La semana política que empieza – Un plan «simpatía» para Mariano Rajoy.


MADRID, 7 (OTR/PRESS)

¿Hay una «operación simpatía» en marcha para mejorar las expectativas electorales del PP y del propio Rajoy? Parece que algo de eso podría darse. Aseguran fuentes monclovitas que Mariano Rajoy ha decidido mostrarse más simpático, más transparente en lo que cabe, más abierto a los medios de comunicación, esos a los que patentemente nunca ha querido y hasta, me atrevería a decir, algo ha despreciado.
Pude comprobarlo personalmente en la recepción del Día de la Constitución en el Congreso de los Diputados este sábado: el presidente se paraba a departir amablemente con los informadores y hasta yo mismo me vi beneficiado con unas palabras presidenciales, lo que, la verdad, no suele ser habitual. Pero las encuestas son las encuestas, y el inquilino de La Moncloa sabe que, si de veras pretende, como dice, presentarse de nuevo a las elecciones, no puede seguir siendo más impopular que Cayo Lara o, ya que estamos, que cualquiera de los líderes políticos que se alinean en la oposición… o en sus propias filas, que ahí están Soraya Sáenz de Santamaría, Alberto Núñez Feijóo o el recién llegado al Gobierno Alfonso Alonso para demostrarlo.
De manera que, dicen, Mariano Rajoy prepara una ofensiva en toda regla. Está decidido a que en 2015 cambien las tornas, al menos en lo que a su popularidad y la de su partido se refiere. Tiene ante sí, ya de manera inmediata, varias oportunidades: ahora, esta misma semana, en México, donde asiste, con el Rey -lo de Felipe VI sí que es, dicen los sondeos, popularidad-, a una nueva y presumiblemente desvaída «cumbre» iberoamericana y el sábado en La Granja, Segovia, donde ha convocado a todos sus «barones», presumiblemente en un intento de cerrar filas entre los dirigentes de un PP cuarteado por diferencias entre Gobierno y partido, por aspiraciones insatisfechas y por incógnitas que Rajoy mantiene con galaico sigilo. Hay mucha inquietud y muchas inquietudes en el seno del partido gobernante, que, por primera vez, siente que puede perder el poder ante las urnas. Y no precisamente por la irrupción, cada vez más matizada por cierto, de Podemos.
Pero resulta obvio que el presidente no tiene intención, con todo, de hacer cambios revolucionarios. Ya nos dijo en la recepción del sábado, y posiblemente lo reiterará esta semana, que no piensa proceder así, sin más, a propiciar cambios en la Constitución, que no pretende acortar la Legislatura y que, desde luego, tiene la intención de concurrir él, y no dejar el sitio a ninguno de sus rumoreados sucesores, a las elecciones legislativas, que ya se ve que tardarán aún un año en llegar. Es más: le parece ocioso hablar con Artur Mas, aunque volverá a viajar a Cataluña, y no da la impresión de que vaya a llegar a grandes consensos con el secretario general del PSOE, un Pedro Sánchez al que se refiere cada vez en términos más duros. Es la guerra… preelectoral, y las elecciones, primero en mayo, después quizá en diciembre o en enero, son ahora lo que más importa, al parecer.
Es decir: es el mismo Rajoy, con rostro presumiblemente más amable, el que se nos presenta en los próximos meses. Sus expertos de cámara le advierten que, más aún que una corrupción que se percibe como más bien cosa del pasado que del presente, son su propio talante y la distancia que impone frente a casi todos y casi todo, lo que le perjudica ante las sacrosantas encuestas. Puede que incluso le veamos, sin que parezca un acontecimiento extraordinario, entrevistado en los sets de televisión sin buscarse demasiadas complacencias ni complicidades.
Es, según me sugieren algunos, la «operación sonrisa» que se pretende. A ver cuánto dura.

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