A regañadientes, nuestros políticos van informando a cuentagotas de su patrimonio. El más rico de los catalanes parece ser Artur Mas, con medio millón de euros. ¿De verdad no hay nadie que le supere? Las cuentas de nuestros políticos son lo opuesto a las del Gran Capitán: en general, son tan pobres que, una de dos, o resultan unos incompetentes en la vida o unos mentirosos.
Todo se debe a la espesa opacidad informativa de nuestra vida pública. La misma que denuncia en su último informe Transparencia Internacional y que acaba propiciando siempre turbias corrupciones como las del Palau de la Música, el caso Pretoria, Francisco Correa, el caso Brugal, el de Palma Arena y tantos otros.
Es que a los políticos no les gusta explicar qué hacen con nuestros dineros más allá de las eufemísticas partidas presupuestarias con que los envuelven. No hace mucho, preguntado por los sobrecostes de una obra de Santiago Calatrava, el responsable de las finanzas valencianas declaró que se trataba de “un asunto interno”. Tal cual.
Al final, resulta difícil desentrañar una densa contabilidad a la que los profanos somos ajenos. Y es que los políticos olvidan deliberadamente que los ciudadanos somos sus jefes y que ellos deben rendirnos cuentas.
Por eso, en esta era informática, las autoridades estatales, autonómicas, municipales y demás deberían colgar en Internet, día a día, cada compra, cada gasto, cada subvención pintoresca y cada pago a difusos asesores para que así los contribuyentes viésemos cómo gastan nuestro dinero.
Si así se hiciese, ¡qué poco margen de maniobra les quedaría entonces a los sinvergüenzas y a los corruptos!
