Volando por el Sahara y otros Cielos

Volando por el Sahara y otros Cielos

Volando por el Sahara y otros cielos era el título original del libro de Manuel de Ugarte y Riu que devoré hace poco como hacía tiempo que no devoraba un libro. Se me hizo muy corto -no llega a las cien páginas-, así que me lo leí del tirón y me lo pasé tan bien que me habría encantado que tuviera quinientas o mil páginas más.

¿Y por qué les decía que ese era el título original? Pues porque la editorial decidió cambiarlo a “Entre Jünkers y Buchones”, título que sólo entenderán los muy aficionados a la aviación. Me explico; el Jünkers 52 fue un trimotor alemán diseñado en 1930, que utilizó Hitler como avión personal, que participó en la II Guerra Mundial y que después de esta fue fabricado en España por Construcciones Aeronáuticas S. A. (CASA) para el Ejercito del Aire.                                                                                                                                                          Comparen la foto del interior del avión de Hitler con las que me envía Manolo Ugarte -me tomo la libertad de llamarle Manolo que es como le llaman sus amigos- del interior de los Jünkers 52 que volaba él. Aquello era una gran lata de sardinas, y encima con el ruido infernal que hacían los tres motores de pistón. Manolo me pone  este comentario:

«El interior del Jünkers de Hitler no representa bien la realidad de los que usábamos, con cuatro asientos corridos abatibles a lo largo del avión. En ese compartimento donde va el extintor en la mismísima cola es donde la patrulla de paracaidistas que iba a transportar al Aaiún, como no iban a saltar, amontonaron mochilas y armamento, y tuve que abortar el despegue al no poder levantar la cola antes de llegar al barranco. En aquellos tiempos no usábamos ni hojas de carga ni centro de gravedad, se cargaba lo que cabía.»

Interior de un Ju-52 mirando hacia la cola

 

interior Ju-52 mirando hacia cabina

El Jünkers 52 fue utilizado para el trasporte de pasajeros, de tropas, de paracaidistas, de heridos, de material, e incluso como un rudimentario bombardero.

Por su parte, el «Buchón» fue la variante española del también mítico caza alemán Messerschmitt 109, que fabricó Hispano Aviación después de la guerra. El nombre le viene de que el avión les quedó un poco panzudo -recuerda a un palomo con el buche hinchado- al tener que sustituir el motor original alemán, primero por un motor Hispano Suiza y finalmente por un Rolls Royce.

Pues bien, tuve la gran suerte de conocer al autor del libro, y no sólo eso sino que volé de segundo piloto con él en el DC 9 y el MD 87 cuando entré en Iberia. El caso es que le había conocido muchísimos años antes, en 1964 en el aeropuerto de Sondica, Vizcaya, cuando se celebró allí el Campeonato Mundial de Acrobacia Aérea y mi tío y padrino Luis Ignacio Azaola -más conocido como «Canario» y que es la persona con más afición a la aviación que conozco y toda una autoridad en la historia de la aviación militar española- me llevaba en su vespa a ver los entrenamientos y la competición. Además me consiguió una acreditación de periodista -no sé como hizo, porque yo tenía nueve años- y me pasaba el día a pie de pista viendo el espectáculo sentado con el equipo español, en el que estaba Manolo Ugarte.

Creo que para aquellos pedazo de pilotos a quienes yo miraba como si midieran tres metros yo era como una mascota que andaba por allí. Eran todos encantadores conmigo y yo no me podía creer que me dirigieran la palabra.

           

Me encantaban los aviones, y por si fuera poco la suerte de tío que tenía, mi abuelo, Manuel Zubiaga, fue uno de los pioneros de la aviación española. En 1913 llegó a Guecho, Vizcaya, procedente de Biarritz y Zarauz subido en un artefacto volador de tela y de madera. Y se le paró el motor, como se le había parado en Zarauz, sólo que esta vez no llegó a la playa y se fue al agua.

Así que con estos mimbres no es de extrañar que tras pasar sin pena ni gloria dos años estudiando derecho en la Universidad de Deusto, y empujado por Canario -a quien nunca podré agradecérselo lo suficiente- acabara metiéndome a saco en la aviación y ganándome la vida durante cuarenta años como piloto profesional. Si me reencarnara cien veces no cambiaría esa profesión por ninguna otra, no sé si me explico.

Tengo muy buen recuerdo de aquellos vuelos por Europa con Manolo Ugarte, que no sólo era un fenómeno a nivel profesional sino también como persona. Manolo nunca pretendió publicar un libro sino simplemente escribir sus memorias aeronáuticas para que las leyera su familia. Pero cuando mi tío las leyó le suplicó que las publicara y las compartiera con todo el mundo. Canario tenía razón, sin duda el libro valía la pena y además fue él quien escribió el prólogo.

