El amigo y financiador de Podemos intenta liquidar el Parlamento elegido democráticamente

El dictador Maduro asesta su último golpe a la democracia en Venezuela

La oposición toma las calles en un intento desesperado de frenar la votación de la 'Prostituyente'

El dictador Maduro asesta su último golpe a la democracia en Venezuela
Una joven manifestante opositora pide auxilio tras ser detenida por losm sicarios chavistas. PC

El chavismo, acabará hoy con el Parlamento de mayoría opositora que los venezolanos votaron hace menos de dos años; es decir, con el único contrapoder del país

En Venezuela se vota este domingo 30 de julio de 2017 por la fuerza y con el olor de sangre de 109 jóvenes asesinados por la dictadura chavista en poco más de tres meses.

Se vota porque a los funcionarios que no lleguen a hacerlo les advirtieron los sicarios de Maduro, los amigos y financiadores de Podemos, de que su futuro es la calle para siempre. Se vota con algo más que una sospecha de que el resultado del escrutinio está escrito con la tinta de la trampa y el fraude.

Las urnas electrónicas, para elegir a 545 candidatos del Gobierno para formar una Asamblea Constituyente -‘Prostituyente‘ según los jóvenes manifestantes venezolanos-, están blindadas por la Guardia Nacional, las milicias bolivarianas y la aviesa inteligencia informática.

La excusa del régimen es abrir las urnas, que ya no existen, para arrojar a la basura la Constitución de 1999 de Hugo Chávez, el caudillo bolivariano que resucitaron en campaña para estimular a las masas decepcionadas.

El argumento del Gobierno es que a la Venezuela de hoy, la que ellos presentan como la encarnación de la modernidad, el nacional socialismo del siglo XXI y la victoria de la lucha contra un imperio ficticio que la oprime, necesita, como el pan que no tiene, una Asamblea Constituyente que redacte otra Carta Magna.

Como explica Carmen de Carlos en ‘ABC’, la verdad que se oculta tras la cortina rasgada de esa decisión es otra más banal: no perder el poder.

La coalición opositora de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) y más de siete millones de votos le hicieron ver a Nicolás Maduro, en la consulta popular del pasado 16 de julio, que sus días estaban contados si accedía, como obliga la ley, a convocar elecciones.

No dudan las encuestas. Delphos reconoce a un 78% de la población que reclama un cambio de gobierno por la vía electoral mientras un 5% prefiere, directamente, un golpe de Estado.

Aquellos votos del día del Carmen que se emitieron con luz y expresidentes iberoamericanos de taquígrafos (Laura Chinchilla, Vicente Fox, Tuto Quiroga, Andrés Pastrana…), dijeron no a lo que hoy, cuando caiga el sol, será un hecho consumado. Otro más contra los restos de una democracia que dejó de ser.

El pronóstico de ayer para Venezuela era malo y el de mañana promete ser peor. Los venezolanos lo saben, pero todavía no se entregan. Hoy sueñan con hacer posible lo imposible, que no haya Constituyente.

La MUD, con la brújula o el GPS de las decisiones desconfigurado, pidió ayer suspender las «trancas» (bloqueos) que la misma Mesa de la Unidad había pedido instalar. Para hoy también volvió a dar marcha atrás y propuso retomar el proyecto de una gran manifestación en Caracas.

La cita de la madre de las manifestaciones -salvo que vuelva a recalcular- será en la autopista Francisco Fajardo, punto neurálgico de la capital.

Pero las instrucciones de la MUD no son para la población lo que eran. Decepción, descontento e información dispersa o que no llega, generan un escenario de cierta anarquía en la oposición que impide que la población cierre filas frente a sus anuncios.

Los tumbos de la MUD están directamente relacionados con el decreto firmado por Maduro esta semana que prohíbe, bajo penas de entre cinco y diez años, expresiones o manifestaciones que perturben el proceso electoral. Leído con detenimiento todo el documento, roza -o quizás anticipe- el Estado de sitio.

Con todo, el régimen militar no pueda apagar la voz -y el eco- de la protesta. Ni siquiera con las expulsiones en serie de periodistas extranjeros. «En los últimos días hemos deportado cerca de una treintena», reconoce una fuente de Migraciones.

Es evidente que el Gobierno tiene los fusiles, los perdigones y las botas. La Guardia Nacional (cuerpo militarizado), los paramilitares de los «colectivos» (se intercambian los uniformes) y su Policía parecen dispuestos a llevarse por delante, con tanques y tanquetas si hiciera falta, troncos, bloques de cemento y a los ciudadanos que los atraviesan.

El sector violento de «La resistencia», donde se encuadran los jóvenes antisistema que fabrican cócteles molotov como arepas (panecillos típicos) siente que no tiene nada que perder, desprecia a la MUD y se prepara la batalla final:

«porque van a salir a cazarnos».

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