Juan Pérez de Mungía

El ombligo de Onán

El ombligo de Onán
Diversidad sexual.

Alguna de esas feminazis que andan sueltas ha difundido un panfleto revelador, una suerte de descubrimiento del autoerotismo, y como todas sus expresiones, gramaticalmente incorrecta. «No puedo ser tu mujer porque soy de la mía» reza el panfleto. Su difusión ha coincidido con el día de los grandes almacenes, el día de San Valentín. Se trata de una inteligente manifestación que muestra la diferencia entre el feminismo de género y el feminismo de la igualdad; lejos de invocar la igualdad en la diferencia, niega la naturaleza para invocar el ejercicio del onanismo hasta el punto de disociarse en el espejo, creerse mujer duplicada, idéntica a si misma como otra mujer, una invocación universal de autoerotismo, el culto al órgano, como el de ese hombre que experimenta homoerotismo, un homoerotismo idéntico a cualquier otro, en el espejo. El homoerotismo onanista cree controlar por completo su conducta hasta el punto de procurarse repetidamente un placer que no queda a merced de otros, como si los premios que en su delirio cualquiera pudiera darse a sí mismo fueran siempre de mayor o igual magnitud de la que cualquier otro ser humano puede ofrecer. El dominio imaginario de sí mismo que experimenta el transexual, transfiguración del travestismo, que duda entre si hacer ajeno el órgano, o mantener el propio, quedando en todo caso a merced de la industria farmacéutica en un singular retorno a un estadio de postnaturaleza antiecológica.

El viejo anarquista de retrete declaraba en el reservado: «la masturbación está bien, incluso muy bien, pero la relación sexual es más interesante, porque se conoce gente». La frase mas célebre del heteroerotismo político la ofreció Julio Anguita, el padre político de Pablo Iglesias, cuando dijo aquello de que el destino de un cuerpo es otro cuerpo. Aunque la consigna podía aplicarse a cualquier orientación sexual, la dijo para redimirse en el espejo homosexual. Como si ser o ejercer la homosexualidad fuera el epítome de un pensamiento de izquierdas, y no pudiera haber, tantos y tantos de la derecha ultramontana. ¿Qué iluso habrá podido caer en semejante patraña, y dictar según las preferencias de compañero de cama, una determinada ideología política?. ¿Es el onanismo una ideología de izquierdas? ¿Acaso es la pederastia la expresión de una ideología de izquierdas? El guiño de Anguita ignora el eje que vertebra la cultura heterosexual. Ningún heterosexual que lo sea repara en ese culto al órgano propio, porque su deseo se extinguiría mirándose a sí mismo, como sabe que nadie suficientemente normal puede hacerse cosquillas a sí mismo. El onanismo, como otras manifestaciones de la sexualidad humana, a lo sumo sólo puede ser sucedáneo propio del ámbito carcelario. Salvo que proliferen los vis a vis del mercado de la carne y se ofrezca la prostitución de alquiler, una expresión de la libertad es precisamente el acceso al otro. En esos seculares palacios carcelarios, al decir de los mafiosos italianos que conocen de las cárceles en España, las terroristas se quedan embarazadas mientras cumplen sus penas, y los terroristas procuran el embarazo de sus compinches de asesinato. ¿Por qué habrían de estar excluidas las terroristas de servir de vientres de alquiler, cuando las penas carcelarias no incluyen la inhabilitación del embarazo?. De ninguna de estas amenazas conoce el homoerotismo onanista.

Entretanto el homoerotismo onanista aparece como una sigla más en el movimiento sexual humano, el onanista cree disponer de sí mismo sin pagar precio alguno. Amar y ser amado se ha tornado un peligro social, se ha puesto dífícil. El único sexo que puede ser gratuito es el homosexual. No siempre, si se tienen aficiones extrañas por más que puedan ser muy populares. Para ligar como homosexual puede bastar una mirada y un reservado en el local puede resolver la angustia de la dilación. Tal parece que los riesgos son los mismos para los miembros del juego erótico, y de menor cuantía que los que representa el costosísimo ejercicio de la seducción. El goce homosexual a menudo suple ese ejercicio de seducción tratando de seducir al compañero con ardides semejantes a los que emplearía el heterosexual, sólo que con el propio sexo, siempre sujeto a una menor incertidumbre. En la seducción homosexual no hay castigo o dilación. La inmediatez es absoluta. La naturaleza dicta ejemplos muy distintos. En la naturaleza no hay relación sexual sin resistencia selectiva. Sólo los estériles pueden aspirar a una relación sexual inmediata.

La experiencia del heterosexual es siempre la experiencia de quien puede negarse sosteniendo al tiempo su deseo; no existe entrega, y la libertad se ejerce siempre que no se imponga la amenaza. El éxito no está asegurado. No se trata, en rigor, de una puntual manifestación de un deseo irreprimible ni tampoco la expresión de un derecho que se tiene sobre otro cuerpo en virtud de un contrato de alquiler obligado cumplimiento. El heterosexual renuncia al homoerotismo onanista porque sabe que la pasión humana sólo es posible en el conocimiento de la diferencia, en el saber de que no existe en ausencia de la libertad ajena. ¿Cómo podría ser de otro modo y no tener vocación de permanencia?. Por más cuentos que se cuenten la promiscuidad solo es esencial para un cierto tipo de expresión de la sexualidad humana. No cabe en la expresión de amar y ser amado.

Sepan pues, todos los feligreses del homoerotismo onanista y todos aquellos que de un modo u otro conocen de sus sucedáneos que no están exentos de amenazas. Como le ocurrió a Sacher-Masoq, el investor del autoerotismo protésico. Las asfixias autoeróticas accidentales de Carradine, Dekker, Hide, Milligan y Gilbert y tantos y tantos desconocidos vieron cumplido su sueño… en la muerte, muertos en una suerte de goce imposible. Como Bodé, muerto como ellos por asfixia autoerótica, el mismo que en sí mismo reunía todas las siglas del movimiento sexual, el señor de los anillos, auto-sexual, trans-sexual, uni-sexual, y omni-sexual. La suerte es que ninguna de las posibles amenazas será suficientemente disuasoria para dejar de padecer la ansiedad de un perverso. El control de sí mismo, como el control de otro es una quimera. Y es mejor saberlo.

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