Pedro Langa

Entre satanismo y telequinesia

"¿De dónde viene el mal?"

Entre satanismo y telequinesia
Langa Pedro

Lebrun había llevado una foto del padre Jacques a Roma con la idea de hacerla firmar al Papa para entregársela como recuerdo a las tres religiosas que presenciaron el asesinato del sacerdote

(Pedro Langa).- « ¡Vete, Satanás! ». La frase ha dado la vuelta al mundo con toda la carga de horror y sobrecogimiento al saberla pronunciada por un bondadoso anciano herido de muerte y debatiéndose entre los estertores de la agonía en medio de un charco de su propia sangre derramada junto al altar. El papa Francisco volvió a ella el miércoles 14 de septiembre por la mañana, durante la santa Misa ofrecida en sufragio del sacerdote Jacques Hamel en la capilla de Casa Santa Marta, junto a varios familiares y personas de la comunidad de Saint-Etienne-Du-Rouvray, donde fue asesinado el pasado 26 de julio de 2016.

Un gesto pastoral entrañable y misericordioso, este del papa Francisco. Vestido de rojo -era la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz-, no se privó de ir desvelando en la homilía detalles que, a la vez que llenaban de estupor a los 80 peregrinos de la diócesis de Rouen que asistían piadosamente junto a su obispo -además de los cardenales que forman el Consejo, llamado C-9-, dejaban en el ambiente gozoso consuelo y profundo dolor. «El padre Jacques, degollado al lado del altar de Cristo -dijo textualmente-, es un mártir, a quien tenemos que rezarle para que nos dé la fraternidad, la paz y también el coraje de decir la verdad: asesinar en nombre de Dios es satánico».

«Dio la vida -prosiguió más adelante el Papa- en el mismo sacrificio de Jesús en el altar, y allí acusó al autor de la persecución: ‘¡Vete Satanás!’». Sumado a la tesis de no pocos historiadores, aclaró raudo: «Hoy en la Iglesia hay más mártires cristianos que en los primeros tiempos. Hoy hay cristianos asesinados, torturados, encarcelados, degollados, porque no reniegan de Jesús. En esta historia llegamos a nuestro padre Jacques, él forma parte de esta cadena de mártires. Los cristianos que hoy sufren, sea en la cárcel o torturas para no renegar de Cristo, hacen ver la crueldad de esta persecución. Y esta crueldad que pide la apostasía -concluyó categórico Francisco- es satánica».

Este imperativo interjectivo, en realidad, figura ya en el Evangelio. ¿Quién no recuerda el «Vade, Sátana» de Jesús al diablo durante las tentaciones en el desierto (Mt 4,10)? ¿O quién no se acuerda del «Vade retro, Sátana» de Jesús a Pedro (Mc 8,33)? De ahí ha derivado al lenguaje conminatorio de los exorcistas, actualísimos ahora con la muerte del P. Amorth, que acaba de fallecer en Roma a sus 91 años (16.09.2016), con el opulento historial a sus espaldas de nada menos que 70.000 exorcismos, donde tantas preguntas vienen a la mente y tantos problemas surgen relacionados con el titular de mi artículo: Entre satanismo y telequinesia.

Por de pronto « ¡Vete, Satanás! » es un apóstrofe conminatorio que apunta en esta cuestión al problema de fondo de la humanidad: ¿Qué es el mal? ¿De dónde viene el mal? ¿Por qué, el mal? ¿Es algo? ¿Es alguien? Por supuesto que respuestas, lo que se dice respuestas, las hay a manta de Dios, para todos los gustos y colores. Otro cantar es ya que convenzan. Salta a la vista que no llevarán idéntico rumbo si proceden de un creyente que si las da un agnóstico.

 

No faltan quienes se preguntan qué clase de Dios es ese que hizo este planeta suburbano tan proteico, mediocre y destartalado. Hasta los presocráticos aquellos que anunciaban ya las mañanas intactas y azules de Sócrates, dirían hoy que si le ha salido tan chungo es que no es Dios. A un Ser omnipotente le habría salido mejor. Pero no así. Siempre será, qué duda cabe, un modo de entender el problema. Humano él y, por ende, respetable, desde luego, aunque de todo punto rechazable o inasumible para quienes tenemos fe.

Con la Sagrada Escritura en mano disponemos de otro camino para acercarnos al misterio, sin que hacerlo conlleve la necesidad de comprender lo humanamente incomprensible. De lo contrario, ya no sería misterio. Y ese camino nos lo proporciona Jesús –«el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6), con su Encarnación, Muerte y Resurrección, con su entrega sacrificial por los hombres para librarnos precisamente del pecado y del Maligno. He aquí el misterio de Cristo « que se hace mártir por la salvación de los hombres».

