Si los fanáticos no hubieran reaccionado ante el discurso del Papa como les es propio, su discurso no hubiera sido tan estudiado ni comentado y su repudio de la violencia hubiera pasado más desapercibido. Hay que pensar, entonces, que su cita pudo haber sido meticulosamente estudiada y meditada. Ofrece una disculpa fácil, puesto que al Papa no la hizo suya, y mediante ésta se recalca la oposición a la violencia. Por violencia no hay que entender sólo la física, sino todo intento de imponer las ideas por caminos distintos a los del diálogo.
El discurso ha merecido comentarios y análisis de todos los colores y también lo que se podría considerar un rebuzno. Hay quien cayó, sin querer, fuera de los senderos de la modestia, que tan apropiados resultan para todos y se dejó conquistar por los delirios de grandeza y por la petulancia. Y también por el egoísmo, puesto que sólo piensa en sí mismo y no en el bien de su país y ni siquiera en el de su partido, que saldrían ganando con su silencio.
Cada uno debe saber cuando ha terminado su hora y es tiempo de dejar que sean otros los que continúen la labor. Hay muchas cosas en la vida de las que ocuparse o con las que matar el tiempo, si es que a uno le sobra. No necesita ayudas de ese tipo el Papa, que ya tiene, por otra parte, un amplio equipo de colaboradores.