Franco vuelve a las portadas y la izquierda española, tan sectaria como histérica, se desquicia.
Ochenta años después de su victoria en la Guerra Civil y cincuenta exactos de su muerte, el fantasma de Francisco Franco sigue siendo el gran espantapájaros del progresismo patrio.
El PSOE, en un patético intento de ganar en los despachos la guerra que perdió rotundamente en los campos de batalla hace casi un siglo, resucita cada dos por tres al Caudillo como si fuera el culpable de que hoy no gobierne la teñida Yolanda Díaz desde un Soviet de Vallecas.
Franco fue un dictador y permaneció imperturbable en el poder 40 años, pero tiene claroscuros más que evidentes, por mucho que los progres se empeñen en negarlo: modernizó España, la sacó del subdesarrollo, construyó pantanos, desvió el cauce del Tura para que Valencia no se inundara cada poco, montó la seguridad social y –ironía máxima– murió en la cama de un hospital público levantado por su propio régimen, la antigua Residencia Sanitaria La Paz.
Y mientras la propaganda oficial, tirando del dinero del sufrido contribuyente, manipula la Historia y sigue machacando la misma monserga antifranquista, algo se está rompiendo en la juventud española.
Los chavales de 20 y 30 años, hartos del relato único y del régimen sanchista que les cobra el alquiler más caro de Europa, empiezan a mirar con curiosidad –y en muchos casos con admiración– la figura del general gallego.
No se tragan el cuento. Preguntan. Comparan. Porque la alternativa real en los años 30 no era “democracia o fascismo”, sino Franco… o una dictadura comunista al estilo estalinista, con checas, colectivizaciones forzosas, quiebra territorial (Cataluña y País Vasco ya declararon independencia en 1934 bajo gobiernos de izquierda) y la más que probable entrada de España en la II Guerra Mundial del lado soviético, convertidos en carne de cañón de Stalin.
Esa es la verdad que molesta. Esa es la historia que intentan enterrar cada vez que desentierran a Franco.
Pero cuanto más lo hacen, da la impresión de que más vivo sale.
La historia de Francisco Franco Bahamonde tiene un inicio digno de una novela bélica.

Nacido en Ferrol en 1892, Franco se convierte en el general más joven de Europa a los treinta y tres años, tras forjarse en la guerra del Rif y ascender rápidamente dentro del ejército español.
Su reputación le lleva a asumir el mando de la Academia Militar de Zaragoza y, en 1936, es destinado a Canarias, donde recibe la noticia del Alzamiento que desatará la Guerra Civil española.
En un giro inesperado, se une al golpe de Estado contra la Segunda República en sus momentos finales, convirtiéndose pronto en el líder indiscutible del bando sublevado, conocido como “nacionales”.
La contienda civil, que fracturó España en dos, concluye con la victoria de Franco en 1939.
Desde entonces, el país queda bajo su férreo dominio durante casi cuatro décadas. Asume todos los poderes del Estado e impone una dictadura autoritaria marcada por la represión política, la censura y la prohibición de partidos políticos, además de restringir derechos y libertades.
La represión contra los perdedores es implacable: miles de opositores son encarcelados, torturados o ejecutados, mientras que muchos se ven obligados a exiliarse.
Franco, la política y la economía: entre el aislamiento y el milagro español
El régimen franquista se apoya en tres pilares fundamentales: el ejército, la Iglesia Católica y la Falange Española, que actúa como partido único durante años. En sus primeros años, España experimenta un aislamiento internacional y una autarquía económica que se traduce en una cartilla de racionamiento vigente hasta 1952. Sin embargo, a partir de los años cincuenta, el país comienza a abrirse lentamente al exterior, especialmente tras firmar un acuerdo de defensa y ayuda económica con Estados Unidos en 1953.
Este proceso de apertura propicia un desarrollo económico acelerado. Sectores como el automovilístico y el naval protagonizan lo que se conoce como “milagro español”, con un crecimiento constante del PIB y la consolidación de una clase media considerablemente amplia; uno de los logros más valorados del franquismo por muchos españoles hoy. No obstante, el régimen mantiene su carácter autoritario y continúa sin ofrecer libertades políticas significativas, a pesar de los avances sociales y las mejoras en las condiciones de vida.
La polarización generacional: ¿por qué los jóvenes no rechazan a Franco?
Cincuenta años después del fallecimiento de Franco, su figura sigue generando profundas divisiones entre los españoles, sobre todo entre los más jóvenes. Según las encuestas más recientes, un 36% se muestra “a favor” del legado que dejó Franco en España, mientras que un 56% expresa su rechazo hacia él. Esta polarización es aún más evidente cuando se analizan las opiniones según afiliaciones políticas: muchos votantes del PP y Vox consideran que la etapa franquista fue positiva para España; por otro lado, quienes se identifican con la izquierda tienen una visión completamente opuesta.
Curiosamente, alrededor del 50% de los menores de 35 años ven a Franco como “un líder adecuado para tiempos convulsos”, distanciándose así del enfoque mayormente negativo que predomina en otros sectores sociales. Un 29% de los votantes de Feijóo y un 43% de quienes apoyan a Abascal mantienen una percepción favorable hacia el dictador; mientras tanto, siete de cada diez afiliados al PSOE tienen una opinión muy negativa sobre él. Solo un tercio respalda las iniciativas oficiales del presidente Sánchez para conmemorar el quincuagésimo aniversario del fallecimiento de Franco. Esto pone claramente sobre la mesa las fracturas sociales y políticas que aún persisten alrededor del personaje histórico.
Franco en la memoria colectiva: entre la propaganda y la resignación
¿Cómo es posible que muchos jóvenes españoles no rechacen mayoritariamente a Franco? Los expertos apuntan a varios factores:
- La distancia temporal junto con la falta de vivencias directas del franquismo puede llevar a una percepción menos crítica influenciada por relatos familiares o mediáticos.
- La imagen asociada al orden y estabilidad durante su dictadura contrasta con los agitados años republicanos previos y los conflictos bélicos posteriores.
- El crecimiento económico junto con la formación de una clase media son logros que algunos vinculan directamente al régimen franquista como si fueran frutos personales.
- La resignación social se instaló profundamente en España durante los años prósperos. Este contexto favoreció que el régimen perdurara hasta la muerte del dictador sin grandes contestaciones visibles por parte del pueblo.
Recientes encuestas indican que para un 46% de los españoles Franco falleció plácidamente debido al temor generado por su represión; mientras tanto, un 43% lo atribuye al conformismo social existente así como al desarrollo económico logrado durante su mandato. Moncloa ha revelado haber gastado ya 28 millones para recordar esta fecha tan significativa. Una cifra que refleja claramente cuán presente sigue siendo este personaje histórico en el escenario político actual español.
El legado dejado por Franco está repleto tanto anécdotas como detalles sorprendentes para las nuevas generaciones. Por ejemplo, su pasión por la pintura era vista como una vía para escapar; también existen curiosidades como «el pecado de la viuda» o cómo rodearse siempre por colaboradores leales e incluso familiares dentro de su círculo cercano. La vigencia continua de su figura en debates contemporáneos así como en la memoria colectiva es tal que medio siglo después aún es objeto constante tanto biografías como documentales e interminables polémicas institucionales.
Como si el tiempo no hubiera transcurrido desde entonces, Francisco Franco continúa siendo capaz de suscitar pasiones intensas y generar debates acalorados. Esto demuestra que nuestra historia no es simplemente un relato cerrado; es más bien una conversación abierta entre diferentes generaciones.
