Es increíble lo que hemos vivido sin morir de espanto

El precio de la muerte

Incluso desafiando a la muerte como lo hace un trapecista sin red como como un torero desafía por un instante al toro de la muerte

El Cementerio de los Mártires, en Paracuellos
El Cementerio de los Mártires, en Paracuellos. PD

Es frecuente morir, no de un muerto si no de muchos muertos. La muerte tiene un precio pero nadie lo valora. Se puede morir todos los días y se vive de casualidad en Ucrania. Un ruso tiene un precio menor que un ucranio. Un misil Iskanders cuesta alrededor de tres millones de dólares, calcula Forbes, si mata a una persona las cuentas son perversas y si mata a diez, los muertos tampoco sale a cuenta. Podría cobrarse la muerte en vida, y dejar como muerto al que ejerce de vivo, como Paesa. El socio de Roldán y Felipe González.

El valor de matar consiste en provocar el horror, cuanto más cara es la muerte más perjuicio moral satisface. El horror es lo que se compra. Uno puede morir por accidente, una caída tonta, una muerte inverosímil, que indica que el precio es cero o infinito, una muerte sucia como en Bajo el Volcán. Las muertes naturales son ante todo las gratuitas, el resto cuestan una pasta. Un sicario puede cobrar 300.000 dólares, pero un miembro de una banda puede matar gratis solo recibiendo una palmada en la espalda por el trabajo recién hecho, de su particular banda, o del mísmisimo Alah. Que se sabe que es grande y paga con vírgenes a sus esbirros.

La muerte tiene un precio, no cabe duda, para las aseguradoras también, pero la paradoja consiste en que el muerto no cobra y en muchas ocasiones tampoco los deudos. Morir es barato si se aplican las recomendaciones sobre el tratamiento oncológico que evita recetar fármacos caros como se demuestra en la sanidad. Esta sanidad es el paraíso para quien no la paga. No merece la pena administrar vida porque la muerte tiene un valor futuro que evita pagar la pensión del vivo. Le pregunten a Montero el cálculo del ahorro de la pandemia o a cuenta del cambio climático. Si se predica, precisamente, es como un modo de estimular la muerte. Y así queda justificada. No te mata el psicópata, te mata el cambio climático, no te mata una política de salud pública, te mata el virus, etc. etc.

La muerte que provoca un psicópata no tiene precio, solo tiene el valor de la satisfsción que produce en el enajenado que altera la vida de otros, que quita todo lo que tenía y todo lo que podría tener. Siempre son otros los que mueren, los muertos no hablan de los vivos, es natural, aunque ahora puede escucharse o incluso hablar con los muertos, con voz e imagen sintética. No se le amó en vida, se ama su quimera. Se le incineró. La tecnología ha dado un valor a los muertos que antes no tenían. Por fin, son el producto del verdugo y del asesino, el negocio de un mercader que divulga al asesino para burla de la víctima que le sobrevive.

Existe un rito al morir, y al matar. Los verdugos ejecutan al vivo, pero son ajenos a la economía salvo como demostró Berlanga que se mate legalmente para poder vivir. Algo siniestro subyace en el humor negro como se le da en llamar al rito de ajusticiar. Ahora tambíen cualquiera puede ser verdugo, si la víctima desea morir, lo llaman eutanasia. Y aunque no lo desee, si no funciona el prozac. Es la política de la muerte, la política de hacienda, o te embarga, o te confisca, o te encausa. La política de la protección animal. Para que los animales maten a negacionistas del cambio climático.

Hay muchos tipos tipos de muertes, y de muertos. Ni siquiera tienen que serlo físicamente, pueden ser muertos de hambre, muertos política o profesionalmente, por ejemplo, pero también hay muertos que pasaban por allí y murieron de forma equivocada cuando una bomba explotaba, los llaman muerto colaterales. Cuando se llevan una bala colateral.

El negocio de la muerte no concluye con el fallecido, rige un proceso económico, alrededor del mismo. ningún nicho le pertenece al difunto, tan solo se le conserva como su nombre indica, enlatado, hasta que caducan sus huesos. No hay sitio en los cementerios para tantos y tantos que tienen la costumbre de morir a destiempo, no ser inmortales. A resguardo de la estadística para ser estadística.

