OPINIÓN / MARK STEYN

La elecciones egipcias derrotan a la ‘Revolución Facebook’

A la hora de hacer cuentas, las revoluciones no se tuitean

La elecciones egipcias derrotan a la 'Revolución Facebook'
Musulmanes rezando en la calle. EP

Las redes sociales acaban de recibir un sonado rapapolvo electoral de los tipos que llevan desde el siglo VII sin tener una idea novedosa

¿Cómo va lo de la Primavera Árabe? Ya sabe, «la Revolución Facebook». Mientras escribo, están contando los votos de las presidenciales egipcias, de manera que para cuando usted lea esto, el recuento puede haber cambiado algo. Pero ahora mismo va primero el candidato de la Hermandad Musulmana Mohammed Morsi, que en un inspirador mitin ante estudiantes de la Universidad de El Cairo el otro día les dijo: «La muerte en nombre de Alá es nuestro objetivo».

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De los 13 candidatos a la presidencia, Shafiq, junto a Mohammed Morsi, se hizo con la mayor cifra de votos en las dos jornadas de comicios presidenciales egipcios.

En segundo lugar se encuentra el candidato del ejército, Ahmed Shafiq, último primer ministro de Hosni Mubarak y un caballero que durante una entrevista televisiva reciente dijo que «por desgracia, la revolución triunfó».

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En tercer lugar va un islamista moderado de nombre Abdel-Moneim Abolfotoh, que piensa que el 11-S fue una intriga estadounidense y que cuenta con el apoyo de la organización terrorista al-Gama’a al-Islamiya. Es «moderado» porque piensa que los cristianos egipcios deben tener permiso para postularse a la presidencia, aunque no hay que permitir que ganen.

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Como digo, estos electrizantes comicios no han terminado en absoluto, y no hay que descartar un tercer puesto de un faro del progreso como Amr Moussa, el veterano acólito de la Liga Árabe y antiguo Ministro de Exteriores de Mubarak.

¿Qué ha pasado pues con todos esos candidatos que representaban el espíritu del progresista movimiento juvenil democrático egipcio por el que todos aquellos medios occidentales se deshacían en elogios hace un año en la Plaza de Tahrir? ¿Qué tal les ha ido en las primeras elecciones presidenciales egipcias?

¡Tiene cero amigos!

No sé usted, pero no me da la impresión de que los señores Morsi, Shafiq y Abolfotoh estén pasando mucho tiempo en Facebook, o al menos en Twitter. De hecho, para ser una «revolución de las redes sociales», los principales beneficiarios parecen ser notablemente antisociales: libre del control de Mubarak, el nuevo Egipto es un país en el que la embajada israelí es atacada y saqueada, los cristianos son asesinados y sus iglesias reducidas a cenizas, en el que las reporteras de los medios occidentales son atacadas sexualmente a plena luz del día, y en el que el lugar de una mujer según las congéneres es una clínica de ablación femenina.

En el curso de la campaña, la Hermandad Musulmana ha corrido el velo de la modernidad y la moderación que tanto gustaba al Departamento de Estado de los Estados Unidos y a The New York Times: Jairat el-Shater, el líder en funciones, dice ahora que «nuestra Constitución es el Corán» y que las leyes de la era Mubarak que permiten, por ejemplo, que las mujeres se divorcien, hay que revisarlas. Como dijo el clérigo televisivo Safwat Hegazy a miles de partidarios en un mitin de la Hermandad celebrado en el Delta del Nilo: «Estamos viendo hacerse realidad el sueño del califato islámico».

Así va la Revolución Facebook un año más tarde. Status: No es complicado. Desde la creación del reino de Egipto en 1922, el país lleva las últimas nueve décadas degenerando. La cleptocracia de Mubarak era peor que el reino del saqueo de Farouk, y el nuevo Egipto será peor aún.

A un nivel determinado, esto no tiene nada de nuevo. En las primeras etapas de la revolución, los estudiantes ocupaban a menudo la primera línea principalmente porque no tenían nada que hacer en todo el día. Pero para cuando el hombre fuerte jura el cargo en el palacio presidencial, hace mucho tiempo que han desaparecido, suplantados por fuerzas organizadas más rígidas y mejores. ¿Fue posible alguna vez que las «redes sociales» occidentales alteraran esta trayectoria familiar?

El editor del National Review, Rich Lowry, del que la imagen de pimpollo de encanto universitario no ha desaparecido, sonaba tan desquiciado como normalmente suena un perro viejo como yo cuando anunció que «el fundador de Facebook Mark Zuckerberg es a lo inútil lo que Henry Ford al automóvil», y condenaba un mundo en el que millones de personas pasan su tiempo «difundiendo fotografías de mascotas disfrazadas, diciendo si tienen el pero en su sitio o no, y jugando al simulador de explotaciones agrícolas FarmVille».

