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De nuevo la lectura de Rachid Boudjedrá nos embelesa con su riqueza de matices, de sensaciones y de imágenes. Este texto lo considero más bien como un exordio de algo más extenso y enorme que espero con ansiedad. Un trozo de belleza desgajado de la obra desgarrada de Rachid. Una pincelada (más bien cinco) sobre el desierto. Planicie en toda la plenitud. Granulada. Hermosa. Sugerente. Cinco sueños, otros tantos anhelos. O tal vez gritos en el fondo hueco del vaso de arena.
El autor desespera y añora, clama en la soledad calcinada, bajo el sol, donde nadie escucha, donde nadie vive. Sólo las alimañas adaptadas al estado extremo del ser humano en la insostenible rutina cotidiana. Allí el mundo se agota. Ya no es. Aunque lo hermoso continúa existiendo con sus latidos de siempre. Hasta los sentidos se nublan bajo el implacable sol de mediodía. Y la piel se arruga en la oscura frialdad de la noche. Bajo las estrellas. Con una miríada de sombras proyectadas en la arena puntillosa, hundible, deformable. Una comparación, para mí, de lo pétreo bajo nuestros pies, que se funde y nos ahuyenta, provocando la huida alocada del ser, ese ser que, atrevido, un día se levantó sobre sí y, al comprobar su estulticia y su vanidad, se encogió clavando las uñas en la arena de Boudjedra.
Poco se puede afirmar. Hay que leer. Se tarda poco si se tiene prisa. Pero aconsejo dilatar la lectura hasta la agonía, silabando, deletreando, quizás, en el paso cansino de una tarde de la primavera, que ya se atisba.
Vale.