El libro no tiene desperdicio desde la primera hasta la última página, como no tuvo desperdicio la carrera aeronáutica de Manolo. Con veintiún años y recién salido como teniente de la Academia General del Aire fue destinado al Sahara Español volando precisamente el Jünkers 52. Eran tiempos difíciles y los medios con que contaba el Ejercito del Aire eran escasos y más que precarios. A Manolo le tocó hacer de todo en el norte de África, también volar en condiciones muy difíciles e incluso participar en el conflicto de Ifni. Eran tiempos difíciles, pero aún así se ve a la legua que disfrutó de cada minuto, y no sólo volando sino también cuando estaba en tierra. Tuvo tiempo de practicar la pesca submarina, afición que comparto, de cazar antílopes para mejorar la alimentación de los soldados a su cargo subido en un jeep o en un camello en mitad del desierto, y también de disfrutar de algunos de los paisajes más maravillosos del noroeste del continente africano y de sus cielos plagados de estrellas. Es por todo esto que su libro no es sólo para aviadores y aficionados a la aviación sino que cualquier profano lo disfrutaría igualmente pues es casi un libro de aventuras, aventuras muy bien contadas. Al escribir sobre su vida Manolo no pretendía ser Hemingway o Saint-Exupéry, pero se nota enseguida que disfrutó tanto de aquella época que contarlo le sale de corrido y con tanta naturalidad que es una gozada leerle.

Después del Sahara Manolo nos cuenta su paso por el equipo español de acrobacia aérea y su participación en tres campeonatos mundiales. El primero en la capital del mundo -o sea, Bilbao- y los otros dos en Moscú y en Magdeburgo, Alemania Oriental. Su curiosidad por todo lo que le rodea hace que no sólo nos hable de aviones y de maniobras acrobáticas sino también de lo que vio y de lo que compartió con ciudadanos, y también con ciudadanas, de esos países al otro lado del telón de acero y en plena guerra fría.

Manolo era lo que podríamos llamar un culo inquieto que se interesaba por todo, hizo sus pinitos con el dibujo, con la guitarra flamenca y hasta con los rallys. De hecho estuvo a punto de correr en Montecarlo pero su madre, quizá un poco harta de emociones tan fuertes, le suplicó que no lo hiciera.

Después de su carrera acrobática, y como el Ejercito del Aire era el único que aún operaba un montón de aviones alemanes, de fabricación española, de la II Guerra Mundial y Manolo volaba también el Buchón, fue contratado junto a muchos colegas suyos para participar en las tomas aéreas de la película La Batalla de Inglaterra, una gran producción británica con actores de la talla de Michael Caine, Trevor Howard, Lurence Olivier, Kurt Jürgens, Chirstopher Plummer o Susannah York.

Aviso a navegantes, por favor no se asusten los vigilantes de la nueva memoria histórica, o memoria democrática, o como la quieran llamar y no manden a la Guardia Civil a arrestar a Manolo Ugarte cuando vean su foto con un Messerschmitt 109 con la esvástica pintada en la cola. Manolo no era un nazi, simplemente un extra que participaba como piloto en una película de guerra.

Como también participó, esta vez volando un avión americano T-6 y en el bando de los buenos, en otra gran superproducción americana: Patton.

En fin, que el rodaje de La Batalla de Inglaterra da también mucho juego en el libro y verán que allí Manolo tampoco se aburrió nada.

Para que se hagan ustedes una idea de cómo de intensa y entretenida fue la carrera de aviador militar de Manolo Ugarte, a su carrera posterior como piloto civil de líneas aéreas le dedica aproximadamente… un párrafo. No me extraña nada, yo habría hecho lo mismo de haber tenido la suerte de vivir la aviación y la vida que vivió él.

Por cierto, que Manolo me recordó que efectivamente a los que la llevamos en la sangre la aviación nos ha dado mucho, pero a veces el precio es muy alto: «… eso si pagando el alto precio de esta tan bonita profesión, un tío mío se mató en la guerra, por lo que le concedieron la laureada de San Fernando, mi padre se mató nada más terminar la guerra, un tío mío de profesor en la academia general militar del aire y el peor de todos mi hermano, recién llegado del curso de reactores de América, recién casados y esperando un niño, es el precio que pagamos por disfrutar de esta bonita profesión». No se puede explicar más claro.

Así que háganse un favor: encarguen el libro aquí y verán cómo se lo leen del tirón.

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Autor

Enrique Zubiaga

Soy un aviador vasco que he visto mucho mundo y por eso puedo decir alto y claro, y sin temor a equivocarme, que tenemos un país increíble y que como España en ningún sitio.

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