"No todo lo que parece es, ni todo lo que es parece"

La opinión ‘censurada’: por qué se puede comprender de algún modo a Tom Brusse (‘La isla de las tentaciones 2’)

El empresario marroquí ha recibido una oleada de críticas por su infidelidad a Melyssa, pero pocos se preguntan qué le ha llevado a actuar de este modo

La opinión ‘censurada’: por qué se puede comprender de algún modo a Tom Brusse (‘La isla de las tentaciones 2’)

Que la infidelidad de Tom Brusse a Melyssa Pinto es uno de los asuntos más controvertidos de la segunda edición de ‘La isla de las tentaciones’ es un hecho, y que el comportamiento del marroquí ha sido absolutamente desafortunado también lo es. Pero quizá, y solo quizá, superar la barrera de lo meramente visual para indagar en los antecedentes y las realidades que ha atravesado la pareja a lo largo de los meses de relación que han compartido resulte interesante para arrojar más luz a lo que aparenta ser la traición del año en Mediaset -sin desmerecer a Marta López y al ‘Merlos Place’-.

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Si el pasado martes 6 de octubre de 2020 Nathalie, la tía de Brusse, aseguraba en ‘El debate de las tentaciones’ que el verdadero motivo que les hizo involucrarse en esta aventura fue el carácter posesivo y los celos de la catalana, después se conocía que el insulto que esta le dedicó en su huida furtiva a la villa de los chicos –«hijo de pu…»– cuando todavía no se había producido la deslealtad en sí misma era un agravio que dolía especialmente al empresario porque perdió a su madre a los 18 años.

«Melyssa sabía que insultar de esa forma a Tom le hace daño al corazón. Es muy doloroso para la familia«, aseguró Nathalie.

Por otro lado, en la siguiente emisión, el público accedió a una nueva información: Melyssa besó a un ex durante -o en un parón- su romance con Tom, poco tiempo antes de poner rumbo a República Dominicana, un dato que filtró el mismo protagonista para tratar de justificar su conducta con Sandra Pica y con el que evidenció el ‘quemazón’ que tenía -que le empujó a hacer lo que hizo-.

Aunque Tom perdonó aquello -de lo cual se enteró por la propia Melyssa-, es incapaz de suprimirlo de su subconsciente, y, por ende, de manera casi automática, se disculpa a sí mismo de sus actos y los acredita. Y es que él no tiene malas intenciones ni desea dañar a su novia de forma voluntaria -de hecho continúa asegurando que la quiere y no da demasiados signos de cargo de conciencia-, simplemente su vínculo está roto desde el momento en que piensa que mentir es una buena idea «porque si digo la verdad, se enfada». La mentira -es una conducta tóxica- no tiene nada que ver con el amor, de igual modo que su romance no se sostiene por ningún lado. Y Sandra Pica, una mujer atenta, guapísima e interesante, ha sido el detonante de lo que hubiera ocurrido de cualquier modo tarde o temprano.

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El error, aunque en primer lugar aparente ser de Tom -que es quien ha ‘vendido’ a su novia frente a toda España-, es de ambos, por continuar unidos pese a los patrones dañinos de su nexo -y ser sabedores de ello-; un nexo en el que tan pronto se aman como hacen que todo lo construido se desmorone y penda de un hilo, en el que la agresividad, los ataques, las amenazas y la pérdida del control -sobre todo en el caso de Melyssa, que usa frases como «tú y yo ya no estamos juntos» a la primera de cambio- se activa como mecanismo de defensa individual, y en el que el entendimiento y la empatía no tienen cabida. En definitiva, ni los buenos son tan buenos, ni los malos son tan malos y, como diría el escritor José Saramago, no todo lo que parece es, ni todo lo que es parece.

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