LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

Ignacio Camacho sobre los jurados vecinales de Carmena: «Detrás de la abuelita estrambótica se oculta el siniestro modelo del comisariado bolivariano»

"Este plan no es una extravagante carmenada como la de las cacas de los perros o la de las madres limpiando los colegios"

¿Quién pudo pensar que esta gente iba a Venezuela a asesorar a un régimen intervenido por mentores castristas? Iban a aprender, a ser instruidos en las pautas del socialismo comunitario

Desde las ‘carmenadas’ más retorcidas a la cuestión de los pactos y reuniones electorales, pasando por la posibilidad de que a finales de 2016 nos vayamos a unos terceros comicios. Así vienen este 7 de julio de 2016, festividad de San Fermín, las columnas de opinión de la prensa de papel. A más de uno, se lo aviso, le acabará pillando el toro.

Arrancamos en ABC y lo hacemos con Ignacio Camacho, que pone patas arriba el proyecto de jurados vecinales que se le ha pasado por el magín a la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena.

Detrás de la abuelita estrambótica se oculta un proyecto siniestro, como en las novelas de Agatha Christie. El perfil amable de Manuela Carmena, especie de caricatura de un Tierno Galván reflejado en los espejos del Callejón del Gato, es el mascarón de proa de un designio chavista que Podemos quiere ensayar en Madrid usando la capital como laboratorio. Las ocurrencias de la alcaldesa, del tipo del día sin bañador en las piscinas públicas, edulcoran con sus pinceladas de maternalismo libertario un plan de ingeniería política basado en el sistema de democracia popular, la base estructural del bolivarismo. Cerrado el ciclo electoral que le obligaba a camuflarse de moderación táctica, el partido morado carece ya de bridas que sujeten la expresión de su auténtica identidad ideológica. Abajo las máscaras: empieza la función del comunismo posmoderno.

Apunta que:

El proyecto madrileño de nueva «gobernanza comunitaria», con sus jurados vecinales, sus gestores de barrio y su policía paralela, no es más que el embrión del modelo bolivariano de los círculos, a su vez copiado de los funestos comités cubanos. Una estructura de justicia alternativa que vacía de facultades a los juzgados y a la propia Policía Local para depositarlas en una red callejera de pequeños soviets de vigilancia asamblearia. Un correlato poco disimulado de los «ojos y oídos de la revolución», el sistema capilar de comisariado político visillero que utiliza como terminales de información la escalera del bloque, la plaza barrial o el bar de la esquina. El viejo sistema de control manzana por manzana que descansa en la lealtad ideológica del vecino chivato.

Se trata de un intento de suplantación de las instituciones convencionales por una nueva legitimidad popular directa, bajo el dictado del partido-guía. De abajo hacia arriba, en la terminología grata al populismo. Sin apoyo electoral para experimentar sus procesos a mayor escala, Podemos utiliza el poder local como tubo de ensayo. La red de círculos como eje de la gestión urbana barrio por barrio. Con su delegado al frente, su unidad de ronda policial alternativa y su tribunalillo ciudadano. El patrón caraqueño trasplantado al cosmopolita Madrid del siglo XXI. ¿Quién pudo pensar que esta gente iba a Venezuela a asesorar a un régimen intervenido por mentores castristas? Iban a aprender, a ser instruidos en las pautas del socialismo comunitario.

Y concluye que:

Este plan no es una extravagante carmenada como la de las cacas de los perros o la de las madres limpiando los colegios. Es el boceto de una franquicia municipal del chavismo en la sede de los poderes del Estado. Y lo que sorprende es la displicencia de los partidos constitucionalistas ante un desafío al modelo democrático. Porque el problema no son los ocasionales nudistas piscineros, sino que las garantías de convivencia queden en pelotas ante la mirada de los aciagos comités ciudadanos.

A Isabel San Sebastián no le hace ni pizca de gracia que Rajoy se reúna con alguien como Gabriel Rufián (ERC) dada la catadura del personaje:

¿Puede alguien explicarme por qué motivo o con qué propósito se reunió ayer el candidato popular a la presidencia del Gobierno con ese representante del separatismo catalán cuyo apellido describe a la perfección el sentido de su actividad política? No acierto a comprenderlo.

