Va a seguir viviendo en la misma planta que ocupaba hasta ahora

Rouco se encastilla en el palacio episcopal

Osoro se irá temporalmente a una residencia de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados

Rouco se encastilla en el palacio episcopal
El palacio episcopal de San Justo

En la diócesis madrileña la decisión de Rouco se considera de "mal gusto" y, en Roma, "como un gesto prepotente" del vicepapa español

(José M. Vidal).- No se resigna a perder su puesto ni su palacio de arzobispo de Madrid. El cardenal Antonio María Rouco Varela se encastilla y, en una decisión sin precedentes, que está suscitando sorpresa e indignación en el propio Vaticano, ha decidido seguir viviendo en el palacio episcopal de la calle San Justo de Madrid. En el mismo piso del palacio en el que ha vivido hasta ahora: la planta noble del edificio, ubicada en el segundo piso. Así se lo comunicó a sus vicarios en una reciente reunión que mantuvo recientemente con ellos.

Tal y como les explicó en ese encuentro, el cardenal ha decidido quedarse en su residencia habitual y acondicionar el primer piso (justo por debajo del suyo) como vivienda del nuevo titular de la archidiócesis, Carlos Osoro. Rouco continuaría, pues, ocupando la zona noble del palacio. El segundo piso es el más vistoso, tiene varias galerías y la escalera noble conduce directamente hasta él.

La única concesión que está dispuesto a hacer al nuevo arzobispo es no salir a la calle por la escalera central, para lo cual habilitó una salida a la calle de la Pasa (en la parte trasera del palacio) a través del apartamento de uno de los obispos auxiliares.

El primer piso, en el que, hasta ahora, sólo había salones, acaba de ser acondicionado como vivienda por orden de Rouco, para ponerla a disposición del nuevo arzobispo. A diferencia del segundo piso o planta noble, el primero tiene ventanas con enormes rejas a escasa distancia de la acera de la calle y no dispone de balcones ni de galerías. Hasta por fuera se nota perfectamente, con sólo verlo, que el ‘jefe’ es el que vive en la segunda planta.

Dicen en los ambientes clericales madrileños que Rouco quiere escenificar, con esta inesperada decisión, que sigue mandando (en segundo plano, pero sin retirarse del todo) en la archidiócesis. Colocándose, incluso físicamente, por encima del nuevo titular de Madrid y sin abandonar su residencia de siempre. Otros aseguran que siente que tiene derecho a seguir en su casa de siempre y a no moverse de ella. Por los servicios prestados.

En cualquier caso, la decisión de Rouco está levantando ampollas tanto en Madrid como en Roma. Entre otras cosas, porque se trata de algo inédito en la historia reciente de la Iglesia española. El único caso con cierto paralelismo es el del ya fallecido cardenal García Gasco, que siguió viviendo en el palacio episcopal de Valencia unos cuatro o cinco meses después del nombramiento de su sucesor en la sede levantina, precisamente monseñor Osoro. Pero, pasado ese tiempo, se trasladó a vivir a otra residencia.

En la diócesis madrileña la decisión de Rouco se considera de «mal gusto» y, en Roma, «como un gesto prepotente» del vicepapa español. De mal gusto, porque todos los obispos dimisionarios dejan la residencia episcopal, para no dar la impresión de tutelar a su sucesor y dejarle absoluta libertad y el campo libre. Muchos se van incluso a sus lugares de origen o a otras diócesis. Y, cuando quieren seguir viviendo en la sede que rigieron, piden permiso y cuentan con la anuencia del nuevo titular.

«Quedarse en el palacio, en su vivienda de siempre es un hecho inédito y sin precedentes, que demuestra cómo se las gasta el cardenal, que no se resigna a perder el poder y ceder el paso a su sucesor designado por Roma. Además, una vez tomada la decisión se la planteó a Don Carlos Osoro, sabiendo que éste, por respeto y por la vieja relación que los une, no podía negárselo», cuentan dos de los vicarios que asistieron a la reunión donde Rouco oficializó la decisión.

