Cambio de ciclo.
El Frankenstein de Sánchez se descuajeringa.
El ascenso de VOX reproduce, con cinco años de retraso, lo que ya ha ocurrido en buena parte de Europa. Y lo mismo puede decirse del derrumbe de la socialdemocracia.
En casi todo el Viejo Continente, los homólogos del partido de Santiago Abascal ya han superado el 30 % del voto.
En España, la tibia derecha clásica —el PP— resiste como la fuerza más votada, aunque sin la mayoría necesaria para gobernar sin depender de la negociación y de las exigencias de una derecha sin complejos, nacionalista y rompedora.
Crece la impresión de que, cuando se convoquen unas elecciones generales, la realidad política y social del país será notablemente diferente a la que existía en los anteriores comicios.
Lo de agitar el miedo a que viene la extrema derecha ya no funciona —de hecho, no funciona desde hace tiempo— como cinturón de contención del auge del voto a PP y VOX.
El Frankenstein de Sánchez se está descuajeringando a marchas forzadas.
La imposibilidad de mantener unidos a PNV y Junts —dos socios incompatibles por naturaleza y ambición— ha convertido la aritmética parlamentaria en un rompecabezas imposible.
A esto se suman los desastres en las elecciones autonómicas y municipales, donde el PSOE ha perdido terreno de forma sistemática, y el desplome absoluto de la ultraizquierda: Podemos y sus derivados se desintegran, desaparecen o buscan refugio y sueldo en el propio PSOE o a su sombra, al estilo de Rufián, que ha pasado de la rebeldía antisistema a ser un altavoz disciplinado del sanchismo a cambio de poltrona y visibilidad.
Lo que un día fue un mosaico de apoyos heterogéneos y ruidosos se revela ahora como un castillo de naipes sostenido por puro cálculo electoral y promesas incumplibles, mientras el presidente cuenta los días para que el invento no le estalle definitivamente en las manos.
Tenía razón Patxi López: el PSOE solo debía elegir si su referente es Felipe González o Bildu y ya ha escogido… pic.twitter.com/3YY9iJRXvi
— María Jamardo (@MariaJamardoC) February 14, 2026
EL PALO DE FELIPE GONZALEZ
Hace apenas unos meses, nadie se habría atrevido a pronosticar que Felipe González, líder histórico del PSOE, anunciaría que votará en blanco para no hacerlo a favor del amoral Sánchez.
Hace unos días, el expresidente del Gobierno —referente para generaciones de socialdemócratas en nuestro país y fuera de él— encendió una mecha que ha prendido mucho más de lo que La Moncloa y Ferraz pensaban.
Tras lanzar a sus voceros a ningunearlo e invitarlo a abandonar el partido que él resucitó y llevó a sus mayores cotas de poder y dimensión histórica, las aguas bajan turbias en la cada vez más sectaria izquierda española.
González, que gobernó con mano firme, critica a sus compañeros por la «falta total de autocrítica» después de los fracasos en Aragón, donde han igualado su peor registro histórico, y en Extremadura.
«Esto es lo que va a suceder en España», advierte, y propone como solución para frenar a VOX que el país funcione con servicios públicos eficientes y viviendas accesibles.
El expresidente revela un secreto que se murmura en los pasillos de La Moncloa: algunos miembros del Gobierno le han admitido que impulsaron el ascenso de VOX para perjudicar al PP, pero el experimento se les ha escapado de las manos. Ahora, la coalición Frankenstein –esa mezcla de independentistas, herederos de ETA y comunistas– está condenada al fracaso.
La alerta contra VOX ya no moviliza votos; más bien, la derecha española está en su mejor momento gracias al rechazo al sanchismo. En las filas socialistas se habla de refugiarse en negociaciones con el PP, pasando del silencio autocrítico a una estrategia evasiva.
