Pacos

Paco Sande

España expoliada II.

La mañana del 14 de octubre de 1936, el doctor Juan Negrin atravesó el umbral de la legación soviética en Madrid para visitar al embajador Rosenberg, a quien acompañaba en su despacho el agente soviético Alexander Orlov.
Dos días antes los funcionarios soviéticos habían recibido las instrucciones cifradas de Stalin, en las que autorizaba la recepción y el traslado del oro del Banco de España a la URSS.
Negrin era el ministro de Hacienda español, en aquel momento, en el gobierno de Largo Caballero.
Y aunque era un hombre culto, con don de gentes y políglota, era, también, un político poco experimentado, mal orador, vividor, mujeriego y heroinómano y, quizás, junto con Largo Caballero y Prieto, uno de los políticos que mas contribuyo al expolio y a la ruina de España.
Era, además, un aliado de lujo de los comunistas y de la Unión Soviética, cuyo apoyo consideraba vital para el desarrollo de la guerra.
Nadie estaba más convencido que Negrin, de que la victoria republicana dependía de que su ministerio proporcionase al de la Guerra los recursos necesarios para combatir a los rebeldes. Y estaba dispuesto a conseguirlo al precio que fuere necesario.
Al día siguiente de un encuentro entre Negrin y su homologo diplomático, Marcel Rosenberg, éste recibía una carta en francés de Largo Caballero, probablemente redactada por el propio Negrin, en la que se pedía permiso para enviar unas quinientas toneladas de oro a la Unión Soviética.
Se trataba de un fabuloso tesoro acumulado en las cámaras del Banco de España desde los tiempos de los Reyes Católicos, cuando ingentes cantidades de oro de los aztecas y de los incas fueron transportadas en barcos desde Sudamérica y Centroamérica.
El punto de partida del gran expolio de la Republica fue el decreto firmado en secreto el 13 de septiembre, mediante el cual Azaña daba carta blanca a Negrin para que trasladase el oro cuando y donde quisiera. Pero nadie, salvo Negrin, podía imaginar en aquel momento que las legendarias reservas acabarían en las arcas de otro país y menos que éste fuese la Unión Soviética.
La razón aparente de una medida tan arriesgada e insólita era la proximidad de las tropas del general Varela, situadas a unos cien kilómetros de la capital, distancia que aun tardarían dos meses en completar, y, además, el peligro que representaban los anarquistas catalanes, empeñados en ser ellos los que controlasen las reservas de oro para así convertir Cataluña en el centro de gravedad de la Republica.
La verdad es que ni los ministros del Gobierno de Largo Caballero, a excepción de Negrin y Prieto, claro, estaban al corriente de semejante traslado; ni siquiera don Manuel Azaña, el mismísimo presidente de la Republica.
El propio Stalin aconsejó el más absoluto sigilo en una carta en clave, cursada a través del embajador español Marcelino Pascua.
Al día siguiente de la firma del decreto, irrumpieron en el Banco de España milicianos y carabineros enviados por Negrin. Méndez Aspe dirigió la operación. Abiertas las cajas y cámaras donde se custodiaba el oro, los agentes del Gobierno extrajeron durante varios días las reservas de oro y las introdujeron en cajas de madera que fueron trasladadas en camiones a la estación del Mediodía, desde allí fueron conducidas a Cartagena, donde quedaron depositadas en los polvorines de la Algameca.
A medida que empeoraba la contienda, Negrin, extralimitándose en sus facultades, decidió enviar el oro a la URSS.
10 mil cajas de oro fino que contenían más de 500 toneladas de oro puro, además de todas las reservas de plata.
Aunque, cerca de una cuarta parte de toda la reserva, había sido enviado ya a Francia para usos comerciales, y hasta febrero de 1937 se seguiría enviando mas, hasta completar una cantidad total de 174 toneladas de oro puro, casi el 30% de las reservas.
Obtenido el beneplácito de Largo Caballero, el ministro de Hacienda entabló contacto con el agregado comercial soviético, Winzer, quien envió un telegrama a la Oficina de Exteriores de Moscú, y ésta, a su vez, presento el asunto a Stalin, que debió ponerse loco de contento al enterarse de que las cuartas reservas de oro mas importantes del mundo le iban a ser entregadas en bandeja de plata.
Negrin insistió en enviar el oro a la URSS porque allí estaría a salvo de Franco, porque ni Francia, ni Inglaterra, ni mucho menos Estrados Unidos, podían asegurarle que mantendrían en secreto la custodia del preciado metal, y, además, probablemente se lo entregarían a Franco, si este lograba derrotar al final a la Republica.
No exigió, tampoco, garantía alguna de devolución a España, ni siquiera en el caso de que los republicanos ganasen la guerra. Optó, sin más, por fiarse de los soviéticos.
En orden de llevar todo el asunto lo más secretamente posible, el general soviético Orlov, encargado por Stalin de toda la operación del traslado del oro, pidió a Negrin si podía proporcionarle unas credenciales que demostrasen que él era agente de cualquiera de los principales bancos americanos o británicos.
