Cuando ocurre una catástrofe de estas características como consecuencia de un atentado, la primera obligación es la de buscar a los responsables. Pero cuando se trata de un accidente, como el de ayer, lo primero es socorrer a las víctimas y tratar de atender sus circunstancias. Y en segunda instancia corresponde averiguar los motivos por los que se ha producido el accidente, con la primera intención de salvaguardar el buen nombre de todos los que pueden tener alguna responsabilidad en el asunto. Sólo, si en el curso de las investigaciones se detectara alguna negligencia o descuido, sería el momento de comenzar a exigir responsabilidades. Mientras tanto, hay que respetar el buen nombre de la compañía y de los profesionales implicados.
Una vez establecidas las causas del accidente, y las posibles responsabilidades, si las hubiere, la investigación debería servir para que establecieran más y mejores medidas de seguridad en los vuelos.
Pero conviene hacer constar que vivir es un riesgo y que en cualquier momento puede ocurrirle una desgracia, por un motivo inesperado, a quien se considere más a salvo de todo. Incluso caminando por la parte de la acera más alejada de la calzada hay quien se ha ido al otro mundo, atropellado por un automóvil que ha perdido el control. Subir a un coche, y no digamos a una motocicleta, entraña muchos más riesgos que hacerlo en un avión.
En otros tiempos se tenía más conciencia de lo aleatorio de la vida. Todos sabían que la muerte podía llegar en cualquier momento, pues eran muchos los peligros a los que la población estaba expuesta. Hoy en día también son muchos los motivos que nos pueden truncar la vida, pero nos empeñamos en no verlos. Un accidente de avión resulta mucho más aparatoso e inesperado que uno de automóvil. Por otra parte, las víctimas de un accidente de aviación tienen muchas menos posibilidades de salir con vida que las de automóvil. Pero ojalá no vuelva a ocurrir otro accidente como este.
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