El tablero diplomático entre España y Nicaragua ha saltado por los aires en cuestión de horas. La dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo ordenó de forma fulminante la expulsión del embajador español en Managua, Sergio Farré Salvá, y del ministro consejero Miguel Mahiques Núñez, pese a que el diplomático llevaba apenas unos días operativo en el país. Sin nota oficial, sin motivos públicos y con total opacidad, el régimen sandinista obligó a ambos a abandonar el territorio nicaragüense de un día para otro.
La respuesta de Madrid fue inmediata y contundente: el Ministerio de Asuntos Exteriores expulsó al embajador de Nicaragua en España, Maurizio Carlo Gelli, ya otro diplomático de la legación en Madrid, invocando la “estricta reciprocidad” y calificando de “injusta” la decisión de Managua. Gelli, que ya ha abandonado el territorio español, consideró públicamente que España le “aplicó la reciprocidad”, mientras Exteriores remarcaba que mantendrá las “mejores relaciones con el pueblo hermano de Nicaragua”, marcando una línea de fuego entre la población y el régimen.

Sergio Farré Salvá, embajador de España en Nicaragua
La embajada española en Managua ha quedado descabezada: el embajador y su número dos ya viajan de regreso a Madrid y la legación queda en manos del secretario de Embajada, Alejandro Robles Monsalve, como encargado de negocios ad interim, obligado a gestionar desde la trinchera una crisis sin precedentes recientes. El movimiento del régimen de Ortega, dirigido contra un embajador recién nombrado por el Consejo de Ministros el 2 de diciembre de 2025, rompe cualquier lógica diplomática habitual y eleva la tensión a niveles de máxima alarma.
Este choque no surge de la nada: las relaciones entre España y Nicaragua arrastran años de desgaste, con episodios de acusación de “intromisión” y ataques al pasado colonial español por parte del sandinismo, y con Madrid llamando a consultas a su anterior embajadora ya en 2021. Ahora, con Ortega cada vez más aislado, cuestionado por su deriva autoritaria y alineado con otros regímenes bajo presión como el de Nicolás Maduro, la crisis con España se convierte en un nuevo frente que puede agravar su cerco internacional.
En círculos diplomáticos y analistas de política exterior se habla ya de una “relación mínima” y de una ruptura de facto del equilibrio bilateral, gestionada a distancia y sin embajadores al más alto nivel. Sobre la mesa se abre un abanico de escenarios explosivos: desde nuevas sanciones europeas y fuertes pronunciamientos en foros internacionales hasta un enfriamiento prolongado que deja a los ciudadanos atrapados entre dos gobiernos enfrentados.

