Nos dieron este libro como lectura de la semana. Hasta la página 90, no más. Comencé a leerlo en una mañana tarda y fría y un poquito azul. Claro, el problema, pensé, es que a uno le acuden a las mientes principios de antaño muy definidos. Como martillazos en el corazón. Aquella vez no me lo esperaba, lo reconozco. Alguna palabra o sonido dislocado me ametralló. No había llegado ni a la mitad de la primera página y ya me sentía muerto. Hablo de la primera obra de Cela, ya saben. Más tarde me ocurrió algo muy parecido con escritos de otros autores. Ahora la primera página fue la que habla de Comala. El hombre, desde allí arriba, esperando. Lanzaba la mirada hasta muy lejos. De nuevo me supe roto. O cuando sonaba el hablero en la cantina de Cuando entonces. También me acuerdo del soliloquio en la sacristía. El cura pensando en aquel muerto. Que la gente del pueblo no llega. Y así murmuraba de esto y de aquello. Luego oí la extrema confesión de no saber si la muerta, su madre, había fallecido ayer o esta mañana o vete tú a saber cuándo, y de nuevo el vómito en la garganta, por la brutal belleza de lo expresado, por el hálito que aprieta el alma.
Eché al lado estos pensamientos y quise extraer alguna nota. Lo intenté, de veras. Pero sólo me abarcó el silencio de la horizontalidad de una narrativa gris, muy diluida, como si fuese humo, nada. Tropecé en unas voces tan repetidas como inservibles. Más allá el llano inmenso de un pajizo insustancial, muerto, como el cadáver que te mira sin saber que sólo es eso, un difunto más. Yo mismo tuve que sostener la mano sobre la siguiente hoja. Quería leer más. Amar más. Ser un poco más. Pero mis fuerzas…
Podría haber sido mejor o peor, no lo cuestiono; sin embargo, esta manía de catequizar a toda costa, como si uno no tuviese callos a estas alturas.
En fin…