Hay muertes que encajan en corazones ajenos, quizás cuando el nümero de fallecidos excede la comprensión, una familia que muere, una epidemia que mata indiscriminadamente, muchas personas que mueren calcinadas en un incendio, un terremoto que aplasta, una riada que ahoga. Morir y la forma de morir siempre ha sido llamativa. Nadie quiere morir si no es de una determinada manera, algunos dan preferencia a unas formas frente a otras. La muerte no gusta a cualquiera aunque en algunos países se celebren fiestas. Una burla a la iglesia que les dominaba.

La muerte es algo real, incluso cuando no hay conciencia de morir, nada más nacer, no solo por nacer muerto sino por estar condenado a morir y en ese tiempo de descuento, algunos viven deportivamente hasta que consiguen acelerar el proceso, en fin; el fin puede precipitarse solo por mirarse en el espejo de un autorretrato y caer gratis por un acantilado, algo que se ha puesto de moda en la redes sociales o probando suerte desde un balcón para ver si uno convertido en dardo humano hace diana en la piscina de un hotel que comercia habitaciones de muerte.

No olvidemos a los muertos que mueren por un bien común, una creencia, una protesta o por llamar la atención con sus doctrinas suicidas; se trata de lo que escribía Artaud sobre Van Gogh, el suicidado por la sociedad. A veces morimos porque vemos morir a alguien, una fatal coincidencia o una muestra de solidaridad que nos une en el destino.

No es frecuente hablar de la muerte, pensar en la misma, solo es carne fresca para la prensa que mira con ojos editoriales a todos aquellos que producen dolor o sencillamente están ahí temporalmente ocupando una columna que no pueden leer.

No olvidemos a los que nunca mueren, son solo desaparecidos, un grado menor, quien sabe si resucitarán la noche de Walpurgis, nadie los mató ni nadie los vió morir, no hay constancia. Algunas veces sus amigos decían, no contestaba al teléfono, creíamos que había muerto, otros sin embargo nunca volvieron a contestar y un día, sin saber aparecen vivos, nadie los esperaba vivos. Para restituir el orden de la naturaleza, incluso los matan. Un desaparecido no puede morir dos veces, para la iglesia, para la justicia, para el código civil.

Es increíble lo que hemos vivido sin morir de espanto, incluso desafiando a la muerte como lo hace un trapecista sin red como como un torero desafía por un instante al toro de la muerte, negro como el azabache, cuando hinca los pitones sobre las lentejuelas estrelladas y le estrella a los altares del olvido o del recuerdo.

Se muere como un héroe o como un cobarde, pero se muere. Se muere por la tarde, por la mañana o por la noche, incluso durmiendo y uno cree seguir dormido, pero no sabe que no va a despertar. Se extingue la conciencia sin darse cuenta. Algunos estudian a los muertos que los entierran creyéndolos muertos y resultaron estar vivos y otros se preguntan que habiendo estado muertos reviven, algo inexplicable, y le preguntan al revivido que ha pasado.Y cuenta visitas a la medida de su imaginación y de sus torpes devaneos espirituales.

Es verdad que existen tantas muertes como seres humanos vivos existen, o han existido, pero nunca conoceremos el valor de todos los que murieron sin rastro, olvidados en la historia, porque no la tuvieron. Si acaso tuvieron precio, una herencia, una cantidad, unos objetos sin valor o que tasados fueron solo cambiados por su contravalor porque los objetos ya no se entierran junto a los muertos. Además ni siquiera se les viste, solo un sudario, solo una sábana. Qué despilfarro. El negocio de Humana, la doctrina del reciclaje. Como aquella de dar subvenciones y limosnas a los probres para que sigan de pobres. El muerto al hoyo y el vivo al bollo.

Nadie hablará de nosotros cuando hayamos muerto; el olvido no habla, solo murmura, a veces una canción, a veces un poema y solo en contadas ocasiones se relatan hechos parecidos a los que vivió el muerto en una biografía, en una epopeya o se levanta una escultura que terminará rota como todas, como los juguetes. No hay juguete que cien años dure, ni cuerpo que lo resista.

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