El otro día estaba convocado por la defensa como testigo de la agresión a Antonio Aguirre para tratar de evitar su condena por desordenes públicos.
Después de más de año y medio esperando, la verdad es que me quedé con las ganas de contarle al juez cómo se desarrolló nuestra agresión a la tribu de la txapela que había convocado Ibarreche a las puertas del Palacio de Justicia de Bilbao, donde unos fanáticos del Foro Ermua habían osado sentarle en el banquillo por sus trapicheos con ETA/Batasuna, creyendo que Ibarreche era un ciudadano como los demás.
Yo tenía muchas ganas de confesar y de quitarme esta pesada losa de la conciencia. Ahora me acogeré al programa de protección de testigos del gran Joseba Azkarraga, consejero de justicia del Gobierno Vasco, y supongo que estaré a salvo, más o menos.
Estos son los hechos que no le conté al juez:
«En realidad nuestra estrategia estaba cuidadosamente preparada y era muy sencilla: cada uno de los siete ninjas del comando del Foro teníamos asignados a unos ciento cuarenta o ciento cincuenta feligreses y diez ertzainas a los que teníamos que reducir.
Una vez hecho esto, accederíamos al interior del Palacio de Justicia, capturaríamos a Juanjo Ibarreche y lo llevaríamos en una vespa (que es muy maniobrable) a un gasolino como el de la foto que nos esperaba en el Abra. Y de ahí directos a Burkina Faso, donde teníamos la reserva hecha en el Instituto Siquiátrico de Ougadugu, a cuyos doctores habíamos advertido sobre la peligrosidad del individuo: manía persecutoria, paranoia, delirios de grandeza, desdoblamiento de personalidad, etc. El Siquiátrico de Ougadugu es una institución puntera y de toda confianza donde Juanjo hubiera estado bien atendido y hubiera disfrutado de un vejez tranquila y libre de las angustias que sufre el pobre aquí, donde tiene muchos detractores y también algunos enemigos mortales, todos ellos en su tribu y especialmente en su partido.
El siguiente paso era la toma de la sede del PNV, Sabin Etxea, que está a unos metros del Palacio de Justicia y hubiera sido coser y cantar. Luego íbamos a tomar Ajuria Enea, un juego de niños, y a poner al frente del Gobierno Vasco a uno de los nuestros (pensábamos echarlo a los chinos). Hubiéramos arreglado el País Vasco en un pis pas.
Todo se complicó con la dichosa patada en los testículos a Antonio (el pobre se había olvidado la coqullera en casa), pues no pudo hacerse con los ciento cincuenta feligreses y diez ertzainas que le tocaban, lo que aumentó nuestra carga de trabajo hasta el punto crítico en el que la operación dejó de ser factible y todo se vino abajo. Simplemente nos desbordaron. Por muy poco, eso sí.
Una lástima, señor juez, pero ahora que me lo he sacado de dentro me encuentro mucho mejor.»
