La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

Miedo

Miedo. Miedo que paraliza. Miedo que te lleva a votar con los ojos cerrados y la nariz tapada para evitar que ascienda algo que temes más aún de lo que te asquea (lo acabamos de comprobar en España). Miedo que estalla, como lo hizo en los años 20 y 30 del pasado siglo. Miedo que te lleva a encerrarte en ti mismo, que devuelve a las sociedades a la caverna del egoísmo para exhalar un grito gutural, primario.

De ese miedo se alimentan los populismos. Han clavado sus garras en la Unión Europea (UE). La presa está atenazada con sus fauces, que ya reciben la sangre ajena. El Reino Unido ha dado un portazo a la República Europea Unida. Y lo peor es que no solo lo ha hecho porque la UE haya quedado desnuda en su mentira: el proyecto humanista que soñaron Robert Schuman y el resto de padres fundadores se ha convertido en un ente frío y sin alma, un instrumento enfocado en buena parte a privilegiar a las élites para que estas sean más ricas de lo que lo eran ayer. Lo dramático es que el pueblo británico lo ha hecho en buena parte por xenofobia, por odio al extraño. Por miedo.

En una UE anclada realmente en sus supuestas raíces (ya saben, los derechos humanos por bandera) se debería debatir con rigor y afán constructivo si los estados miembro han de recuperar parte de su soberanía o no o si las decisiones de Estrasburgo han de ser inapelablemente aplicables o no. Pero no, llevamos meses comprobando cómo la UE es mentira: ante la mayor crisis migratoria de la Historia, con decenas de miles de refugiados clamando ante nuestras puertas para sobrevivir, la respuesta ha sido repetir imágenes que, al verlas ya en los libros de Historia, nos horrorizaron: campos de concentración, trenes conduciendo a seres humanos como si fueran ganado, vallas de espinas, muros… Miedo, mucho miedo.

Por si esto fuera poco devastador, aún nos encontramos en nuestras propias sociedades a esa minoría creciente y opositora a mayoría que señala a esas personas migrantes como un chivo expiatorio. Ya saben, los ingleses, franceses o españoles primero. Y, si esa UE nos impide forzar la máquina de expulsión todo lo que podamos, pese a hacerlo con cumbres de «emergencia” inservibles (salvo para consolar falsas conciencias) o multas por incumplimiento de los acuerdos conjuntos que se convierten en un modo de “pago por quitarme de en medio un problema”, lo mejor es irse. El Brexit es el triunfo del egoísmo, de la mentira. Lo celebran los populistas. Marine Le Pen y compañía ya reclaman referéndums de salida para sus países. Donald Trump, el lobo que acecha, descorcha el champán.

Vamos, otra vez, hacia un mundo regido por el miedo. El hombre, el único animal que tropieza una y otra vez en la misma piedra… Maldita sea.

Artículo publicado en Cuadrilátero 33, dentro del debate ‘El Brexit interpela a toda Europa.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

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