David Mora, frente a un silencio de expectación y respeto, se sitúa a portagayola ante su minotauro. Este, en vez de salir raudo (lo que favorece esa suerte), sale taciturno y despistado. Hasta que le ve. El maestro mantiene las rodillas en tierra, valiente. El golpazo es inevitable. La peor cogida en mucho tiempo en el coso venteño deja un hoyo de sangre en la arena. Es sangre del hombre. Parece muy grave: cogida en abdomen y pierna. Se lo llevan en volandas en la enfermería. Desde entonces, ya todo es silencio y estupor.
Y así se comprueba con Nazaré, cuyo enfrentamiento inesperado con el toro acaba con él lesionado en la rodilla. Aun así, acaba con su rival en una valiente estocada. Caído este, el matador ingresa también en la enfermería. Tras un toro, solo queda un artista. Sale el segundo y, en medio de varias tandas de muletazos quedos, Jiménez Fortes recibe una paliza y varios sustos en varios lances. Cojo, se echa sobre su oponente y le clava un espadazo hasta la bola… Con el precio de recibir la cogida definitiva.
Tras este segundo toro (y media hora de festejo), el respetable venteño comprueba con estupor cómo ya no queda nadie en pie que pueda seguir tratando de ofrecer su arte. Después de un aviso por megafonía, una voz mayestática, como proveniente del más allá, anuncia que todo se ha acabado por hoy. El silencio es absoluto. La conmoción va por dentro. Todos nos resistimos a irnos, conscientes de estar presenciando algo histórico… Aunque sea por lo desgraciado.
Ahora, mientras la ralea inhumana celebra en las redes sociales que tres personas han sido heridas, creo que los que hoy hemos estado en Las Ventas sonreímos íntimamente: estamos agradecidos de contar con artistas que van más allá de los límites explicables a la hora de vivir lo que no es un oficio, ni siquiera una vocación: son gente de una pieza que nos regala lo que llevan dentro, cada día, exponiendo la propia vida. ¿Exagerado? Hoy, en una tarde que no ha sido de gloria, sino de pasión y entrega, se ha comprobado que no.
Gracias, maestros.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
