
Con bastante frecuencia, surgen quienes se creen capaces de arreglar los males del mundo y en algunos momentos hay demasiada gente así. Quienes piensan de ese modo, olvidan a sus antecesores, incluidos los sabios, puesto que lo lógico es suponer que la mayoría de quienes viven en nuestro tiempo y en los anteriores se han preocupado por lo mismo y a la vista está que no han encontrado la solución. No obstante, no faltan quienes se creen más listos que todos y sin preocuparse previamente por mejorarse ellos, pretenden cambiar el mundo. Les gusta creerse poderosos. Para entender lo que es el poder, viene muy bien distinguir entre poder y autoridad. No se siente poderoso quien hace lo que debe, sino quien hace lo que quiere y los perjudicados por su proceder han de aguantarse. Quien hace lo que debe, en cambio, no se siente poderoso, sino que logra la satisfacción íntima que otorga el actuar rectamente. Quien tiene autoridad es creído por quienes le siguen, en cambio el poderoso se impone por la fuerza. Muchos de esos a los que gusta sentirse poderosos se dedican a la política. Algunos de ellos están en Cataluña y han decidido que los pisos vacíos tendrán que alquilarse obligatoriamente. Con ello reconocen explícitamente su incapacidad para solucionar el problema de la vivienda, puesto que lo trasladan al completo a quienes han invertido sus ahorros en este sector. Un catalán es libre de hacer lo que quiera con su dinero, irse de vacaciones a Cuba o a Sydney, o gastarlo directamente en una ruleta. Incluso puede comprar un avión, si le llega el dinero y tiene donde dejarlo luego. Pero si compra un piso y no va a vivir en él, tendrá que hacer lo que le ordenan, que es alquilarlo. Un catalán puede tener un dinero ahorrado y también hijos. Puede comprar un piso o dos, pensando en ellos. O quizá no se atreve a invertir en la bolsa. Los campos de labor ya no son rentables. ¿Por qué el gobierno catalán no se esfuerza un poco más para resolver los problemas y deja vivir a la gente?
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