Son el producto de una Edad Oscura de la macroeconomía, donde el conocimiento tan arduamente conseguido ha quedado olvidado
Es difícil creerlo ahora, pero no hace tanto tiempo los economistas se felicitaban mutuamente por su supuesta profesionalidad.
En el aspecto teórico, creían que habían resuelto sus disputas internas. En el mundo real, creían tener las cosas bajo control y haber resuelto el problema central de la prevención de la depresión.
Y de repente, el año pasado, como escribe Paul Krugman en The New York Times, todo esto se vino abajo y la profesión de economista se pregunta estupefacta qué ha sucedido y adónde va a partir de ahora.
Y el Premio Nobel de Economía 2008 aconseja:
Primero, tienen que enfrentarse a la incómoda realidad de que los mercados financieros distan mucho de la perfección, de que están sometidos a falsas ilusiones extraordinarias y a las locuras de mucha gente.
Segundo, tienen que admitir que la economía keynesiana sigue siendo el mejor armazón que tenemos para dar sentido a las recesiones y las depresiones.
Tercero, tienen que hacer todo lo posible para incorporar las realidades de las finanzas a la macroeconomía.
Al replantearse sus propios fundamentos, la imagen que emerge de esta profesión -hasta no hace mucho respetada y envidiada- puede que no sea tan clara; seguramente no será nítida, pero podemos esperar que tenga al menos la virtud de ser parcialmente acertada.

