En el tablero geopolítico regional, cada movimiento pesa más de lo que aparenta. Las últimas decisiones del presidente Gustavo Petro, al manifestar abiertamente su apoyo a Nicolás Maduro frente a la estrategia punitiva de Donald Trump, revelan una peligrosa inclinación ideológica que puede costarle muy caro al país.
Estados Unidos ha desplegado buques de guerra cerca de las costas venezolanas, ha ofrecido recompensas por la captura del presidente y altos funcionarios del chavismo, y no ha dudado en señalar a Maduro como jefe del Cartel de los Soles. Es, sin duda, la más clara ofensiva internacional contra un régimen que lleva más de 12 años sumido en denuncias de corrupción, narcotráfico y violaciones a los derechos humanos.
En ese contexto, la reacción de Petro no ha sido la de un mediador prudente, sino la de un aliado incondicional. Declarar públicamente que Colombia estaría del lado del Ejército bolivariano en caso de una invasión no solo es innecesario y temerario, sino que coloca en jaque la relación estratégica con Washington, el socio que más apoyo militar, económico y diplomático ha dado en las últimas décadas.
La pregunta es inevitable: ¿qué gana Colombia defendiendo a Maduro?
Ni existe un tratado de defensa mutua que obligue a tal alineamiento, ni es parte del deber de nuestras Fuerzas Armadas intervenir en conflictos externos. Expertos advierten que Petro confunde solidaridad con complicidad y arrastra al país a un terreno donde no podemos ganar. Entre los riesgos más inmediatos están la pérdida de cooperación militar estadounidense, una mayor presión en las fronteras y, no menor, un éxodo masivo de venezolanos hacia nuestro territorio.
A largo plazo, el costo diplomático puede ser devastador. Colombia ha construido durante años una relación sólida con Estados Unidos que va más allá de los intereses militares: comercio, cooperación antidrogas, inversión extranjera y políticas de seguridad regional. Dinamitar ese puente para defender a un régimen señalado de crímenes internacionales es, en el mejor de los casos, una mala jugada; en el peor, un error histórico.
El papel de un estadista es saber cuándo hablar y cuándo guardar silencio. Petro decidió hablar, pero eligió hacerlo a favor del lado equivocado.


