Los chicos del coro supuso hace 21 años ya una enorme sorpresa que sólo Mar adentro de Amenábar pudo separar del Oscar (en su país pasaron por taquilla más de 8 millones de espectadores, siendo además la candidata a los Oscar en la categoría de mejor película de habla no inglesa). Esta entrañable cinta de Christophe Barratier se convirtió automáticamente en atemporal y una de las más revisionadas en todo el mundo. Es una de esas películas agradecidas de ver; tierna y sensible, muy sensible, pero sin empalagar en ningún momento, hace que nos dejemos contagiar emociones de manera cómplice a lo largo de todo el metraje (tema muy diferente a tratar de imponer a nadie lo que, según el guión, haya que sentir; es el elemento diferencial de las grandes películas).
La historia comienza en la Francia de nuestros días, cuando después de cincuenta años y con motivos bastante definidos, se reencuentran dos antiguos compañeros de internado que empiezan a rememorar el ultimo año que pasaron allí. La memoria de los protagonistas nos transporta tras esta breve introducción a 1949, donde transcurrirá ya toda la narración hasta llegar al precioso colofón de la obra que es su final. Esos recuerdos les llevan a contarnos la historia de cómo el nuevo cuidador del internado, con su bondad y su idea de hacer un coro de aquellos niños sin remedio, les cambió la vida a ambos.
Salta a la vista el gran trabajo de casting, ya que los actores, además de interpretar de forma notable, dan la imagen de los personajes con sólo verlos. Gérard Jugnot desborda simpatía y humanidad nada más aparecer con su maleta a cuestas por primera vez en la pantalla. Los niños, además de cantar como los ángeles, son realmente convincentes en el día a día de sus problemáticas vidas (al más pequeño dan ganas de llevártelo a casa).
Sin jugar con maniqueísmos ni tampoco con la sorpresa de un espectador que no debe buscar malabarismos argumentales y debe dejarse llevar para alcanzar lo inesperado, Los chicos del coro desprende humanidad por cada poro, y capta la esencia de un momento y un lugar para convertirla en escenario de una experiencia preciosista en todos y casi con todos los sentidos.
¿Qué decir sobre la maravillosa banda sonora? No sólo es uno de los puntales de la película (realmente forma parte de la historia), sino que además se convirtió en la más vendida ese año en nuestro país, entre otros muchos, y ha quedado entre las bandas sonoras de la historia del cine. Precisamente la música es uno de los elementos que contribuyen a que la obra en su conjunto transmita optimismo y una visión amable de la vida, bastante escasa en nuestros días, sin que por ello falten los necesarios toques de amargo realismo. No en vano se han realizado numerosos arreglos y versiones de sus canciones, entre ellos una obra de teatro musical de notable éxito.
Preciosa y agradecida, para todos los públicos, de cualquier tipo de condición, edad o pelaje. Más que recomendable. Un joven clásico que no debe faltar en la memoria de cualquiera que se precie de amar el cine.
Dirección: Christophe Barratier. Países: Francia y Suiza. Título Original: Les choristes. Duración: 95 min. Intérpretes: Gérard Jugnot (Clément Mathieu), François Berléand (Rachin), Kad Merad (Chabert), Jean-Paul Bonnaire (Padre Maxence), Marie Bunel (Violette Morhange), Paul Chariéras (Regente). Guión: Christophe Barratier y Philippe Lopes-Curval; basado en la película «La cage aux rossignols» (1945) de Jean Dréville. Música: Bruno Coulais. Fotografía: Carlo Varini y Dominique Gentil.