La Guardia Civil: "Creemos que la joven fue asesinada la misma noche de su desaparición, y que no sufrió"

La patada en las costillas que le propinó una valiente Laura Luelmo al «cabreado» Bernardo Montoya

"La metió en su casa, le ató las manos atrás, le puso una cinta en la boca y la tiró al suelo..."

Lo manifestado durante la rueda de prensa ofrecida este miércoles 26 de diciembre de 2018 por el coronel jefe de la Comandancia de la Guardia Civil de Huelva, Ezequiel Romero, y el teniente coronel de la Unidad Central Operativa (UCO) Jesús García Fustel, contradice el primer dato que que se derivó de autopsia realizada a Laura Luelmo, la joven profesora zaragozana asesinada en la onubense localidad de El Campillo. (La repugnante chulería del asesino Bernardo Montoya en su solitaria ‘jaula de cristal).

Así, los citados han asegurado que a la infortunada la mató Bernardo Montoya el mismo día 12 de diciembre, -cuando se la dio por desaparecida-, y que no estuvo de esta manera retenida en la vivienda del confeso autor, que vivía frente a la casa que esta tenía  alquilada. (Trasladan de módulo a la novia presa de Montoya, el asesino de Laura Luelmo, por intentar contactar con él miserable).

Las primeras informaciones apuntaban a que la joven de 26 años falleció a resultas de un fuerte golpe en la frente dos días después de su secuestro, aunque ante este último extremo, según la Benemérita, «hay que esperar a los datos definitivos porque la joven no estuvo retenida». (La opinión de Iker Jiménez tras el crimen de Laura Luelmo que saca de quicio a los fantasmas de turno).

Se asegura, además, que fue violada en el campo, a 10 km de la zona noroeste de la citada localidad, porque allí tenía cerca los pantalones y el cuerpo apareció desnudo de cintura para abajo.

Lo que ahora sale a la luz es que Laula Luelmo trató de defenderse, propinando al miserable Montoya una fuerte patada en las costillas que le obligó a trasladarse dos días después a un centro de salud de Cortegana, ya que le dolía mucho.

Según el relato de la investigación, Montoya abordó a Laura Luelmo cuando ella volvía del supermercado con la compra -media docena de huevos, dos botellas de agua y una bolsa de patatas- la condujo a su casa, la maniató y ella intentó defenderse dándole una fuerte patada en el costado.

Montoya, «cabreado», golpeó la cabeza de la joven contra el suelo. Pudo matarla en ese momento.

Parece claro para los investigadores que la joven «pasó muy poco tiempo» en casa del asesino confeso, apenas una hora, entre las 17.20 y las 18.10 de la misma tarde de su desaparición.

Según la confesión del confeso asesino, la estaba esperando en la calle. Llevaba un brasero de picón en la mano. Cuando metió a Laura en su casa, le ató las manos atrás, le puso una cinta en la boca y la tiró al suelo. En ese momento se acordó de que ha dejado el brasero en la puerta, pensó que alguien podía verlo y salió a recogerlo.

En ese momento, siempre según la versión de Montoya, Luelmo aprovechó para levantarse y le propinó la patada en el costado.

Dos días después de que se produjeran los hechos, una patrulla del instituto armado estacionada en la casa donde residía la joven vio a un vecino «que salía de su casa con unos objetos» -eran una manta y una canasta-.

Los agentes identificaron al hombre. Era Bernardo Montoya y los servicios centrales de la Guardia Civil indicaban que tenía antecedentes, por lo que los funcionarios decidieron interrogarle. Sin embargo, él negó todo. Aseguró que no había visto nunca a Laura ni sabía que vivía en El Campillo.

Un día antes, el padre de Laura había interpuesto la denuncia que había iniciado la investigación. En ella, confirmó a las autoridades que Laura tenía pareja y que la chica le había enviado un whatsapp el 12 de diciembre a las 16.44 horas en el que le decía que estaba valorando la posibilidad de salir a andar, pero que hacía viento y que por eso estaba dudando.

La chica «no corría por prescripción médica, pero sí andaba» para hacer ejercicio, ha matizado el coronel jefe Romero. Tras el mensaje, finalmente, Laura sí salió a la calle. Según sus familiares, añadió el responsable de la Comandancia de Huelva, ella «solía tener miedo de alejarse de la zonas pobladas».

La Guardia Civil encontró en el registro de la casa de Montoya la compra que había hecho Laura en el supermercado, con la salvedad de unas patatas, que el asesino confeso comió después.

El Teniente Coronel de la UCO, Jesús García, indicó que aún queda el informe forense final e indicó que el cuerpo estaba bien conservado debido a el frío que había hecho por lo que consideró que Laura murió el mismo día del secuestro.

En cualquier caso, subrayó el jefe de la comandancia de Huelva, el coronel Ezequiel Romero, no sufrió debido a la posición en la que se encontraba el cuerpo y a que no tenía rasgos de haberse movido. «Si estaba viva o no habría que analizarlo, pero no estaría consciente».

No le cabe duda de que la joven no sufrió por la posición de sus piernas. «Si hubiera sufrido se hubiera encogido o hubiera hecho algo y no podría haber adoptado esa posición final».

José María Rodríguez es redactor en Periodista Digital. @JMRMontero

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leido