Pasó en la cafetería de la tercera planta del edificio Malecón Centre en Santo Domingo. Yo iba a por mi condumio cuando me tocó el turno. Y la joven camarera me espetó:
-Dime, rubio.
Gratamente sorprendido (admiro a los hombres escandinavos de melena casi albina) yo le contesté:
-Oiga, que yo soy moreno.
Ella no supo qué contestarme.
Unas horas más tarde repasé la jugada y me percaté de que ciertamente yo era para ella “rubio”, porque ella era mulata y tirando a oscuro, con lo que desde su perspectiva yo estaba en el otro extremo.
Definitivamente las calificaciones son siempre relativas. Dependen en buena medida de nuestro punto de partida de percepción. Y que indudablemente a los ojos de aquella camarera mulata yo era un blanquito: mucho más un rubicundo escandinavo que un ser negro oscuro como la noche.