No es imprescindible convenir con la majestuosa diatriba de Lowry para reparar en que ni Lenin ni Mao se hicieron conocidos por hacer fotografías de sus mascotas disfrazadas, o al menos con el uniforme del partido, y que ambos caballeros jugaron a sus juegos de simulación de forma real, y a una escala industrial. Dejando aparte sus deficiencias en cuanto a la movilización, Facebook, hasta que sus acciones se desplomaron esta semana, tenía una valoración por encima de los 100.000 millones de dólares — más o menos dos tercios del PIB de Nueva Zelanda–. Valor que me parece exagerado.

Con independencia de lo que se opine de los entusiastas partidarios de la ley islámica, la crítica a los judíos y la mutilación genital femenina de la Hermandad Musulmana, desde luego representan a una franja sustancial de la sociedad egipcia –y puede que a la mayoría–. El problema de los dictadores de la vieja escuela residía en que, a la hora de hacer cuentas, Mubarak, Ben Alí o Gadafi no representaban sino a sus cuentas suizas. La pregunta para el mundo en general es ¿a quién representan las «redes sociales»? Si presuntamente encarnan a las fuerzas del progreso y la modernidad, entonces acaban de recibir un sonado rapapolvo electoral de los tipos que llevan desde el siglo VII sin tener una idea novedosa.

Nadie debería de envidiar sus millones a Mark Zuckerberg, y la gente decente debería de condenar en los términos más firmes las tentativas del senador-chorizo Chuck Schumer de castigar al socio de Zuckerberg Eduardo Saverin por preferir disfrutar de sus beneficios bajo el régimen fiscal más relajado de Singapur. Constituye una señal de desesperación terminal que los regímenes que no pueden competir por el talento dediquen sus energías a mecanismos cada vez más elaborados destinados a impedir que los particulares nacidos en libertad cumplan su santa.

Pero también es una muestra de desesperación hablar de entretenidas diversiones de occidentales acomodados encerrados en sí mismos como fuerzas irresistibles de la modernidad. Uno de los defectos básicos de la clasificación de una «guerra contra el terror» por parte de la administración Bush fue que ponía el acento en los síntomas (las bombas y los terroristas suicida) antes que en las causas (la ideología subyacente). En la guerra de ideas, Occidente ha elegido no competir, bajo el supuesto erróneo de que los sistemas de difusión cada vez más refinados de sus sensuales distracciones son la idea genial en sí misma y de ellos mismos. No es así. Si conoce a Tocqueville, recuerda mucho a su predicción de un mundo en el que «una multitud innumerable de hombres semejantes e iguales giran sin descanso sobre sí mismos para procurarse pequeños placeres vulgares», fórmula que destila encantadoramente la actividad interminable de nuestra trama sin gusto.

No me entienda mal; me gustan las fotografías de animales horteras. ¿Pero sirven para algo más? En teoría sí. Pero en la práctica, ¿una cultura que «gira sin descanso sobre sí misma» tiene alguna probabilidad de ser eficaz a la hora de comunicar ideas de verdad al mundo en general? Ideas sobre la libertad, la libertad de expresión, el derecho de propiedad, los derechos de la mujer y todos los demás inefables por ausencia en la filosofía de la nueva clase política egipcia. A la hora de hacer cuentas, las revoluciones no se tuitean. Con independencia de sus defectos, las fuerzas groseras que administran el nuevo Egipto entienden la diferencia entre mutilar realmente los genitales de una joven para negarle la posibilidad del placer sexual, y «seguir» simplemente el Twitter de su especialista local en la ablación femenina.

Hace un siglo, Occidente exportaba sus valores. Así que en el Egipto de Farouk, al inicio del curso legislativo, el monarca era conducido a su parlamento particular para dar lectura al discurso desde el trono en un simulacro explícito aunque improvisado de ritual de monarquía constitucional a lo Westminster. Ahora nos negamos a exportar valores, y damos por sentado de forma complaciente, como sugiere el término «Revolución Facebook» mismo, que la tecnología acude en apoyo a la modernidad. No es así. La fallida salida a bolsa de Facebook y los comicios presidenciales egipcios forman en cierto sentido parte de la misma trama, la trama del mundo desarrollado cuya definición de innovación y avance se ha contraído y adelgazado mucho. Los comicios egipcios dicen mucho de ellos, pero también nos dicen algo de nosotros mismos.

Autor

Antonio Chinchetru

Licenciado en Periodismo y tiene la acreditación de suficiencia investigadora (actual DEA) en Sociología y Opinión Pública

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