Era un espectáculo. Faltaban tres minutos para las 18 horas y algunos clientes ya se arremolinaban frente a las puertas del comedor del hotel. Indefectiblemente el comedor abría las puertas a las 18 horas…si no antes cuando ya se percibía el rumor de clientes congregados sabedores de la puntualidad de la cadena.
Es uno de los recuerdos más bellos que guardo de mi paso por la cadena RIU Hotels. Porque para conseguir día tras día que el primer turno de la cena (horario alemán) abriese puntual, había un gran esfuerzo de organización. Un engranaje perfecto que permitía abrir el comedor a la hora consabida. Ni un segundo más tarde.
Detrás de la puntualidad hay buenos hábitos organizativos. De ahí la importancia de cultivarla. No como manía obsesiva ni capricho de jefe sino como plasmación de un elevado concepto de la organización, siempre orientada a la satisfacción del cliente.
Porque lo uno lleva a lo otro.