Porque los obispos tampoco ascienden (habitualmente) por mor de sus méritos pastorales o espirituales, sino por formar parte de la cordada del gran cardenal. Ni méritos ni selección, puro y simple dedo púrpura.
A pesar de que la carne sea débil y el sexo ronde a los eclesiásticos, a veces de forma obsesiva, su principal tentación no es el sexto mandamiento, sino el primero. Muchos, en vez de amar a Dios sobre todas las cosas, se aman a sí mismos. La gran tentación es el poder. La búsqueda desenfrenada del poder, que se plasma en el ansia desaforada por hacer carrera. Por eso, el Papa sabio viene denunciando una y otra vez el carrerismo en la Iglesia.
El cura de pueblo quiere irse a la ciudad. El de ciudad quiere ser canónigo o delegado de algo. O profesor del seminario. Hay parroquias de entrada, de ascenso y de término. Y siguen funcionando con otra terminología. Pocos son los curas que creen que no valen para obispos. Estar en las ternas de episcopables es el sueño de muchos de ellos.