Cabe justificar la entrevista mantenida con el abanderado del nacionalismo vasco, por más que nada permitiese augurar un desenlace fructífero. El PNV nunca ha abrazado la Constitución, no oculta su afán independentista y acudía a La Moncloa en calidad de abogado defensor de los terroristas presos, para exigir su acercamiento a cárceles vascas a cambio de un eventual apoyo. O sea, en dura competencia con Bildu, heredera de Batasuna/ETA, a la que se enfrentará en otoño en las urnas autonómicas. El PNV no es un partido leal a la Carta Magna ni lo pretende, pero al menos comparte con el PP una visión de la economía de mercado en línea con la imperante en la Unión Europea, así como un espíritu pragmático susceptible de propiciar una abstención in extremis, en aras de la estabilidad. Nada positivo salió de la conversación, aunque no estaba de más intentarlo. Pero ¿Esquerra Republicana? ¿Con qué fin? ¿En base a qué tomadura de pelo?

Le aclara al presidente que:

Mariano Rajoy no es el Rey, obligado a recibir en su despacho a todos los portavoces electos, incluidos los que le faltan al respeto como hicieron ayer los dos republicanos catalanes. De hecho, ha excluido de sus conversaciones a los emisarios de la serpiente y el hacha. ¿Quién le mandaba entonces perder su tiempo con Gabriel Rufián y Joan Tardá? ¿No tenía algo más productivo en lo que ocuparse?

El invitado Rufián acudía a la cita precedido por afirmaciones del siguiente tenor: «Vamos a ponerle la cara colorada», «nunca apoyaremos a quien niega la plena soberanía de Cataluña» o «el desafío al Estado (de Derecho) ha de llegar más pronto que tarde.» ¿Qué esperaba sacar Rajoy de semejante fuente envenenada? ¿A qué clase de paripé asistimos?

Tal vez jugara al victimismo buscando recibir ofensas de esos dos interlocutores o tal vez quisiese mostrar al mundo una virtud dialogante hecha de necesidad, pero tengo para mí que estaba marrando el tiro. Es el PSOE el que tiene en sus manos la llave de la gobernabilidad, y Ciudadanos, la fuerza capaz de aportarle 32 diputados claves en el empeño de armar una minoría mayoritaria inapelable incluso frente al afán revanchista de Pedro Sánchez. Es con ellos con quienes debería estar negociando las reformas indispensables para que eche a andar de una vez una legislatura útil al interés general.

Detalla que:

El diccionario define «rufián» como «hombre vil y despreciable que se dedica al engaño y la estafa». No entro en la catadura moral del personaje, pero su discurso político constituye un engaño en toda regla y una estafa a los electores. Ni existió jamás la Cataluña independiente que invoca ni sería esa región nada parecido a una Arcadia feliz en caso de escindirse del resto de España. Un populista de extrema derecha como Nigel Farage se pasó años construyendo un discurso parecido respecto al Reino Unido y la UE, hasta lograr el sí de un 51 por ciento de británicos al Brexit, y ahora ha salido corriendo por la puerta de atrás, cual rata que abandona el barco, para evitar responder ante la opinión pública de la multitud de embustes proferidos.

Y sentencia:

Engaños, mercancía política defectuosa, demagogia de vía estrecha, incitaciones a la secesión, insultos a la Nación más antigua de Europa… ese era el bagaje que llevaba Gabriel Rufián a La Moncloa. ¿Alguien puede explicarme por qué le recibió Rajoy?

Gabriel Albiac reclama un gobierno de unidad nacional, es decir la famosa gran coalición, para alejar por siempre la tentación del populismo:

Podemos es el síntoma. Tan sólo. De una enfermedad sistémica. Deberíamos dejar de perder el tiempo hablando de él: darle vueltas a un síntoma sirve sólo para cronificarlo. Un síntoma es una señal de alarma: nos dice que algo ha empezado a no funcionar en el organismo en el cual se manifiesta. Ignorar ese tipo de avisos o pretender borrarlos sin atacar su origen es la vía segura al progreso de la patología.

P’s es criatura de un malestar, que estalló en dos picos febriles. El primero coincide con la hora más dramática de la España reciente. Cuando Rodríguez Zapatero apostó por ganar unas elecciones que tenía perdidas, lanzando a bandas de jóvenes airados contra las sedes del PP. 2004, 11-M. Era un envite arriesgadísimo: suponía saltarse el principio vital que une a cualquier nación frente a un ataque militar enemigo. E implicaba, en su lógica, la rendición inmediata. Y, con ella, todas las secuelas morales que una rendición sin combate arrastra. Iglesias ha fechado siempre el origen de su banda y luego movimiento en aquel asalto -promovido desde emisoras bajo control socialista- contra la sede de Génova. Pero ni banda ni movimiento son la clave. Lo es aquel PSOE de Zapatero, que juzgó rentable tomar el poder al precio de destruir moralmente a la nación. Hay lógica blindada en que Iglesias proclame hoy a Zapatero «el mejor presidente». Y debería haberla en que el PSOE sepa hoy que está obligado a quitarse aquella mácula de encima.

