"La justicia social, y la denuncia de la injusticia, no pueden ser tratadas como demagogia"

Demagogia contra la justicia social

"No teman la demagogia contra los capitales acumulados sin cuento"

"No crean a los demagogos, pero menos al dinero acumulado y poseído sin más límite que la libertad. O sea, su libertad. La suya, la del zorro libre en el gallinero. La suya"

(José Ignacio Calleja).-A los líderes de cualquier actividad se les acusa fácilmente de demagogia cuando los demás pensamos que han dicho «verdades como puños». El diccionario dice, «demagogia, halago de la plebe para hacerla instrumento de la propia ambición política». Se podría decir que el demagogo excita las pasiones del pueblo con ideas simples y, así, lo convierte en instrumento de sus intenciones políticas particulares. El demagogo es un manipulador del pueblo, decimos.

Nadie se ha librado de ser tachado alguna vez de demagogo. Y no pocas veces con razón. La dificultad está en distinguir entre demagogia y demagogia. En esto, como en todo, hay clases. Como las hay al robar, al mentir, al defraudar, y también al amar, cantar y pintar. En todo hay clases, y ahí está el quid de la cuestión, en diferenciar y evitar que todo caiga en la cazuela y se mezcle de negro con la tinta del calamar. Hay clases en todo.

Hace dos días era tachado de demagogo Zapatero porque dijo que los mercados de dinero, antes pidieron auxilio de los Estados cuando se hundían, y ahora examinan con lupa a los Estados para negarles el crédito. Esto no se puede decir, -le reprochan-. Un presidente de Gobierno no puede ir a Londres, a la City financiera de Londres, y «soltar» esta andanada, -le dicen-. Pero, pregunto, ¿es verdad o mentira? ¿Lo es en todo, o en parte, y en qué parte sí o no?

Ustedes esperarían estas preguntas en las tertulias radiofónicas entre economistas de prestigio. Pues no señor, no esperen esto. Simplemente eso no se pude decir, porque los mercados financieros se enfadan y desconfían de ese Presidente. Yo les digo a ustedes que es así, que se enfadan. Pero entonces hablemos del poder en la sociedad democrática. ¿Quién lo tiene? Me pregunto, -con demagogia dirán algunos-, si de los temas económicos se puede hablar honestamente sólo partiendo de cuánto abuso de poder tienen que consentir los pueblos antes de hartarse. Es decir, hay que tragar carros y carretas, como algo normal y de buena educación, y sólo después, muy después, es posible preguntar por si eso que pasa es justo o injusto.

Por Dios, por Dios, -me dirán los críticos-, qué es eso de la justicia, por favor, ¿está anclado usted en el socialismo soviético? En una democracia no hay más justicia que el derecho vigente. Y no hay más derecho, les digo, que el razonable para vuestros intereses; y está vigente mientras no sobrevenga una situación extrema; para ellos, claro.

Y el que lo entiende, puede gobernar, por supuesto democráticamente; democráticamente a partir de ese supuesto; es lo que hay; y el que no lo entiende, es un adolescente, si es joven; un izquierdista trasnochado, si es adulto; un ignorante, si no es del gremio financiero; un cristiano de la liberación, si todavía anda con lo de Jesús y los pobres; un peligro para el país, si está gobernando.

Desde luego los resultados de la gestión económica de Zapatero son malos. No todos se deben a su gestión. Cualquier mente honesta sabe a estas alturas cuál es la suma de causas que explican la crisis y el modo de abordarla. Ahora bien, el que gobierna asume responsabilidades propias, por sus errores, y también las debidas a causas más objetivas. Es así. El que gobierna, se responsabiliza de todo. No es cosa mía. La gente dirá lo que quiere y a quién quiere para seguir adelante contra la crisis. O lo que le dejen, creo yo.

Pero la justicia social, y la denuncia de la injusticia, no pueden ser tratadas como demagogia. Y menos por quienes desde tertulias, «medios» y cargos se niegan a explicarnos por qué el poder económico y financiero no puede ser criticado. En fin, no sean simples al pensar y hablar, pero no teman la demagogia contra los capitales acumulados sin cuento, con leyes muy «condicionadas» por su poder, y respetando el juego democrático hasta donde no se vean demasiado cuestionados.

No crean a los demagogos, pero menos al dinero acumulado y poseído sin más límite que la libertad. O sea, su libertad. La suya, la del zorro libre en el gallinero. La suya.

 

Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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