De la dialéctica de los puños y las pistolas al boicot violento y el odio antisemita del progresismo contemporáneo.

Mussolini y Hitler han resucitado: se han reencarnado en quienes hoy se hacen llamar antifascistas

“Para que triunfe el mal, sólo es necesario que los buenos no hagan nada.” — Edmund Burke

Mussolini y Hitler
Mussolini y Hitler

En los últimos años, España —y con ella gran parte de Europa— ha sido testigo de un fenómeno inquietante: el retorno del totalitarismo, pero con nuevos ropajes. No llega vestido con camisas negras ni brazaletes con esvásticas, sino con camisetas del Che Guevara, pancartas multicolor, consignas de “inclusión” y un discurso falsamente moral de superioridad.

Los autodenominados “antifascistas”, lejos de combatir el fascismo, lo reproducen punto por punto, con los mismos impulsos de violencia, censura y odio que movieron a Mussolini y Hitler.

Porque el fascismo —conviene recordarlo— nació de las entrañas del socialismo, no de la derecha liberal. El propio Mussolini fue dirigente del Partido Socialista Italiano antes de crear sus “fasci di combattimento”. El nazismo alemán fue, en su nombre completo, nacionalsocialismo: una mezcla tóxica de colectivismo, ingeniería social y culto al Estado. Ambos compartían el desprecio por el individuo, el control absoluto de la economía, el dirigismo moral y una fe ciega en el poder del partido único. Hoy, ese espíritu ha mutado en progresismo dogmático, feminismo de género, ecologismo punitivo y antisemitismo camuflado de solidaridad internacionalista.

En España, este nuevo fascismo no se impone mediante golpes de Estado, sino mediante el acoso sistemático, la censura y la violencia política consentida. Los seguidores de Pablo Iglesias y sus “confluencias”, junto con los aliados separatistas y filoterroristas de la coalición que hoy gobierna, han hecho del boicot, el insulto y la intimidación su forma de acción política. Desde el acoso a Rosa Díez en la Universidad Complutense en 2014, pasando por los ataques contra conferencias de Felipe González, hasta las agresiones físicas a jóvenes o militantes de VOX, la lista de episodios de violencia es larga y creciente.

A ello se suma la impunidad institucional: en España, la violencia en los conflictos colectivos está tácitamente amparada. Los llamados “piquetes informativos” ejercen coacción, destrozan bienes, impiden trabajar a quienes desean hacerlo, sin que el Estado aplique su propia legislación. Lo mismo ocurre en las “huelgas estudiantiles”, donde quienes proclaman la libertad acaban cerrando aulas, amenazando a compañeros y atacando la propiedad pública y privada.

Esa violencia se reproduce también en la calle. Tras el golpe de Estado en Cataluña en 2017, las hordas separatistas levantaron barricadas, incendiaron mobiliario urbano, bloquearon carreteras, atacaron comisarías y agredieron a policías nacionales y guardias civiles. La narrativa justificadora fue siempre la misma: “defender al pueblo oprimido” frente al “Estado fascista”. Exactamente el mismo lenguaje que empleaban los camisas negras italianos para justificar sus “escuadras de defensa”.

Este verano de 2025, la coalición gubernamental socialcomunista, sostenida por separatistas y filoterroristas, promovió y aplaudió el boicot violento contra la Vuelta Ciclista a España, enarbolando la causa “del pueblo palestino”. Se atacaron coches de equipo, se insultó a deportistas y se ocuparon carreteras, todo en nombre de una “solidaridad internacionalista” que no es más que el viejo antisemitismo resucitado. El odio al Estado de Israel, disfrazado de defensa de los oprimidos, es el nuevo rostro de la judeofobia de siempre.

El paralelismo con el fascismo clásico es tan nítido como inquietante:

  • Culto al líder carismático, hoy vestido de tribuno televisivo o influencer político.
  • Control del pensamiento, mediante censura mediática, persecución en redes y leyes mordaza ideológicas.
  • Adoctrinamiento en las escuelas y universidades, donde quien disiente es señalado, silenciado o directamente expulsado del debate.
  • Moral única y obligatoria, donde la discrepancia se confunde con el delito y la disidencia con el odio.

El fascismo, el nazismo, el comunismo y el progresismo totalitario comparten un mismo ADN: la idolatría del Estado, el desprecio por la libertad y la obsesión por reeducar al ser humano. Sus variantes —ya sean ecológicas, feministas o identitarias— no alteran su esencia: el control absoluto de la palabra, la conducta y el pensamiento.

El pensamiento único progresista ha hecho de la “tolerancia” su nueva inquisición. Su misión no es liberar, sino someter. Hoy se persigue al disidente igual que ayer al “enemigo de la revolución”. Quien no repite las consignas de género, clima o “diversidad” es señalado como fascista. Pero la paradoja es brutal: los verdaderos fascistas son ellos. No los que discrepan, sino los que cancelan; no los que opinan, sino los que golpean.

Y a medida que se acercan las elecciones generales —que, más pronto que tarde, pondrán fin a este ciclo político—, la violencia, el acoso y la intimidación van en aumento. La izquierda y sus satélites separatistas y filoterroristas perciben que se aproxima su derrota y, como todo régimen decadente, recurren a la crispación y al miedo. De ahí la escalada de agresiones, el vandalismo “antifascista”, la censura mediática y los ataques contra quienes se atreven a disentir.

La historia, sin embargo, enseña una lección inmutable: quienes persiguen en nombre de la libertad siempre acaban convirtiéndose en verdugos. El fascismo fue derrotado militarmente en 1945, pero su espíritu —socialista, colectivista, enemigo de la libertad— ha sobrevivido, mutado y retornado. Hoy se llama progresismo. Su bandera es multicolor, pero su alma es negra.

La dialéctica de los puños y las pistolas ha sido sustituida por la dialéctica de los “boicots”, las turbas tuiteras y los tribunales ideológicos. Cambian los símbolos, pero no los métodos. Mussolini y Hitler, derrotados en cuerpo, han resucitado en espíritu en quienes dicen combatirlos. Y si algo enseña la experiencia europea del siglo XX es que, cuando la violencia y el odio se disfrazan de virtud, la libertad se asfixia en nombre del bien.

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Lo más leído