Naturalmente que la acción misericordiosa de Cristo con la humanidad no impide admitir el planteamiento racional del problema, de modo que se deban arbitrar a la vez soluciones desde instancias políticas. Negar esto sería tanto como impedir que los políticos se ganen el sueldo. Peor aún: como mandar a paseo el papel de la inteligencia para dejar que actúe solo la fe, siendo así que tan perjudicial puede resultar a la postre el racionalismo como el fideísmo.

La teología es precisamente armonía de inteligencia y fe. Y no será preciso echar mano de la Fides et Ratio para probarlo. Que ya en los primeros siglos de la Iglesia hubo Padres y Doctores entendiéndolo así. San Agustín, por ejemplo, intercediendo ante el procónsul católico Apringio para que este mitigara su condena a unos vulgares criminales, un grupo de circunceliones -hoy diríamos yihadistas- y donatistas, escribe: «La administración de una provincia (civil) hay que llevarla con rigor. La mansedumbre de la Iglesia hay que ponerla en evidencia […]. Teme, pues, conmigo el juicio de Dios Padre y deja patente la mansedumbre de la madre (Iglesia), ya que, cuando obras tú, obra la Iglesia, pues obras tú por ella y como hijo suyo» (Ep. 134,3-4).

Razón que le sobraba al papa Francisco, pues, cuando exclamó en la homilía por el P. Jacques: « ¡Como me gustaría que todas las confesiones religiosas dijeran: asesinar en nombre de Dios es satánico!». El obispo de Rouen, Dominique Lebrun, allí presente, declaró luego que había llevado una foto del padre Jacques a Roma con la idea de hacerla firmar al Papa para entregársela como recuerdo a las tres religiosas que presenciaron el asesinato del sacerdote. El Papa le respondió apenas vista: –«La ponemos en el altar». Y luego, tras saludar a todos mientras firmaba la foto, añadió: «Tú puedes poner esta foto en la iglesia porque él es beato ahora y si alguno te dice que no tienes derecho, tú le dices que el Papa te ha dado permiso»».

Por de pronto, al benemérito prelado le faltó tiempo para donar el día 15 de septiembre a la basílica romana de San Bartolomé (Isla Tiberina), el breviario del padre Jacques Hamel. Así lo hacía saber unas horas más tarde, en un comunicado, la comunidad de San Egidio, a quien san Juan Pablo II confió en 1999 esta antigua iglesia y donde se encuentra un memorial de los mártires de los siglos XX y XXI. Ahora solo falta que la burocracia vaticana tarde tanto en subir a los altares al P. Jacques como ocurrió con el beato arzobispo Óscar Arnulfo Romero.

Monseñor Lebrun declaró, por otra parte, que en el pequeño cementerio de sacerdotes de la diócesis donde descansa el padre Jacques, su tumba se ha convertido en meta de peregrinación de muchas personas que van allí a rezar. Y desveló seguidamente que cuando el padre Jacques dijo « ¡Vete, Satanás! » había ya sido acuchillado y estaba en el suelo. « La interpretación justa -matizó el prelado- me la dio la hermana. El padre Jacques no podía pensar que estos jóvenes pudieran ser el origen de este mal. No son ellos el origen de este mal».

De acuerdo, Monseñor, pero el mal estaba hecho. En consecuencia, habrá que buscar la autoría en alguien. ¿Y en quién sino en el Maligno? Y al Maligno la Iglesia le puede hacer frente con el Bien, con la gracia, con los sacramentos. Y con una catequesis que insista a tiempo y a destiempo sobre la necesidad del Bien. Y que contemple beatificaciones y canonizaciones más rápidas, por favor, máxime cuando promedian el martirio y el sensus fidelium, es decir, la voz de los fieles que lo piden.

Dejemos ahora de lado lo del satanismo y la telequinesia, que es como seguir preguntándonos si son galgos o son podencos. Porque, si el P. Jacques Hamel va a subir a la Gloria de Bernini dentro de 50 años, no faltará quien diga: «Largo me lo fiáis». Ni quien replique desilusionado: «Adiós muy buenas, que para luego es tarde».

Aplaudo el gesto del papa Francisco. Y me alegraré más aún si decreta, hoy mejor que mañana, la beatificación de este anciano sacerdote bárbaramente asesinado, es decir, martirizado. En ese caso, se habrá hecho llegar a los descerebrados yihadistas un recadito: el de escribir negro sobre blanco que por encima del mal, siempre, siempre está y estará el bien.

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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