LECCIONES OLVIDADAS DE UNA GENERACIÓN RESILIENTE

Las nueve lecciones esenciales de los 60 y los 70 que en España los niños ya no aprenden

Quienes crecieron en los 60 y 70 forjaron fortalezas como paciencia y esfuerzo que la psicología valora, pero el deterioro educativo actual las echa en falta

Las nueve lecciones esenciales de los 60 y los 70 que en España los niños ya no aprenden
Educacion, lectura, lenguaje e idiomas, PD

Imagina jugar en la calle hasta que caiga la noche, esperar ansiosamente semanas para ver una foto revelada o reparar un juguete sin necesidad de tutoriales.

Así vivieron miles de niños en España durante los años 60 y 70, una época marcada por la ausencia de pantallas y la gratificación instantánea.

La psicología resalta que esas experiencias dieron lugar a nueve lecciones vitales que ahora brillan por su ausencia tanto en las aulas como en los hogares, mientras el sistema educativo se enfrenta a ratios elevadas y una burocracia que dificulta su transmisión.

No todo era un cuento de hadas: la letra con sangre entraba, no existían psicólogos como hoy los conocemos y la calle era el principal espacio de aprendizaje.

A pesar de ello, generaciones enteras cultivaron resiliencia frente a la frustración, la incertidumbre y la adversidad. Estudios recientes han demostrado que aprender a fracasar sin consuelo, esperar por necesidad o aprender observando a los adultos fortalecía el carácter.

En España, donde el profesorado denuncia un deterioro general –con el 85% en Melilla criticando ratios inadecuadas–, estas lecciones parecen un tesoro perdido.

Las nueve lecciones que moldearon una generación

La psicología ha condensado estas enseñanzas en hábitos cotidianos que hoy compiten con móviles y likes. Aquí te las dejamos, directas y al grano:

  • Trabajo duro: Alcanzar algo requería esfuerzo genuino, sin atajos. Esto cultivaba resiliencia y una conciencia clara del valor del tiempo invertido.
  • Cosas sencillas: Una comida familiar o juegos en el barrio eran suficientes para ser felices, sin necesidad de planes elaborados.
  • Conversar de verdad: Cara a cara, sin mensajes instantáneos. Escuchar y esperar forjaba vínculos profundos.
  • Paciencia: Las cartas tardaban días en llegar, las fotos semanas en revelarse. Esto enseñaba autocontrol, al igual que los experimentos del malvavisco.
  • Familia y comunidad: Compartir las comidas o vecinos dispuestos a ayudar creaban un tejido social sólido frente al individualismo actual.
  • Aire libre: Juegos como al escondite, paseos en bicicleta, caídas y levantadas fomentaban creatividad e independencia, lejos de las pantallas.
  • Autosuficiencia: Aprender a arreglar lo roto uno mismo, sin recurrir a YouTube. Esto aumentaba la confianza y la capacidad de adaptación.
  • Leer por placer: Los libros eran ventanas al mundo, promoviendo empatía y tranquilidad ante los vídeos cortos actuales.
  • Respeto base: Hacia mayores, profesores y normas. Un pegamento social que hoy se ve amenazado por debates polarizados.

Estas no son meras anécdotas. Investigadores han señalado que la autonomía temprana –como volver solos a casa o merendar sin supervisión– estimulaba la toma de decisiones y generaba confianza. La escasez obligaba a reutilizar objetos, potenciando así el ingenio. Además, convivir con la muerte sin filtros enseñaba que el dolor es temporal.

Deterioro educativo: ¿por qué se pierden?

En España, el panorama ha cambiado drásticamente. Un macroestudio realizado por Sate-Stes, con datos de 13.213 docentes, revela problemas serios:

El 77% de alumnos con necesidades específicas asiste a escuelas públicas sin el apoyo adecuado. La inversión en educación se sitúa por debajo de la media de la OCDE, alcanzando solo un 4,5% del PIB frente al mínimo del 7% requerido. Los profesores se sienten desvalorizados: el 74% opina que la Administración no brinda respaldo suficiente y el 85% critica sus salarios.

Esto contrasta enormemente con las lecciones del pasado. Antes se aprendían valores observando comportamientos ajenos; hoy esos aprendizajes se ven limitados por aulas saturadas. La diversidad aumenta –con un 14% de alumnos recibiendo apoyo educativo– pero carecen de herramientas adecuadas. El juego libre de antaño enseñaba negociación; ahora son las pantallas las que dominan.

A pesar de algunos avances en bienestar infantil, recuperar virtudes como la paciencia o el respeto podría ser beneficioso. En un país donde informes de la OCDE advierten sobre dispersión competencial, mirar hacia atrás nos invita a reflexionar sobre nuestra educación actual. Esas generaciones resilientes nos recuerdan una verdad fundamental: lo esencial se construye despacio y con caídas incluidas.

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