En esa misma reunión, el todavía cardenal de Madrid también comunicó a sus vicarios que había pedido a Osoro poder seguir disponiendo de su coche, de su chófer, de una secretaria y de las dos monjas que lo cuidan. «Y Don Carlos, muy amablemente, accedió a todo; se ha portado muy bien conmigo», les confió Rouco.

En Roma, por su parte, creen que el gesto de Rouco «le retrata» y «deja en evidencia su forma de ser y de ejercer el pontificado al estilo principesco, que tanto disgusta al Papa Francisco». Las fuentes romanas aseguran que lo que esperan es que «de aquí a la toma de posesión de monseñor Osoro, el cardenal Rouco reflexione y no se encastille en el palacio episcopal, como hacían algunos prelados en la Edad Media».

En efecto, en la Edad Media e incluso en el Renacimiento, solía suceder que un obispo, arropado por el cabildo, se encastillase y no dejase entrar en la sede al sucesor nombrado por el Papa. Así pasó, por ejemplo, en Santiago de Compostela con Berenguel de Landoria.

El segundo hijo de los condes de Rodez, una de las cortes más importantes de la época, es nombrado arzobispo de Compostela, el 15 de julio de 1317, a los 55 años. Once meses después del nombramiento, emprende camino hacia Santiago para hacerse cargo de su sede arzobispal. Pero el obispo y el cabildo compostelano se encastillan contra él.

Berenguel trató de entrar en el burgo cuatro veces, de las cuales 3 fue rechazado en emboscadas. Entonces urdió un plan de ataque, en su castillo de Padrón, aliándose con otros nobles. En 1318, entró victorioso en la ciudad, que le dedicó una torre de la catedral santiaguesa, la Berenguela, utilizada primero como torre vigía y después como campanario.

Como dice un vicario, «la vieja Iglesia de Rouco se encastilla, y, con este gesto, el cardenal echa tierra sobre sí mismo, porque lo lógico y lo habitual es que abandone el palacio e, incluso, la diócesis, como hizo, por ejemplo, el cardenal Amigo, que abandonó Sevilla y se trasladó a vivir a Madrid, y como hacen la mayoría de los prelados».

Y añade el clérigo madrileño: «Sin pretenderlo, Rouco le pone en bandeja a Osoro el gesto de abandonar el palacio, como hizo el Papa, e irse a vivir a otro lugar menos ostentoso, como el seminario o alguna residencia sacerdotal»

Con las Hermanitas de los Ancianos Desamparados

De hecho, fuentes valencianas, aseguran que el arzobispo electo de Madrid, Carlos Osoro, estaría pensando en tomar esa decisión. El nuevo prelado madrileño se despide de los valencianos el día 28 de septiembre y acompañará a su sucesor, el cardenal Cañizares, en su toma de posesión el día 4 de octubre. Desde el 28 de septiembre empezará a trasladar sus libros y sus efectos personales a Madrid.

Al menos de momento y provisionalmente, monseñor Osoro se instalará en la casa-residencia de ancianos de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados de la calle Lagasca, 17, muy cerca del parque del Retiro. Después de su toma de posesión, tendrá que decidir si fija su residencia oficial en el piso de abajo del palacio de Rouco o se se instala en el seminario o en otra residencia de la Iglesia madrileña. Y Rouco seguirá ocupando él solito el palacio episcopal.

Osoro también tendrá que decidir la suerte de los tres obispos auxiliares de Rouco. Según la praxis eclesial habitual, el Vaticano debería buscar acomodo rápido a los tres prelados. Fidel Herráez, el fiel servidor y mano derecha del cardenal Rouco durante décadas, es probable que vaya de arzobispo a Burgos.

César Franco podría ser nombrado obispo de Segovia. Pero lo más complicado es buscarle acomodo al ex secretario general del episcopado, monseñor Martínez Camino que, en los próximos meses, se dedicará a viajar y a dar ejercicios espirituales. Lo que todo el mundillo clerical madrileño tiene claro es que monseñor Osoro no se dejará tutelar y ocupará todo el espacio, sin necesidad de obispo auxiliares y, mucho menos, de la sombra de Rouco.

 

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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