El director del Museo del Prado no ahorra palabras para expresar su satisfacción con esta exposición: hito en la historia del museo, la más exigente de su historia, excepcional, ‘en ninguna otra se han reunido tantas obras maestras y de forma tan pertinente’. Y la verdad es que las merece. Es original, es completa, es profunda y es emocionante y divertida. El proyecto se inició hace cuatro años, por lo que es una casualidad estupenda que se presente ahora, poco más de un año después de ‘El retrato en el siglo de Picasso’ que pudimos disfrutar aquí al lado, en el Tyssen-Bornemisza y su prolongación en Las Descalzas. Quienes la recuerden, contarán con un nuevo aliciente, comparando el género retratista con cinco siglos de diferencia.
El Prado inaugura su ciclo de exposiciones temporales en su flamante ampliación con este retumbar de retratos renacentistas que busca elevar su autoridad internacional y hacer los deberes del que es uno de los dos grandes museos mundiales del retrato. Pasen y vean a Pandolfo Malatesta y al duque de Mantua, a las esposas de los pintores posando en el cuarto de estar, a Tiziano y Durero, a damas holandesas y cardenales italianos, a Micer Masilio con su esposa, a los dos amigos Navagero y Beazzano, al sastre, al humanista, a la hilandera, a Rafael con su maestro de esgrima y a Licinio con un arquitecto, a bellas jovencitas y al caballero de la mano en el pecho, a Erasmo y Lutero, al elector de Sajonia y al duque de Urbino, a este joven y aquella anciana. Miremos a la cara fijamente al prójimo, como no podemos hacerlo cuando es de carne y hueso. Veámosle a través de las miradas más penetrantes. Gocemos del más variopinto desfile llegado a través de los siglos.
Abre al público el próximo martes 3 de junio esta ambiciosa exposición que traza el desarrollo del retrato durante los siglos XV y XVI, doscientos años de génesis y florecimiento del género. Con más de un centenar de obras, de las que casi la mitad proceden de otras instituciones internacionales y se presentan en España por primera vez en su mayoría, el recorrido propuesto tiene una exhaustividad fuera de lo común entre los proyectos dedicados hasta la fecha al género del retrato. En él están presentes todos los grandes nombres del Renacimiento, de Jan van Eyck a Rubens pasando por Piero della Francesca, Durero, Tiziano, Rafael, Botticelli, Lorenzo Lotto, Holbein, o Antonio Moro, representados a través de 126 obras, principalmente pinturas aunque se incluyen también esculturas, medallas, dibujos y grabados. Nunca antes se había reunido una representación tan nutrida de retratos renacentistas, ni de tantos autores diferentes –setenta en total– y naturaleza tan variada, por lo que esta exposición conforma un panorama único, incluyendo algunas de las imágenes más bellas de todo el Renacimiento.
Lo que se nos ofrece ahora, este viaje al arte y a la gente de los siglos XV y XVI, es tan impresionante que hemos renunciado a comentar obras concretas, porque casi habría que hacerlo con la totalidad de las expuestas. Apenas las hay que te dejen indiferente. En cada cuadro surge un mundo, el de la complejidad humana y el de su semejanza a lo largo del tiempo y a lo ancho de la historia en este continente tan viejo. Las exposiciones temáticas temporales han hecho renacer los fondos museísticos, y el del Prado es de tal riqueza que da para incontables inmersiones en los próximos siglos. Las exposiciones temáticas nos descubren siempre facetas nuevas de obras que creemos archiconocidas, y en este caso las comparaciones que se establecen, las similitudes y contrastes, las duplicidades de artistas retratando al mismo personaje casi en el mismo lugar y con la misma pose, son un ejercicio intelectual y un placer estético hasta para el más reacio.
Es lo que yo destacaría de este fabuloso viaje al Renacimiento, una época hoy tan cercana, como si a la espiral del tiempo le tocara avecinarse de nuevo a aquel panorama de apertura de mentes y horizontes que hoy tanto volvemos a necesitar. Un viaje artísitico, sin duda, de atónito estremecimiento ante la capacidad de aquellos retratistas por captar a sus semejantes, pero un viaje también antropológico a las profundidades del ser humano, a reyes y plebeyos, artesanos y cortesanos, mujeres, hombres, niños y ancianos como los que hoy nos rodean sin quea menudo siquiera los veamos. Hay que acudir a este templo del arte para fijarse sin rubor nuevamente en unas cejas o unas manos, en expresiones incontables, en gestos infinitos, en la complejidad que somos los humanos, en el misterio tras cada persona, en lo trascendente y mudable de cada cuerpo y cada alma.
¡QUÉ TENEMOS AQUÍ!
Aunque parezca mentira, nunca se había celebrado una exposición de retratos del Renacimiento, a pesar de existir numerosas publicaciones que abordan esta temática por su extraordinario desarrollo durante este gran periodo de la historia del arte. Por tanto, esta exposición es la primera que, por su amplitud cronológica (1400-1600) y vocación paneuropea, ofrece una aproximación global al retrato del Renacimiento y al retrato como género pictórico autónomo.