Mientras tanto, el Parlamento se pliega a los intereses de Junts. A estas alturas de la legislatura, solo se aprueba lo que Carles Puigdemont desea. El jueves, el Congreso dio luz verde –con un trámite pendiente en el Senado– a la reforma del Código Penal, impulsada por los independentistas para castigar la multirreincidencia. La votación fue abrumadora: 302 votos a favor, provenientes del PP, PSOE, VOX, Junts, PNV y UPN. En contra solo se manifestaron 36 representantes de Sumar, EH Bildu, Podemos y BNG, mientras que ERC optó por abstenerse tras pactar un total de 180 plazas judiciales para Cataluña.
¿Qué implica esta nueva ley? Los hurtos menores –de menos de 400 euros, que anteriormente no llevaban aparejada pena de cárcel– podrán acarrear hasta tres años tras las rejas si hay tres condenas previas por delitos similares. También se endurecen las penas para estafadores y se contempla limitar a reincidentes su acceso a determinados barrios o su contacto con ciertas personas. Desde las filas de Junts, celebran: «Los ladrones que asustan a la gente ya no entran por una puerta y salen por la otra». Alcaldes catalanes aplauden esta medida, cansados de lidiar con «robagallinas» en sus calles.
El bibloquismo perfecto bloquea España
El diagnóstico que plantea González es claro: hemos pasado del bipartidismo al «bibloquismo perfecto y excluyente», donde dos muros impiden resolver problemas reales.
«España no funciona», repite, recordando aquellos años en los que el AVE era sinónimo de puntualidad. Critica además la prórroga presupuestaria como una «violación clara de la Constitución» y sugiere disolver las Cortes si no hay presupuestos aprobados. Se opone rotundamente a pactar con Bildu –»¿nos hemos vuelto locos?»– más que con Vox, y advierte sobre quienes dentro del Gobierno parecen pensar ya en reemplazar a Sánchez.
La Moncloa mueve fichas respecto al debate interno en la izquierda: se habla de una posible refundación con incertidumbres sobre el papel de Yolanda Díaz e un incremento del peso de Izquierda Unida. Sin embargo, es evidente que el desgaste es palpable. Los socialistas, tras sufrir derrotas electorales, apuntan al «voto de rabia» sin mirar hacia adentro.
Según lamenta Patxi López, es triste ver cómo González ya no es referente para su partido mientras sigue siendo un ídolo para la derecha. Ministros como Elma Saiz replican: «Autocrítica hacemos todos».
En este circo político, el PP dirigido por Feijóo carece de un proyecto propio según el ex presidente; su única ambición parece ser «echar» a Sánchez. La derecha crece alimentada por el cansancio hacia el sanchismo, mientras el Gobierno navega entre los intereses divergentes de Junts y Bildu.
Para ilustrar este curioso pacto sobre la reforma penal:
| Partido | Votos | Posición |
|---|---|---|
| PP, PSOE, Vox, Junts, PNV, UPN | 302 | A favor |
| Sumar, EH Bildu, Podemos, BNG | 36 | En contra |
| ERC, Coalición Canaria | 8 | Abstención |
A pesar de todo esto, González sigue vinculado al PSOE —«¿por qué dejarlo? Que lo deje quien lo destroza»—, pero su decisión de votar en blanco representa un duro golpe simbólico para el partido.
Curiosamente, la reforma nació en marzo de 2024, pero estuvo paralizada hasta que Puigdemont rompió con el Gobierno. González inauguró el AVE en 1992; hoy en día esos trenes sufren problemas frecuentes. Y Sánchez, mientras tanto, cuenta los días para superar récords establecidos por Aznar e incluso por él mismo; algo que admite sin pudor: «Estuve demasiado tiempo».
Datos adicionales: en Aragón, el PSOE alcanzó su mínimo histórico empatando su peor resultado en escaños; mientras tanto, Vox ha experimentado un notable aumento.
La nueva ley penal también suma castigos para las narcoembarcaciones: penas de entre tres y cinco años. ¿Cuál será el siguiente paso?
