En ello estoy, y no desespero de conseguirlo algún día…

El porqué de las cosas

En esta vida, o en las que me queden por vivir, si Dios quiere

Cristo, oración, religión, Cristianismo
Cristo, oración, religión, Cristianismo. PD

No debe avergonzar, contar públicamente la vida de uno. Lo que debería avergonzar es, por vergonzante, no poder hacerlo.

Hay quien aún se maravilla de la fe que me posee; porque yo no poseo la fe, sino que es ella la que me tiene, lo cual no quiere decir que ésta sea ciega o irracional, sino que es el fruto de experiencias personales, algunas de ellas muy fuertes, que han ido marcando y modelando mi ser. Empecemos:

Sucedió hace quince años, en uno de los últimos miércoles del invierno de 2010, durante el transcurso de la última misa del día. Ahora alguno se preguntará qué hacía un servidor en misa, si no era domingo. Pues eso, estaba en misa, precisamente porque no era domingo. Pero sigamos con la historia.

Eran las ocho de la tarde y en la pequeña ermita apenas éramos, amén del octogenario sacerdote, una decena de personas, la mayoría de ellas, mujeres de avanzada edad.

Los tradicionales silencios litúrgicos, durante la celebración eucarística, permitían oír el pacífico sonido de la pertinaz lluvia. Hacía un frío, un frío muy seco, y la paz que se respiraba era infinita, lo que provocó que, arrebujándome en mi abrigo, suspirara en voz baja, con los ojos cerrados: – ¡Qué bien se está en tu casa Señor!

Llegado el momento de la lectura del Evangelio del día [Juan, 20], sonaron, a través de los consumidos labios del anciano sacerdote, las palabras de Jesucristo a Tomás: “…porque has visto has creído; dichosos los que creen sin haber visto”.

En aquel instante, a un servidor, venido arriba, no se le ocurrió otra ocurrencia que, en un desafortunado arranque de engreimiento, decir: – ¡Señor, yo no necesito ver para creer! ¡Yo creo en ti, Señor!

Apenas había musitado la última palabra, cuando de repente vi pasar por mi mente, a velocidad de vértigo, el tráiler de mi vida. Una serie ininterrumpida de flases de mi pasado, donde descubrí cómo la mano de Dios, había actuado a lo largo de toda mi existencia, modelando, tallando y podando, el ser que ahora era.

En ese momento me fue revelado que todo aquello que en su momento atribuí a la suerte, o mi buena o mala estrella, no fue fruto del azar o la casualidad, sino de la Misericordia del Padre y el Amor del Hijo, que siempre habían estado a mi lado, protegiéndome y señalándome el camino que debía de tomar. Me fue mostrado el precipicio en el que hubiese acabado de no variar el rumbo, y como todos los golpes que, en su momento recibí, me salvaron de caer en el abismo. Aquello fue como una mezcla de “UN CUENTO DE NAVIDAD”, y la película de Frank Capra “QUÉ BELLO ES VIVIR”.

Pero lo que yo había visto no era ni un cuento, ni una película. Lo que acababa de experimentar era tan real como el aire que respiraba.

Cuando salí del templo, las piernas me temblaban, y mientras la fría lluvia bañaba mi alterado rostro, recuerdo que fui consciente del regalo que acababa de recibir. Un regalo que habría de marcar, aún más si cabe, mis pasos a partir de entonces…

A veces oigo comentarios de quienes se admiran de la fe que tengo, y dicen que soy afortunado por ello…; que tengo mucha suerte…; como si tener una fe a prueba de papas y obispos, fuese una cuestión de suerte; una lotería del Cielo.

Lo cierto es que, en mi caso, la fe ha sido fruto de la constancia; de la perseverancia y la oración, a lo largo de los años. Unas creencias que comenzaron por tradición cuando tenía siete años de edad, y que, con el tiempo, se fueron transformando en creencia por convicción…; en convencimiento más allá de toda duda razonable. En Fe con mayúscula.

En esta vida, Dios se me ha manifestado en diversas ocasiones, no en muchas, pero las suficientes como para convencer al más zoquete de los ateos. Pero, ´curiosamente´, ninguna de estas manifestaciones las he vivido, estando de fiesta en una discoteca, o en una reunión de negocios, sino que esas experiencias místicas, han detonado estando en el sitio adecuado, en el momento justo, y con la actitud apropiada. A buen entendedor, con pocas palabras basta.

Vivimos en la sociedad del ´¡no sé lo que quiero, pero lo quiero, y lo quiero ya!´. Posiblemente, alguien consiga oír la voz de Dios en el momento que desee, al fin y al cabo, su misericordia es infinita; pero no ha sido ese mi caso, ni el de ninguno de los que yo conozco. Porque no nos engañemos; no existe un manual que indique los pasos que hay que seguir, para conseguir una manifestación divina, aunque sí de los que no hay que seguir. Aunque, al fin y al cabo, Dios se manifiesta a quien a Él le da la gana, como fue el caso de Saulo de Tarso, perseguidor y terror de cristianos.

A un servidor le ha costado muchos años, (más de media vida), que le fuese revelado que el Reino de los Cielos siempre ha habitado en mí. Ahora tan solo me falta ser digno de habitar en él.

En ello estoy, y no desespero de conseguirlo algún día… En esta vida, o en las que me queden por vivir, si Dios quiere.

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA
Autor

Antonio Gil-Terrón Puchades

Antonio Gil-Terrón Puchades (Valencia 1954), poeta, articulista, y ensayista. En la década de los 90 fue columnista de opinión del diario LEVANTE, el periódico LAS PROVINCIAS, y crítico literario de la revista NIGHT. En 1994 le fue concedido el 1º Premio Nacional de Prensa Escrita “Círculo Ahumada”. Ha sido presidente durante más de diez años de la emisora “Inter Valencia Radio 97.7 FM”, y del grupo multimedia de la revista Economía 3. Tiene publicados ocho libros, y ha colaborado en seis. Actualmente escribe en Periodista Digital.

Lo más leído