Pacos

Paco Sande

Por la libertad Lingüística.

La organización: Por la libertad Lingüística. No a la imposición, trató de llevar a cabo durante la tarde del viernes una concentración pacifica en defensa del derecho de los gallegos a hablar y entenderse e incluso educarse en el idioma que ellos elijan, cosa que les fue imposible al ser, primero, increpados e insultados y luego, incluso, vapuleados por un grupo de jóvenes galeguistas que, al mas puro estilo batasuno, impidió que el acto se llevara a cabo.
Hoy he recibido en mi post un E-mail de la señora Pilar Pato, representante de dicha organización, que cuelgo aquí. En el podemos ver con claridad meridiana, la clase de gentuza con la que tenemos que lidiar aquí en Galicia los que queremos ser libres, y nos da también una dimensión muy clara del problemón con el que se enfrenta nuestra tierra.
Ahí queda.

Cuando ayer iniciábamos los preparativos para la concentración convocada bajo el lema «Por la libertad lingüística. No a la imposición» fuimos recibidos por un grupo de individuos muy jóvenes, aunque parece que bajo la dirección de otro de mediana edad y poco pelo, que nos interpelaron y empezaron a insultarnos. Al parecer hemos invadido su tierra sagrada y la profanamos, no con las plantas de nuestros pies, sino con nuestra lengua. Aquellos chicos no tenían callos en las manos. Tienen un concepto de tierra y un vínculo con ella verdaderamente espiritual.
En la comunicación preceptiva a la Subdelegación del gobierno no habíamos hecho indicación sobre medidas de protección del derecho de reunión que íbamos a ejercer porque no podíamos imaginar que íbamos a merecer tanta atención de los enemigos de la libertad -y esto sí que no es una metáfora-
Sin embargo, la policía debía saber más que nosotros, pues ya media hora antes había una discreta vigilancia. Es amargo e inevitable recordar ahora que comentamos la seguridad que nos inspiró entonces aquella presencia, que no habíamos creído necesaria.
Mientras desplegábamos nuestros pobres preparativos -una megafonía ronca, inútil, y una pancarta con el lema anunciado- la presión de los jóvenes batasunos fue adquiriendo el aspecto que definitivamente iba a tener: una contramanifestación organizada, con el propósito y los medios para impedirnos el ejercicio de nuestro derecho.
Lo que no sabíamos entonces es que iban a contar con la pasividad gubernativa. La policía concentró en el lugar una fuerza notable, superior a la estrictamente precisa para neutralizar a los batasunos, estimados en cien por los agentes. Un número parejo al de quienes acudieron a nuestra primera convocatoria.
Sin embargo se limitó a seguir el modelo «ertzaino»: interponerse entre los ciudadanos que pretendíamos ejercer el derecho de reunión pacífica y sin armas en legal forma, previa comunicación a la autoridad competente -es un decir- y quienes se habían concertado en número y con medios suficientes para impedírnoslo. Actuó aquella ‘fuerza de interposición’ con la exquisita neutralidad propia de quien media entre dos extremismos equiparables: el de quienes pretenden ejercer un derecho fundamental, y el de quienes pretenden impedírselo, y se asegura de que los insultos, amenazas y coacciones de los segundos no pasen del sonido al tacto.
El sonido fue suficiente: imposible leer el comunicado de la organización a los ciudadanos que habían acudido a la convocatoria, bajo la fanfarria, la grita, la gaita y la pandereta de aquella centuria joven y vigorosa de voces y odio. Pero cuando ya abandonábamos por imposible la concentración programada y el «frente» se expandió demasiado para mantener el control, los batasunos pudieron demostrar lo que hubieran hecho sin la interposición policial, agrediendo a dos jóvenes brutalmente (¿o es que hay otra manera de agredir?). La noticia se propagó por la concentración centrifugada.
Cuando, vista la imposibilidad de desarrollar el acto manifestamos nuestra perplejidad al jefe de la fuerza de interposición por su pasividad ante la conculcación flagrante de un derecho ciudadano nos dijo «tienen ustedes todos los derechos del mundo …» . Todos menos el que se nos había impedido ejercer ante sus narices.
La gente nos decía que debíamos llamar a la policía para denunciar lo que estaba pasando -las buenas gentes tienen una fe ciega en el estado de derecho, contra toda evidencia- pero es que la policía, o, al menos, un nutrido número de individuos de uniforme y medios antidisturbios, YA ESTABA ALLÍ. En consecuencia, tenemos un problema.
No es que el estado haya agotado sus recursos en normalización lingüística y ya no quede nada para seguridad ciudadana. No: al menos hubo allí medios más que suficientes para imponer el orden y restablecer el derecho. El problema es saber si la inhibición del chulo de bar con uniforme al mando se debía a su propia iniciativa, o si, simplemente, simpatizaba con las instrucciones recibidas de la autoridad competente. Y tenemos un indicio: al final, atónitos por lo sucedido, preguntamos a un agente que custodiaba un furgón vacío si tenía noticias sobre la agresión que corría en boca de la gente: aunque muy parco en palabras nos dijo que uno de los agredidos había sido conducido a un centro médico, y que buscaban a los agresores. Aprovechando esta brizna de simpatía, le planteamos el esquema jurídico de los hechos que había presenciado y le preguntamos si siempre «actúan» igual.
Entonces nos obsequió con tres palabras de claridad cegadora:
es todo política
Y ya no fue posible arrancarle ni una más. Ni falta que hizo.

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