Resulta que ahora hay pueblos dispuestos a efectuar modificaciones en sus tradicionales fiestas de moros y cristianos para no ofender al mundo islámico. Este hecho significa salir de los caminos de la prudencia para entrar en los del temor, que no resultan nada aconsejables.
En estos tiempos todo transciende inmediatamente, por lo que no resulta descabellado tener cuidado con lo que se hace o dice, sobre todo si ello afecta a grupos humanos cuya cultura es distinta de la nuestra y su grado de tolerancia es tan escaso como grande su fanatismo.
Pero si es aconsejable la prudencia, no lo es en absoluto el temor. Dejar de lado una costumbre centenaria porque ya no se le encuentra sentido es plausible, pero si la motivación es el miedo, conviene recordar que éste, como todo en la vida, ha de ser útil al ser humano. Cuando es al revés, cuando el ser humano se convierte en esclavo suyo y actúa motivado por él, resulta sumamente pernicioso, como bien saben los terroristas que buscan precisamente llenar de temor al mundo.
Hay riesgos que conviene correr y el de plantar cara a los terroristas es uno de ellos. Luego puede ocurrir lo que sea, pero hay cosas que valen más que la vida humana, como vivir con dignidad, por ejemplo. No se debe renunciar a los valores básicos por temor a un atentado.