Conócete a ti mismo, decían los griegos. Probablemente, hoy habría que decirlo con mayor motivo, pues aún se dedica menos tiempo a ello que antaño. Y, por otra parte, no es una tarea fácil. No es raro que si a alguien se le presenta algo inusual, quede sorprendido después por su propia reacción, por ser mejor, o peor, de lo que hubiera podido pensar en un principio. Y no se puede dejar en el olvido el hecho de que muchos renuncian a tener opinión propia por no confiar en sus posibilidades.
Si difícil es conocerse a sí mismo, entender a los demás es algo más complicado, tanto si se les examina individualmente como si se hace en grupo. Por eso resulta sorprendente contemplar a la multitud de intérpretes de la voluntad popular, ya se trate de la de los españoles en general o de la de los vecinos de cualquiera de las Comunidades Autónomas. Y no sólo eso sino que bastantes se atreven a interpretar también el sentir de Comunidades ajenas a su lugar de nación o residencia. Y lo hacen con tan gran seguridad, que se les puede calificar de dogmáticos.
La tarea de los políticos consiste en averiguar qué quieren quienes les han elegido, por aquello de que quien paga, manda, para tratar de complacerles. Muchos, en lugar de ello lo que intentan es decirles a sus electores lo que han de hacer. A quienes se pasan de listos acaba por ocurrirles lo que a esos maridos de antaño que se hartaban de presumir de que en su casa mandaban ellos y resulta que hacían lo que querían sus mujeres que hicieran.