Francisco Muro

Y todo esto, ¿para eso?

Tres elecciones autonómicas en cinco años; una ruptura y una quiebra social internas, en ocasiones incluso entre familias o amigos, que no tendrá remedio fácilmente; millones de euros gastados inútilmente; un endeudamiento progresivo de las finanzas catalanes que se financian al 0 por ciento de interés gracias a la Hacienda de todos los españoles porque antes lo hacían a un 7 por ciento en otros mercados o en bonos «patrióticos»; la pérdida de miles de millones en inversiones españolas o extranjeras; la paralización de muchos proyectos hasta saber qué pasa; un montón de mensajes a los ciudadanos diciéndoles que sus gobernantes se pasan la ley por donde les parece; otros diciendo que van a seguir en Europa a pesar de que los gobernantes de la UE, de Alemania, de Gran Bretaña, de Italia o de Francia ya han dicho expresamente que no (entre otras cosas porque les podría crear a ellos el mismo problema); promesas de que con la independencia, no sólo se librarán del «yugo» del Estado español, sino que crecerá la riqueza, el empleo, el bienestar social, la libertad y lo que ustedes quieran hasta límites insospechados. ¿Todo eso, y mucho más, para que dentro de unos días se compruebe que un 50 por ciento, arriba o abajo, está a favor de la independencia y que otro 50 por ciento, abajo o arriba, está en contra?

He dicho muchas veces que ha faltado diálogo por las dos partes y, sobre todo, presencia del Gobierno en Cataluña para explicar, para escuchar, para atender y para comprender. El desencadenante de esta situación, desde mi punto de vista es complejo: la impenitente voluntad del nacionalismo de no estar nunca suficientemente satisfecho y siempre reclamar algo más; el clientelismo fomentado durante décadas por CiU; la incompetencia de un ex presidente como Rodríguez Zapatero; la corrupción tapada durante años; el tancredismo de Mariano Rajoy; la huida hacia delante, pagando el precio que sea necesario, de un político sin salida como Artur Más… Y por culpa de todo eso, la desatención de los verdaderos problemas de los ciudadanos de Cataluña: la pérdida de su capacidad innovadora, el desempleo, la baja calidad educativa, los problemas con la sanidad, la huida de inversores y de inversiones..

En Cataluña, algunos piensan que son los poderes del Estado y las élites «que lo manejan y se benefician de él» las que han hecho, hacen y harán todo lo posible para impedir una victoria del soberanismo el 27-S. Creo sinceramente que se equivocan. Cataluña nunca ha tenido en la historia más libertad ni capacidad de autogobierno que en esta democracia. Cataluña será lo que quieran sus ciudadanos y sus empresarios, sus asociaciones. No estoy tan seguro de que vaya a ser lo que quieren sus políticos, o al menos, algunos de sus políticos. Creo que todavía debería ser posible el diálogo y que los máximos responsables de la política nacional y de la catalana están obligados a intentarlo. Pero la responsabilidad final está en manos de los que van a votar el 27-S. No son unas elecciones autonómicas, sino, como dice Más con razón, plebiscitarias, aunque tampoco esto sea legal. Si los ciudadanos eligen el camino de salir de España deben saber que será con todas las consecuencias. Y las va a haber. Para España, desde luego, pero sobre todo para los ciudadanos catalanes.

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