Recuerda que:

El segundo pico fue hijo de la crisis: ocupación de Sol en 2011. Era una determinación difícilmente eludible. Las criaturas de la recesión tomaban la calle. Nadie podría reprochárselo. La gran depresión de 1929 arrojó al desvalimiento a enormes masas de proletariado rural y urbano. La de 2008 se cebó con una risueña capa de privilegiados: los hijos de la pequeña burguesía vieron sus puestos de trabajo diezmados por la mundialización y la revolución telemática. Masas de jóvenes con cualificación académica descubrieron que sus títulos no servían ya para nada. Y que quedaban condenados a vivir en el hogar y bajo la tutela familiar indefinidamente. Su estupor fue absoluto. Ante ellos se abría sólo el horizonte parasitario de la dependencia. Y nadie acertó a proponer una salida realista a ese drama. Y, al cabo, alguien acabó por ofrecerles una fantasiosa. P’s no ha sido más que la capitalización que, en beneficio propio, hizo de ese malestar una banda de penenes avispados. Su cobertura ideológica es simple coartada. Se trataba de colocarse a sí mismos: una ingeniosa variedad de autoempleo. De ahí que sus deslizamientos doctrinarios hayan sido tan fáciles: del castrismo al chavismo, del chavismo al peronismo, del peronismo a la socialdemocracia zapaterista, de la socialdemocracia zapaterista a «la ley y el orden»… Lo que sea. Con tal de que el sueldo y el estatus alcanzados no se esfumen.

PP y PSOE deben afrontar la acerba realidad: que ellos son el problema y que la enfermedad de la cual P’s es síntoma viene de sus abusos. Pocas cosas detesto tanto cuanto a las gentes de GAL y Filesa. Pocas me dan más asco que las de Bárcenas o Rita. Pero ellos -nos guste o no, más bien no- son el esqueleto del Estado. Y sobre ellos recae la responsabilidad de que el régimen constitucional sobreviva al embate. Sobre ellos y sobre Ciudadanos.

La ciudadanía dictó el 26-J un mandato inequívoco: sin un gobierno de unidad nacional, la tentación totalitaria retornará con más fuerza. Y lo peor será posible. Podemos es sólo el síntoma.

En El Mundo, Arcadi Espada reclama a Ciudadanos que explote su papel como partido esencial para ser socio de Gobierno, que no se empeñe en acabar autoaniquilado con tanto capricho y tanto postureo:

He oído que en España se lucha no por el gobierno, sino por la oposición, y que esa lucha dilata la investidura de Rajoy. Es una hipótesis plausible que tiene, sin embargo, la característica sorprendente de incluir a C’s en el paquete opositor. Y lo más sorprendente: que los propios responsables de C’s no rechazan esa inclusión.

Los resultados electorales han dicho que Rajoy será el presidente, que C’s es una pieza clave para formar gobierno, que el PSOE liderará la oposición parlamentaria y que el partido Podemos hará lo propio con la barricada. Al margen de estos dictados solo hay la nada cósmica, es decir, la repetición electoral. El papel gubernamental de C’s se ha hecho evidente a partir del rechazo socialista a una legislatura de reformas y de gran coalición, y de la imposibilidad de formar un gobierno de izquierdas. Los devaneos de Rajoy con los nacionalistas interpretan cómo era el mundo antes de la irrupción de la nueva fuerza centrista en el parlamento. La minoría que puede permitir el gobierno es ahora una minoría no nacionalista; y no una minoría vasca o catalana, sino española. La cosa ha cambiado y Rajoy parece ignorarlo. Pero más llamativo aún es que parezca ignorarlo C’s, útil para el gobierno y perfectamente inane para la oposición.

