Fernando Jáuregui

Al menos, felicitar al presidente en funciones

Al menos, felicitar al presidente en funciones
Mariano Rajoy (PP). David Mudarra.

Que no digo yo que el mundo pertenezca a la tercera edad; eso sonaría, porque quien suscribe es quien es y sus circunstancias, a una proclama interesada. Pero sí digo que la edad, y lamento contradecir desde la segunda línea de este artículo a algún político emergente, no debe, no puede, ni conviene, ser un factor discriminatorio, por arriba o por abajo.

Hago este introito para comenzar felicitando -ah, siempre con un par de días de retraso, qué cabeza la mía– al presidente en funciones del Gobierno, que acaba, en horas recientes, de adentrarse en la década de los sesenta: sesenta y uno cumple, y ya he escuchado algún comentario, creo que algo frívolo, en el sentido de que va siendo hora de que se retire: algunos de estos lapidadores me recuerdan a quienes te tuitean exigiéndote la jubilación cuando, por radio o televisión, dices cosas que a los inquisidores generacionales no les gustan.

Las jubilaciones no deberían ser un linde objetivo, te vas por ley cuando cumples los sesenta, o los setenta, sino un estado de espíritu: llegado un cierto momento de tu vida, crees que ya no puedes aportar gran cosa nueva. Y Rajoy, por lo que se ve, sí cree que puede aportar cosas nuevas, porque dice, numantino, que nunca se rendirá; ahora, solo falta que se las comunique a la hinchada.

No: puede que Mariano Rajoy tenga que marcharse por otras razones, pero no, desde luego, porque sea ya un sesentón; si va usted a hacer comparaciones, ahí tiene a Angela Merkel, que es un poco más veterana que nuestro presidente en funciones.

O al próximo presidente/a norteamericano/a, que, sea quien sea, estará más cerca de los setenta que otra cosa, si es que en algún caso no los sobrepasa, en el momento de su toma de posesión a finales de este año. Y no veo que las críticas hacia Hillary o hacia el líder laborista británico, por poner dos ejemplos distintos y distantes, se centren en sus respectivas y provectas edades, sino, si acaso, en otras cosas.

Lo de Rajoy, ahora que comienza un tramo político -o que termina otro, según se considere- también es otra cosa: uno no es viejo, sino que está viejo si desconoce el dicho de Pablo Picasso, quien, ya casi nonagenario, nos legó aquello de que «cuando se es joven, se es joven para toda la vida».

Y se es joven creando, innovando, sabiendo que los cambios están ahí y que lo único que no cambia es el cambio permanente, al que hay que cabalgar en todo momento.

No estoy seguro de que Rajoy, a quien reconozco y valoro en sus muchas virtudes, pero cuyas cualidades de estadista soy incapaz de admirar, esté en esta onda: más bien, es de los seres, ya digo que muy respetables por cierto, que se aferran a conservar lo bueno y que tienden a considerar comentarios como este que usted tiene la amabilidad de leer nocivos para la buena marcha de la nación, porque, si todo va bien -piensa él– ¿para qué cambiar?.

No diré yo que Rajoy, en esta tesitura en la que todo ha mudado ya, aunque algunos no quieran darse cuenta, sea el único culpable de la situación de bloqueo político en la que estamos infelizmente instalados.

Ni siquiera, quizá, el principal culpable. Ya he dicho muchas veces que sería un muy buen primer ministro para Luxemburgo, pero que ya no es el hombre para el aquí y el ahora: se ha distanciado del Rey, de sus interlocutores políticos y sociales, de la gente y cree que para recuperar el cariño de unos medios a los que él nunca quiso bastará con acudir a algún programa en televisión poco amiga suya y soltar un poco más de lo mismo mirando a los ojos al prestigioso entrevistador.

Claro que algún día, mañana sin ir más lejos, hablaremos del otro, del rival, sin duda mucho más joven, que anda frecuentando a aventureros televisivos, pensando sin duda en repetir (y ganar) lo que me temo inevitable: una campaña electoral como la de gestos y piruetas ante las cámaras que ya conocimos abundantemente el pasado mes de diciembre.

Ya vemos, pues, que no es cuestión de edad, porque tampoco los que llegan, o quieren llegar, muestran unas neuronas mucho más regeneradas que las del patriarca de nuestra política. Ocurre que esta política nuestra es vieja, aunque los intérpretes de la misma sean teóricamente jóvenes.

Estamos, y no acabamos de enterarnos, en la era en la que los Rolling Stones dan conciertos ante Raúl Castro, que es generacionalmente mucho más cercano a Jagger que a Rajoy; una era en la que un Beatle cantará en Madrid y ya no hay entradas para verle o en la que algún periodista afamado lleva una semana presumiendo de haber llegado, en plenas funciones, a los sesenta y cuatro, y qué.

Así que reitero mi sincera felicitación a un presidente (en funciones) que sé que nunca me responderá, como no responde a tantos desde hace tanto sobre tantas cosas, y ahí, y no en las canas, que algunos quieren disimular en mayor o menor grado, con mejor o peor fortuna, está el quid de la cuestión.

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