La muestra explora cuestiones fundamentales del retrato, como aquellas relacionadas con el parecido, la memoria y la identidad. Asimismo, se estudian los encargos de retratos relacionados con el cortejo amoroso, la amistad y el matrimonio, y se incluyen autorretratos, como el elocuente Autorretrato de Durero, del propio Museo, que permitirán apreciar la variedad de enfoques personales que los artistas adoptaron ante la representación de su propia imagen. La evolución del retrato de corte es uno de los aspectos fundamentales de la exposición, brindando al espectador la posibilidad de ver reunidas las pinturas de Tiziano y Antonio Moro y las esculturas de Leone y Pompeo Leoni que, a mediados del siglo XVI, fijaron un modelo que habría de mantenerse sin apenas cambios durante dos centurias. La exposición aborda asimismo los límites físicos y conceptuales del retrato: como el ‘contrarretrato’ o la representación del ‘anti-ideal’.
El recorrido se inicia con un ámbito dedicado a aquellos elementos que contribuyeron al surgimiento del retrato moderno: de un lado, la tradición medieval, representada por las series dinásticas, los iconos y el naturalismo del arte gótico; del otro, el redescubrimiento del mundo clásico. Arranca así un recorrido por el siglo XV que refleja las diferencias tipológicas y conceptuales entre los grandes centros del retrato: Italia y Flandes, la influencia de los modelos flamencos en la Europa meridional, un proceso que culminó a principios del siglo XVI e hizo del retrato el género pictórico del Renacimiento capaz de transmitir una más vívida comunicación con el espectador, ejemplificado por numerosos obras del género correspondientes a este período, entre los que destacan el retrato de Margaret, la mujer del pintor de Jan Van Eyck, procedente del Groeninge Museum de Brujas, el Retrato de hombre de Antonello de Messina, del Museo Thyssen Bornemisza, el retrato de Federico Gonzaga, I duque de Mantua de Tiziano (restaurado con motivo de esta exposición), del Museo del Prado, o Anciano con su nieto de Domenico Ghirlandaio, del Musée du Louvre que por primera vez se podrá ver con la obra del mismo autor procedente del Museo Thyssen, Giovanna degli Albizzi.
Se revelan así dos constantes en la evolución del retrato del Renacimiento. La primera es su progresiva “democratización”, pues si al principio sólo se retrataban individuos pertenecientes a estamentos privilegiados, el género acabó abarcando todo el espectro social. La segunda es un aumento de tamaño. Los primeros ejemplares eran pequeños por estar concebidos para contemplarse y después guardarse en un arcón. Hasta muy avanzado el siglo XV el retrato rara vez colgó en paredes, pero una vez que lo hizo, hubo de aumentar su tamaño para adecuarse a sus nuevas necesidades decorativas.
Y la segunda es la narración en imágenes de cómo el retrato, al ser demandado por sectores sociales tan amplios como heterogéneos, satisfizo propósitos muy diversos que se tradujeron en una extraordinaria variedad tipológica y conceptual. Aquí se incluyen retratos de individuos proclamando sus aficiones intelectuales, sus aspiraciones sociales o sus devociones religiosas, de enamorados y de familias, retratos realizados para seducir, atacar o convencer, imponentes imágenes de poder y sensibles evocaciones de la memoria, incluso juegos ilusionistas que proyectan al retratado más allá del plano pictórico o distorsionan su imagen hasta hacerla irreconocible. Entre las obras correspondientes a la primera parte de este ámbito destaca el expresivo Muchacho sosteniendo un dibujo de Giovanni Francesco Caroto, del Museo di Castelvecchio de Verona, o el Retrato de mujer inspirado en Lucrecia de Lorenzo Lotto, procedente de la Nacional Gallery de Londres. La sección incluye también ejemplos que se sitúan en los límites del retrato, como el imaginativo retrato fantástico de Arrigo el peludo, Pedro el loco y el enano Amon de Agostino Carracci, del Museo di Capodimonte de Nápoles.
El retrato brindó además al pintor el campo ideal de experimentación: el autorretrato, y pocas imágenes superan en sinceridad o audacia a algunos de los incluidos en la exposición, como el Autorretrato de Durero, del Museo del Prado, o El artista con su maestro de esgrima de Rafael, del Musée du Louvre . En la última sección, dedicada al retrato de corte, asistimos a la progresiva homogeneización del retrato áulico tras 1550 a partir de los modelos desarrollados por Tiziano y Antonio Moro para los Habsburgo, como el imponente Carlos V, a caballo, en Mülhberg de Tiziano, del Museo del Prado; modelos que, con ligeras variantes como el retrato de Brigida Spinola Doria de Rubens, procedente de la National Gallery of Art de Washington D.C , mantendrán su vigencia hasta el siglo XVIII.
La exposición está comisariada por el Dr. Miguel Falomir, Jefe del Departamento de Pintura Italiana del Renacimiento del Museo Nacional del Prado, organizada en colaboración con la National Gallery de Londres, donde se presentará en octubre, y patrocinada por la Fundación AXA. En su nombre, el duque de Lugo estuvo visitándola largo rato y con marcada atención. Se le ve recuperado: más serio y más mayor. Seguro que le habrán dado ganas de encargar un retrato.
Aquí está todo lo que necesita saber y no se atreve a preguntar.
