Pacos

Paco Sande

Así es mi gente

¡Bueno!, otro verano que se ha ido al garete. ¡Como pasa el tiempo!, todavía me parece que fue ayer cuando escribí en este blog que había estado pasando mis vacaciones en Inglaterra y, ya ha pasado un año. Este verano, no ha sido ni bueno, ni malo, sino todo lo contrario, ha sido, si se le quiere llamar algo, raro, utópico, pero ahora y a toro pasado, no ha estado tan mal. Yo este año, y por razones que no vienen a cuento, lo pase aquí en Galicia.
Estuve trabajando durante unos días, arreglando unas cosillas que tenia atrasadas, y después tuve tiempo de ir al pueblo, al pueblo en donde yo nací, es un lugar chiquito, de cuyo nombre no quiero acordarme, que diría don Miguel, enclavado en la carretera que va de Noya a Muros, -el que no sea de por aquí tendrá que mirar el mapa de España, en la provincia de La Coruña- el pueblecito en cuestión está justo a mitad de camino entre los dos pueblos, justo en el corazón de la ría que lleva el nombre de ambos.
Y aunque inexorablemente el tiempo lo cambia todo, o lo que es lo mismo, todo cambia con el tiempo, aquí parece que el tiempo se ha detenido o, por lo menos, ha ido y va un poquito mas lento, he tenido tiempo de ver a algunos amigos a los que hacia algunos años que no veía, los he encontrado mayores, a ellos les pasaría lo mismo conmigo, supongo. Pero además he preguntado por gente mayor, gente que yo ya recuerdo viejos, -o por lo menos a mi me lo parecían- cuando yo era joven todavía. Muchos han muerto, pero algunos todavía siguen allí, son ancianos, pero a mi me pareció que ya siempre fueron así, son gente que te pueden hablar de mil cosas, de la guerra, de la cartilla de racionamiento, del año de la gripe, algunos incluso se acuerdan de la guerra del 14, así lo dicen, hablan todos en gallego, aunque todos ellos saben hablar, mas o menos, en castellano, te hablan de política, a unos que Zapatero esto, a otros que Rajoy lo otro. Y, me pueden creer, ninguno de ellos entiende por que ahora a los niños les hay que enseñar solo gallego, -el gallego ya lo aprenden en casa, dicen, lo que necesitan es el castellano que es lo que les va a hacer falta para el día de mañana, así lo dicen ellos, con una simplicidad y una naturalidad que parece emanar de una sabiduría de siglos, y luego siguen a lo suyo, que si va a llover por que viene del sur, que no va a llover por que viene nordeste.
Yo me pase varias tardes charlando con ellos, me pareció que nunca antes los había visto de esta manera, ¿será que yo también me estoy haciendo mayor?
Les estuve observando y pensando: que si la cara en el espejo del alma –como tantas veces hemos oído afirmar- el rostro de estas gentes debe de ser, sin duda, el espejo del espíritu de Galicia.
De ellos podría hacerse un completo estudio del carácter regional, de los gustos, tendencias, esperanzas y desilusiones de cuantos conservan las mejores esencias de la región, por no haber sido contaminados todavía con los graves defectos personalistas y sociales de las ciudades de hoy.
En los marineros, en los labradores, en cuantos mantienen una actitud pura ante la vida, están las autenticas fuerzas, las verdaderas energías de Galicia.
Mientras los observo me pregunto: ¿cuantas cosas nos puede decir con su serena mirada el viejo marinero, cuyo rostro posee tantas arrugas como horas pasadas en el mar.
¿En que meditará el pescador, tranquilamente sentado en su barca? Cuanta serenidad y tranquilidad emanan de su pose, me hace recordar el contraste con la ciudad, todos con prisas, los atascos de trafico, empujones en el metro, olor a sudor, angustia y aquí…
Pasa por delante mía otro marinero con el rastrillo de pescar berberecho al hombro, que al ver que le hago una foto, me regala una sonrisa de satisfacción tal, que si pudiesen verla, seguro que les recordaría el celebre cuadro de Leonardo De Vinci. Es la misma sonrisa misteriosa, inteligente, serena y reveladora de una impresionante seguridad en si mismo. Hay en su mirada un destello de viva inteligencia y una pincelada de buen humor. Y hasta una ráfaga de burla bien intencionada.
Es una mirada bien distinta la del otro que trae sobre su cabeza una canasta de berberechos. En la de éste viven la vieja desconfianza, el recelo de gran parte de nuestras gentes, recelo, desconfianza muchas veces justificados, si, pero que son un contraste en una región abierta a todas las rutas del mar, tolerante con todas las ideas amiga del dialogo y de la comprensión, generosa y abnegada hasta el heroísmo.
En los rostros de ésta gente-de la gente de mi pueblo de Galicia, de mi gente- en general, se revela una cierta tendencia al recuerdo, da la impresión de que, aun atentos al trabajo o a la conversación con el amigo, están recordando algo, mirando algo, mirando hacia atrás o quizás pensando en el ausente, con serena reflexión, con preocupación serena. En cada rostro podemos ver una especie de aptitud de espera, de paz y de paciencia, el rostro de una mujer mayor que pasa ahora por delante de mí, revela todas estas cosas.
Hay en los ojos estas gentes, lejanos recuerdos, añoranza de tiempos pretéritos, sabiduría de siglos, serenidad y conformidad con la derrota de los años, único modo de obtener la victoria de la vida.
Al final, cuando ya abandono de nuevo mi pueblo, llevo conmigo una extraña sensación, la sensación de que es como si lo hubiera visto por primera vez y, sin embargo, yo nací aquí, pero es que quizás nunca lo había mirado de este modo.
Llevo la sensación de que he visto en este pequeño pueblo todo el espíritu de Galicia.
La verdadera.
No la Galicia nacionalista, no la del “Nunca Mais, el BNG y Galiza Nova”.
Si no, la autentica, la de siempre, la que solamente pide que la dejen ser.

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