Antonio Casado – Nacionalismo vasco


MADRID, 21 (OTR/PRESS)

Fiel a su naturaleza histórica, el nacionalismo no cede a su inclinación totalizante. Los primeros actores del PNV, Ortúzar y Urkullu, persisten en la manía de dar por hecho que todos los vascos son nacionalistas y, por tanto, están tan sedientos de patria vasca como ellos, y como ellos se sienten herederos de la doctrina sabiniana. Así que en el último Aberri Eguna se lanzaron a hablar en nombre de todos los residentes en esta Comunidad Autónoma como si ya fuese imparable el clamor por la Euskadi una, grande y libre que soñara el fundador del partido en 1895.
Justamente esa «una, grande y libre» de la España franquista que ya no volverá. Así lo dijo el lehendakari, Iñigo Urkullu. Y tiene razón. No volverá, por trasnochada, obsoleta, anticuada y ya definitivamente perdida en la polvareda de la historia. Cierto. Pero no más trasnochada, obsoleta, anticuada y desaparecida en la polvareda de la historia que la doctrina nacionalista alumbrada por Sabino Arana y cuyos frutos más ruidosos y más visibles han sido también los más amargos. Me refiero a los cientos de asesinatos causados por los cachorros del nacionalismo en nombre de la patria vasca.
Ese rastro de sangre y miseria moral hunde sus raíces motivadoras en la versión más radical del pensamiento de Sabino Arana. Y, asimismo, se corresponde con una de las etapas de su vida, aquella en la que vinculaba la «invasión maqueta» (inmigrantes de otras partes de España que iban a buscarse la vida al País Vasco) a todas las calamidades del proceso industrializador. A saber: «el librepensamiento, la impiedad, la inmoralidad, la blasfemia, el crimen, la incredulidad, el socialismo y el anarquismo».
No tenemos noticia de que haya habido renuncia expresa a esa parte de la herencia recibida del fundador por los actuales dirigentes del PNV en términos ideológicos o doctrinarios. Pero es verdad que hay un Sabino Arana más moderado, y que corresponde también a otra etapa de su vida, que puede ser reconocido en las apelaciones al diálogo, la mano tendida y la colaboración con el Gobierno de España, siempre que, naturalmente, se reconozca la aspiración nacionalista de convertir a España en una unidad de destino en lo universal, o al menos en lo europeo.
Y, finalmente, hay una tercera versión del pensamiento de Sabino Arana, que se corresponde con la tercera y última etapa del padre del nacionalismo vasco. Por lógica, la última suele ser la mas madura en un intelecto normalmente constituido. Pero da la casualidad de que es la fase españolista y no existe en el discurso de los seguidores de Arana. Es la que se corresponde con su renuncia a la independencia y lo que reclama es «una autonomía lo más radical posible dentro de la unidad del Estado español».
Lo que no queda claro en los discursos pronunciados el pasado fin de semana por el líder del PNV, Andoni Ortúzar, y el lehendakari, Iñigo Urkullu, es cuál de esas tres almas del nacionalismo vasco (la radical, la moderada, la españolista) pesa más en el vigente ideario del PNV como partido. También eso forma parte del guión: la ambigüedad. De hecho nadie ha sabido descifrar exactamente si sus mensajes del Aberri Eguna (Día de la patria vasca) tienen más que ver con el federalismo apadrinado por el PSOE o el independentismo planteado por el nacionalismo catalán. Los propios responsables del PNV han advertido que no apuestan por lo uno ni por lo otro, más allá de su unilateral definición del País Vasco, junto a Navarra y una zona del sur de Francia, como una nación sin Estado, lo cual es una declamación que se agota en sí misma. Si no nos dan más pistas….

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