Fernando Jauregui

¿’Impulso político’?¿Qué impulso político?

Reconozco que figuro entre los que piensan que el nombramiento de Alfonso Alonso como ministro de Sanidad ha sido un paso adelante: ¿se habrá decidido, al fin, Mariano Rajoy a hacer eso que se llama Política, con mayúscula? Desde luego, el aterrizaje de Alonso en un Ejecutivo algunos de cuyos componentes andan como perdidos, como ausentes, porque callan demasiado para no caer en las ‘ocurrencias’ de algunos de sus compañeros idos (o que permanecen), es un dato alentador. No voy a cansarle a usted repitiendo los elogios que tanto han menudeado ya sobre la figura, el talante y la trayectoria de Alonso. Solo diré que, contra lo que parece, hay más políticos como él en todos los partidos. Y que necesitamos a más políticos como él, alejados de escándalos, de protagonismos excesivos y de insensateces máximas.

Pero, claro está, una golondrina no hace verano. Y no basta con incorporaciones al Gobierno como las de Alonso o, antes, Rafael Catalá -un valor en alza, si así pueden medirse estas cosas- para pensar que la atonía, la pereza, la falta de iniciativas y el exceso de impermeabilidad han acabado. Escuché a Alonso decir -me lo dijo a mí mismo, en el curso de un programa de radio- que hay que poner en marcha nuevas formas de hacer política. Totalmente de acuerdo: más diálogo, más participación, mayor y mejor espíritu regeneracionista. Y autocrítica, mucha más autocrítica, que es elemento que siempre echamos a faltar cuando de discursos de políticos se trata.

Así que vuelvo a la pregunta inicial. ¿Ha decidido Rajoy, fuente de todo poder e influencia entre los suyos, a rodearse de los mejores, no solo de los más aquiescentes, a cambiar sus -a mi parecer- bastante deplorables modos de hacer política? Existen a mi alrededor gentes que no creen que, a estas alturas, Rajoy, como el escorpión de la fábula, pueda cambiar sus pautas de comportamiento: él, te dicen los monclovitas, no es un populista. Es un hombre serio, que no promete lo que no puede cumplir, que no hace demagogia besando a niños y dando la mano a mileuristas, ni besando enfermeras que se curan del ébola, como ha hecho Obama.

De acuerdo: todo lo antedicho adorna el carácter inmutable del escorpión. Como la falta de carisma, la carencia de simpatía, la lejanía infranqueable. Vienen tiempos en los que los ciudadanos exigen eso que Alonso detectaba: la necesidad de que se nos gobierne de otra manera. El gran timonel cambia a una parte de su tripulación: entre Ruiz Gallardón y Escolá, mejor el segundo oficial Escolá. Entre Mato y Alfonso Alonso, mejor ni establecer comparaciones. Pero el capitán ha de salir de una vez del camarote y dar las órdenes oportunas. No solamente para capear el temporal, sino para imponerse a él. Y eso solamente puede hacerlo el presidente, no sus ministros y ni siquiera la muy competente vicepresidenta, que ya se ve que está utilizando a fondo su largo brazo.

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