Resalta que:

El gran momento de la oposición de C’s es este que vivimos, y que se prolongará hasta que Rajoy sea nombrado presidente. Este es el momento en que el partido centrista debe ofrecer al candidato un detallado programa de continuidades y reformas. Por ceder a la desmoralización del ejemplo y que así se entienda todo: entre las primeras Europa, Europa y aún más Europa; entre las segundas la retirada de la vida política de Jorge Fernández Díaz. Como acostumbra a decir Albert Rivera con su inimitable cadencia, el programa no debe tratar de sillones (aunque yo recomendaría aquella magnífica palabra tardofranquista, «poltronas»); pero sí de sillas: sillas rectas y severas, de trabajo y de consejo de ministros.

Remacha que:

Como comprobarán pronto en Andalucía y Madrid, gobernar desde fuera es estar fuera: es gobernar, por cierto y turbiamente, «a la catalana». El programa de C’s debe facilitar, además, el milagro de la Inmaculada Concepción Socialista: alumbrar un gobierno sin el pecado de la entrega. Algo del ensayo de laboratorio, hecho a dúo en la anterior legislatura, puede encarnarse ahora en un programa de gobierno real y justificar la abstención socialista. Una abstención que no desdibuja el rol de oposición, mucho más si C’s vota afirmativamente y entra en el gobierno. Esta actitud de C’s no garantiza su éxito futuro. Solo evita su destrucción presente.

Raúl del Pozo no parece muy optimista en cuanto a la conformación de un nuevo Gobierno y desliza como quien no quiere la cosa la fecha del 20 de noviembre de 2016. Ya sería la bomba.

En la España política, árida e inclemente, con la pesadilla del solitrón, siempre surgen anhelos inmoderados y , en otros momentos, estacazos. Como al Gobierno del PP no le van a salir los números, un rodal de izquierda conspira, en secreto, para que Mariano Rajoy no sea presidente.

Los dirigentes de los partidos no dicen nada de eso, pero en las profundidades de los aparatos se maquina y se hacen cuentas: «117 diputados del PSOE y Ciudadanos, con la abstención de los 71 de Podemos, forman una mayoría absoluta». Otros trapisondistas imaginan una mayoría diferente (UP, PSOE, Ciudadanos), pero ahí no va a tragar Albert Rivera. Las bases camperas, marinaledistas y teresianas, de Andalucía apuestan por un Gobierno sin Mariano Rajoy, aunque la gente sensata piensa que hay que dejarle gobernar al PP porque ha sacado más votos, mientras la izquierda ha cosechado menos.

Afirma que:

Esta vez no fanfarronean los que piensan: «Rajoy delenda est», pero echan cuentas y llegan a la conclusión de que hay mimbres para un Gobierno. Otros pesimistas culpan del fracaso del cambio a la tozudez de Pedro Sánchez y, algunos, al narcisismo de Pablo Iglesias, que convirtió el Parlamento en una corrala, cambió cuatro veces de ideología en un mes y pensó que el miedo se podía combatir con sonrisas y corazones.

El verano sigue siendo inclemente. Los viejos siguen jugando al mus de espaldas a la muerte con la hucha de las pensiones rota, pero éste no es el julio de San Camilo, con el esplendor y la áspera belleza de la novela de Cela. «Los españoles -escribe- tenemos que cuidarnos del propio español que llevamos dentro… para que no nos degüelle mientras dormimos». El odio no se ha extinguido, pero el país se ha despojado del sayal. En el Madrid de hoy, la alcaldesa Manuela Carmena ha decretado el bolamen al viento con activistas que hacen striptease. En las piscinas aparecerán otros personajes de Cela, quizás Robustiano Cipetón o el cura de Tarancón, cuyos «cojones abulta cada uno/ como un melón». Claro que siguen los contrastes y contradicciones de la España plural. En la Navarra del mismo año que describe Camilo, las fiestas de San Fermín terminaron el mismo día que empezó la guerra. Ochenta años después mandan los de Bildu, que han lanzado un bando para evitar el manoseo a las guiris hemingwaianas y a las indígenas. Bajo una foto en la que un gachó toca los pechos de una mujer, avisan de que basta ya de comportamientos sexistas: «No a las miradas que desnudan».

Y finaliza:

En los días sin bañador, los primeros que se van quedar con el culo al aire y al agua van a ser los líderes de los partidos. Ni ellos mismos saben si va a haber Gobierno, si será en agosto, en octubre o si van a celebrase elecciones el 20 de noviembre. Y no podrán decir que no tienen nada que ocultar, como Churchill dijo cuando el rey lo sorprendió en pelotas. Me comenta Monedero: «Los partidos se ponen de perfil, como los extras en las películas, para que los vuelvan a contratar».

Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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