Negrin no puso objeciones y obtuvo para Orlov un documento del Ministerio de Hacienda, firmado por su titilar, Méndez Aspe, en el que se pedía a las autoridades militares que prestasen ayuda en sus funciones a “mister Blackstone, representante plenipotenciario del Banco de América”.
Negrin, preguntado por Orlov sobre quienes estaban al corriente del plan, aquel contesto: solo Azaña, Largo Caballero, el director general del Tesoro, Francisco Méndez Aspe y yo mismo.
Pero forzosamente otra persona más tuvo que estar implicado en la trama, Indalecio Prieto, aunque éste lo negó siempre, pero es evidente que sin el respaldo del ministro de Marina y Aire, el traslado del oro habría sido probablemente descubierto.
De transportar el oro desde las cuevas hasta el embarcadero se encargaron los hombres de una brigada de tanques soviética, acampada en Archena, al mando del coronel Semion Krivoshein, que había llegado a España en octubre de 1936.
Tomaron parte 20 camiones con sus respetivos conductores.
Cada caja, que pesaba unos sesenta y cinco kilos, fue trasladada desde la cueva a los camiones entre dos hombres.
El contenido de cada camión que salía de la cueva era verificado por los oficiales del Banco de España y por los hombres del NKVD. Una vez listo, el vehículo pasaba a una zona cercana para engrosar el convoy. Al completar diez camiones, se iniciaba una caravana vigilada hacia los muelles de Cartagena.
La fatigosa operación se prolongo durante tres noches sucesivas, desde las siete de la tarde hasta las diez de la mañana.
El 25 de octubre de 1936, sobre las diez de la mañana, se cargo la última caja en los barcos soviéticos.
La carga se repartió entre cuatro buques rusos: el Iruso con 2.002 cajas, el Nova con 2.697 cajas, el Kim con 2.100 cajas y el Volgorés con 1.001 cajas.
El momento de la verdad llego cuando Méndez Aspe requirió a Orlov un recibo por el oro, a lo que este respondió de manera extraoficial:
-¿Un recibo? Pero camarada, no estoy autorizado a dar ningún recibo. No se preocupe amigo mío, el recibo será emitido por el Banco del Estado de la Union Sovietica, una vez pesado y comprobado todo el oro.
Los cuatro cargueros repletos con el oro español fueron recibidos con el más absoluto sigilo en el puerto de Odessa, el 2 de noviembre de 1936.
Allí el oro fue descargado y trasladado a Moscú en un tren especial, centenares de policías custodiaron todos los vagones durante el viaje.
En Moscú, un radiante Stalin aguardaba impaciente la victoriosa comitiva. Aquella tarde, el hombre de acero, invitó a todos los directivos de su policía a un banquete por todo lo alto. Su humor fue excelente durante toda la noche. Y no era para menos: tenía en su poder las tres cuartas partes de una de las reservas de oro más importantes del mundo sin un recibo que lo comprometiese.
Su verdadera intención fue siempre la de no devolver ni un solo gramo, aunque hubiesen ganado la guerra los republicanos, tal como confeso Abram Slutsky, jefe del Departamento de Exteriores de la NKVD, a Orlov en Paris, en febrero de 1937.
Otro hombre, Mijail Koltsov, corresponsal del diario Pravda, repitió a su amigo Orlov las palabras que Yezhov, decía haber escuchado del propio Stalin: volverán a ver su oro, cuando sean capaces de ver sus orejas.
Sin contar el valor numismático de las monedas y piezas que configuraban la mayor parte del tesoro, dado que solo 13 cajas contenían lingotes, únicamente el valor del oro puro en el mercado equivalía a unos 518 millones de dólares de la época.
las 7.787 cajas restantes contenían millones de piezas de oro: dólares americanos, pesos argentinos, chilenos y mejicanos, francos austriacos, belgas, franceses y suizos, florines holandeses, soberanos ingleses, marcos alemanes, liras italianas, escudos portugueses, rublos rusos, pesetas españolas y mas. Una inmensa fortuna que podría haber alfombrado toda la superficie de la Plaza Roja.
Enviar las reservas de oro al extranjero para guardarlas allí durante la guerra no era un hecho nuevo. Francia lo hizo en la Primera Guerra Mundial y volvió a hacerlo en vísperas de la Segunda Guerra. Negrin, sin duda, conocía aquélla primera experiencia.
También la Inglaterra de Wiston Curchill, pasó por una peripecia similar, cuando en junio de 1940, después de la derrota sufrida por Francia ante los ejércitos germanos, se temió que estos invadiesen el país.
Pero tanto Francia, como Inglaterra, estaban en guerra con un país extranjero, en España, por el contrario, se desarrollaba una guerra civil, españoles contra españoles, ganase quien ganase, el oro iba a permanecer allí. Y, además, una cosa era enviar el oro a una democracia, bastión del capitalismo, El Canadá, como hicieron Francia e Inglaterra y otra muy distinta, hacerlo a la principal dictadura de izquierdas del planeta. La cuna del anticapitalismo revolucionario.
Así se perdió para siempre el oro español, las cuartas reservas de oro del planeta.

Nota: El material de este articulo fue obtenido de los libros: Los gángsters de la Guerra Civil, -de José Maria Zavala- y El expolio de la Republica, -de Francisco Olaya Morales-
El expolio de España. I

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