COLUMNA EN 'EL MUNDO'

Arcadi Espada sopapea a Sánchez y sus «cambios de opinión» con un genuino vocablo

"¡Quia mentira! ¡Quia rectificación! Solo indecencia"

Arcadi Espada y Pedro Sánchez
Arcadi Espada y Pedro Sánchez

Harto de los vaivenes del inquilino de La Moncloa.

Y especialmente hasta la coronilla de que Pedro Sánchez culpe a todo aquel que se le cruce por el camino de los males de España, sobre todo el señalamiento a determinados medios de comunicación.

Para Arcadi Espada, columnista de ‘El Mundo‘, el presidente socialcomunista está haciendo de la mentira un verdadero arte:

El presidente del Gobierno está levantándome la voz con algún énfasis para asegurar que él no miente y que lo único que hizo, a veces, fue cambiar de opinión. Pone como ejemplo sus relaciones con los delincuentes nacionalistas catalanes. De encomendarse a la persecución y castigo de sus delitos pasó a pactar con ellos y a indultarlos. El Diccionario está especialmente sintético y acertado con el verbo mentir: «Decir o manifestar lo contrario de lo que se sabe, cree o piensa».

Y recrea la fórmula que emplea Sánchez para tamizar esas trolas:

El presidente, en cambio, está tautológico cuando propone que mentir es «decir algo a sabiendas que no es verdad, con propósito de engañar». Ciertamente: haría falta un refinamiento irónico que no está a su alcance para que el propósito fuera decir la verdad. ¿Estaba diciendo aquel candidato de ayer lo contrario de lo que creía, es decir, estaba mintiendo cuando señaló a los delincuentes nacionalistas como enemigos de la democracia?

Pero un momento: ¿qué era lo que creía?; ¿creía, realmente, que eran enemigos de la democracia? Quizá, pero sería irrelevante. Hasta Jesucristo perdonó a sus enemigos en virtud de la realpolitik. En realidad el ya presidente podría seguir considerándolos enemigos, y pactar con ellos y perdonarlos por guiarle un bien mayor determinado por un cambio en las circunstancias. Se le podría reprochar error, pero no mentira.

Según considera Espada, Pedro Sánchez lo único que buscaba con sus promesas posteriormente incumplidas eran efectos pragmáticos:

Lo que diga un político –sobre lo que piensa o sobre lo que va a hacer– debe analizarse desde el punto de vista de la pragmática, es decir, de las capacidades de las palabras para producir efectos concretos. Lo que el candidato pensara sobre la relación entre la democracia y la delincuencia nacionalista es, en realidad, difícil de saber, pero solo puede llamar a la indiferencia. Lo sustancial es que la intención de ese candidato con la persecución y castigo de los delincuentes nacionalistas era la de pacificar la sociedad catalana y la de convencer a los votantes para que le dieran el poder.

E insiste en subrayar que al socialista lo que le interesaba, por encima de todo, era alcanzar el poder:

Ya investido, y mediante el examen de las circunstancias, el hoy presidente consideró que conseguir la paz y mantener el poder requerían de la alianza con los delincuentes y su perdón. Se revelaba que la pacificación era un señuelo, capaz de convocar dos decisiones contradictorias; lo que se añade a la evidencia de que la pacificación era un hecho desde el 1 de octubre y la primera hostia. El único asunto era el del poder. Para él se inventó la pragmática. Y quién puede negarle al presidente su adhesión a la máxima keynesiana: «When the facts change, I change my mind. What do you do, sir?». Joder, sir, cómo no. Examinen si las circunstancias no cambiaron radicalmente: el candidato quería alcanzar el poder y el presidente ejercerlo.

Y define claramente en lo que se ha convertido su mandato:

¡Quia mentira! ¡Quia rectificación! Solo indecencia.

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Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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