Empieza el show.
Gabriel Rufián, el eterno independentista que se ha pasado la última década viviendo del presupuesto español en el Congreso mientras prometía que dejaría su cargo, se ha erigido como el mesías de la izquierda.
Su nuevo objetivo: montar un Frente Popular plurinacional para frenar a la «ultraderecha».El sainete comenzó hace semanas con sus habituales bravatas en redes y platós amigos: «Algo hay que hacer», «no se para con siglas», «quizá tenga un 0% de apoyo político pero mucho más de apoyo popular». Palabras grandilocuentes de quien lleva años viviendo de rentas mediáticas y del postureo progre, pero que no han encontrado eco ni en su propio partido.
Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), esa formación que Rufián dice representar mientras reside cómodamente en Madrid, ha cerrado en banda la ocurrencia. Ni Junqueras ni la cúpula quieren saber nada de disolver siglas ni de aventuras que huelan a liquidación del independentismo en favor de un experimento frentepopulista de andar por casa.
Nadie quiere regalarle a Rufián el liderazgo
Bildu, BNG y hasta los Comuns y Sumar han puesto distancia: nadie quiere regalarle a Rufián el liderazgo de una coalición que, de materializarse, sería un Frankenstein ideológico condenado al fracaso antes de nacer.
Aún así, el show debe continuar. Este miércoles 18 de febrero de 2026, el independentista de cabecera protagoniza su primer acto en Madrid junto a Emilio Delgado, de Más Madrid, en un evento titulado «Disputar el presente para ganar el futuro». Un título que suena a eslogan de campaña de segunda fila, pero que en realidad resume la desesperación de una izquierda fragmentada que ve cómo PP y Vox avanzan en las encuestas sin apenas oposición seria.
Rufián, que un día juró dejar el escaño si no lograba la independencia en 18 meses y que lleva una década sin mover un dedo por Cataluña más allá de la foto, ahora se postula como salvador de la España que tanto dice odiar. El mismo que presume de «amar Madrid» mientras cobra sueldo público para dinamitarla desde dentro. El mismo que sueña con un frente popular al estilo de los años 30, olvidando convenientemente que aquel experimento acabó en guerra civil, represión y miles de muertos.
Mientras tanto, en las filas de ERC ya hay quien pide «pararle los pies» al díscolo portavoz, al que acusan de creerse «insustituible». El veredicto es claro: Rufián no lidera nada más que su propio ego. Su «Frente Popular» es solo otro capítulo del eterno sainete independentista: mucho ruido, cero nueces y una izquierda española que, por una vez, parece haber olido el engaño.

